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8 de septiembre 2026 - 21:46

Javier Milei y la gran desconexión argentina: sobran dólares, pero falta economía

El frente externo muestra exportaciones récord, superávit comercial y una fuerte acumulación de reservas, mientras el consumo, el empleo y la inversión siguen rezagados.

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Argentina enfrenta una restricción de demanda agregada y costo del capital.

Durante más de medio siglo, la macroeconomía argentina estuvo dominada por una misma restricción, la escasez de divisas. Cada ciclo de crecimiento terminaba chocando contra el sector externo. El aumento de la actividad impulsaba importaciones, aparecía la restricción de dólares, se aceleraba la devaluación y finalmente emergía la crisis. La historia económica nacional puede leerse, en gran medida, como la repetición de ese patrón.

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Sin embargo, la coyuntura de 2026 parece desafiar ese diagnóstico tradicional. Argentina registra términos de intercambio cercanos a máximos históricos, exportaciones que superarían los U$S101.000 millones y un superávit comercial proyectado de u$s28.300 millones. El saldo energético alcanzaría u$s14.000 millones y la acumulación de reservas del BCRA ya supera los u$s14.000 millones en el año.

Paradójicamente, esta mejora extraordinaria del frente externo convive con una economía doméstica estancada. Desde febrero de 2025 los sectores primarios crecieron 11%, mientras el resto de la economía cayó 0,9%. La inversión permanece cerca de apenas 15% del PBI, el empleo formal retrocede y el consumo sigue mostrando fragilidad.

La aparente contradicción constituye uno de los fenómenos más relevantes de la actual transición argentina. Por primera vez en décadas, la restricción dominante ya no parece provenir del sector externo. El problema emerge del interior mismo de la economía.

Ese cambio ocurre simultáneamente con transformaciones globales de enorme magnitud; la revolución de la IA, la fragmentación geopolítica de las cadenas de valor, el retorno de tasas de interés estructuralmente más elevadas y una nueva ola de competencia manufacturera impulsada por China.

La hipótesis de este trabajo es que Argentina está atravesando una mutación mucho más profunda de lo que sugieren las discusiones habituales sobre inflación o tipo de cambio. La economía comienza a abandonar el régimen histórico de restricción externa para ingresar en otro donde la principal limitación surge de la demanda agregada, el empleo y el costo global del capital.

La paradoja de la abundancia externa

El contexto internacional ofrece condiciones excepcionalmente favorables para Argentina. Una oportunidad histórica.

La economía mundial acelera nuevamente impulsada por la inversión en inteligencia artificial. Estados Unidos mantiene tasas de crecimiento cercanas al 2,1%, mientras Asia tecnológica continúa liderando la expansión global.

Al mismo tiempo, la fragmentación geopolítica incrementa la demanda por recursos estratégicos. Energía, alimentos, cobre, litio y minerales críticos se transforman en activos crecientemente valorados por razones de seguridad económica, además de rentabilidad.

Los precios internacionales acompañan esa tendencia. El Brent supera U$S90 por barril, la soja se ubica en máximos plurianuales y los principales commodities exportados por Argentina registran fuertes incrementos durante 2026.

Como consecuencia, las exportaciones argentinas superarían u$s101.300 millones, mientras el superávit comercial alcanzaría u$s28.300 millones, uno de los más elevados de la historia reciente.

Más aún, la transformación energética adquiere dimensiones estructurales. Las exportaciones de energía ascenderían a u$s17.400 millones en 2026 y podrían acercarse a u$s31.000 millones hacia 2030 con el despliegue de proyectos de GNL.

Desde la perspectiva de la teoría estructuralista latinoamericana, la tradicional restricción externa aparece significativamente relajada. Sin embargo, la economía no acelera.

Cuando la política antiinflacionaria sustituye una restricción por otra

La explicación requiere observar la naturaleza del programa de estabilización.

La primera etapa descansó sobre ajuste fiscal, eliminación del financiamiento monetario y ancla cambiaria. La segunda fase profundizó el sesgo contractivo mediante una base monetaria prácticamente congelada, tasas reales elevadas y mantenimiento de un tipo de cambio apreciado.

El resultado fue exitoso en términos abstractos y nominales. La inflación descendió desde el primer registro de esta era mensual (+25%), que había duplicado el peor de la etapa anterior; hasta una zona próxima hoy al (+2%).

Pero la inflación tendencial prácticamente dejó de descender desde comienzos de 2026 debido a la persistencia de mecanismos inerciales.

En términos de una Curva de Phillips ampliada, la economía parece haber ingresado en una región donde nuevos avances desinflacionarios exigen costos crecientes sobre actividad y empleo.

Ese fenómeno ayuda a explicar por qué el PBI agregado muestra una dinámica muy distinta a la economía cotidiana.

El agro, la energía y la minería crecen con fuerza. Sin embargo, industria, construcción, comercio y los sectores intensivos en empleo continúan rezagados. Desde la asunción de Milei se habrían perdido aproximadamente 533.000 empleos formales mientras aumentó el empleo informal.

Paradójicamente el salario en dólares se encuentra entre los más altos de la historia reciente, pero el ingreso disponible de las familias no alcanza para llegar a fin de mes-sin endeudarse-; continúa deteriorándose debido al peso de tarifas y obligaciones financieras. Los hogares destinan cerca del 40% de sus ingresos a gastos fijos entre servicios públicos y servicio de deuda. La economía gana dólares, pero no logra transformar esos dólares en demanda doméstica.

El verdadero desafío: un mundo donde el capital vale más

Existe además un fenómeno global que recibe mucha menos atención. La revolución de la inteligencia artificial está modificando la asignación internacional del ahorro. Las inversiones masivas en centros de datos, generación eléctrica, chips e infraestructura digital están absorbiendo cantidades crecientes de capital.

La consecuencia macrofinanciera es crucial; el mundo ya no opera bajo el régimen de dinero abundante y tasas cercanas a cero que caracterizó gran parte de las décadas previas. Las tasas largas estadounidenses se mantienen cerca de 4,8%, mientras la deuda pública de las economías desarrolladas continúa creciendo.

Para Argentina esto implica una realidad muy dura. Aunque desaparezca parcialmente la restricción externa, el financiamiento continúa siendo caro. El rendimiento del GD35 ronda 10% y el riesgo país volvió a niveles superiores a 500 puntos básicos.

En otras palabras, el país dispone de más dólares comerciales pero sigue enfrentando una restricción financiera. La diferencia es fundamental.

Conclusión

La principal novedad de la coyuntura argentina no es el descenso de la inflación ni siquiera la acumulación de reservas. Es el surgimiento de una nueva configuración macroeconómica.

Por primera vez en décadas, Argentina exhibe simultáneamente términos de intercambio récord, superávits comerciales extraordinarios, expansión energética y abundancia relativa de divisas; con tipo de cambio apreciado.

Sin embargo, esa fortaleza externa convive con estancamiento del empleo formal, debilidad del consumo, inversión insuficiente y crecimiento concentrado en pocos sectores.

El verdadero interrogante hacia adelante ya no es si Argentina conseguirá dólares. La pregunta relevante es si podrá convertir esos dólares en una economía capaz de generar inversión, productividad y empleo en un mundo donde el capital se volvió más escaso, más selectivo y más caro.

Esa es la transición histórica que hoy comienza a insinuarse. Y quizás sea también el desafío más importante que enfrenta la economía argentina desde el abandono definitivo del anterior régimen de restricción externa.

*Doctor en Ciencia Politica. Master en Politica Económica Internacional. Profesor de Finanzas en tiempos irracionales. YouTube: @DrPabloTigani, en X: @pablotigani

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