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La «solución» pensada en el país desde hace un año se ha orientado al gas boliviano, empezando por la resucitación del viejo gasoducto que hoy transporta entre 5 y 7 millones de m3 y la construcción del gasoducto NEA que aportaría entre 15 y 20 millones. Este último proyecto contribuiría a cerrar el déficit argentino y, desde su inicio, luce como una estrategia posible para enfrentar los desbalances a mediano plazo.
Pero las crisis tienen ese condimento de que, mientras los planes van por la escalera, la realidad va por el ascensor. Y la modificación de la realidad boliviana es lo que se ha agregado a la película. Una visita reciente a La Paz a debatir opciones en materia de impuestos y precios del gas me llevó a ver un costado fantasmagórico de la realidad que enfrentamos en los mercados energéticos. Para ponerlo de modo simple, Bolivia no quiere (o la realidad política no la deja) jugar a los mercados integrados de gas natural y reclama dos condicionantes que no sólo trituran los planes anteriores, sino que, además, elevan el precio sombra de la energía (gas y electricidad) en la Argentina a valores que producirían escalofríos.
En segundo lugar, y aquí viene algo todavía más preocupante, Bolivia no quiere jugar a los mercados energéticos con precios que le vienen determinados a partir de mercados distorsionados (como los de la Argentina) o donde existe poder de compra para bajar el precio (como los de Brasil) y que no reflejen el verdadero costo de escasez o de oportunidad del gas que posee. Así, aspira a precios en boca de pozo que triplican o cuadruplican los valores que hoy recibe del gas que vende a la Argentina (un dólar por MM BTU). Otra vez, espejitos de colores, no, dice Bolivia. Si el gas en los mercados del Norte (ya sea en EE.UU. o en el Mar del Norte) vale entre 7 y 8 dólares, el precio del gas boliviano -argumentan- debería valer al menos la mitad.
El defecto de este razonamiento es evidente: la comparación es totalmente artificial, porque ignora que el gas no es perfectamente transable y que los mercados del Norte están integrados en transporte y más pegados a valores de sustitución de otros hidrocarburos. Explicar esto no es fácil, y es probable que Bolivia se suicide jugando esta estrategia, si bien hay que trabajar para revertir la situación negociando. Porque el peligro es que, si Bolivia se suicida, nosotros, también, si no tenemos una salida o solución alternativa.
De este modo, y en los últimos días, empezó a dibujarse un plan B (se dice que a instancias del Ministerio de Economía) que hace virar la estrategia a movilizar el gas doméstico dando incentivos a la exploración y a la explotación, y construyendo o ampliando gasoductos desde nuestros centros de producción en el extremo Sur. Ha trascendido que se estudian incentivos a la exploración que en el margen adoptarían el formato de los incentivos en el sector minero, con mecanismos de devolución de IVA, amortización acelerada en las inversiones (que reducirían la carga en Ganancias) y la reducción de aranceles a la importación de equipos. Paradójicamente, y los bolivianos tendrían que ser los primeros en tomar nota de esto, la Argentina recorre el camino inverso al de Bolivia, que en 1996 había decidido bajar la carga tributaria para atraer inversiones en el sector gasífero.
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