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11 de junio 2004 - 00:00

La deuda y el valor

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Los países emiten títulos que representan una cantidad de valor determinada, destinados a ser adquiridos en los mercados. Expresan que ese valor será pagado al tenedor a cierto plazo y constituyen una deuda. Los compradores los adquieren para beneficiarse con el rendimiento, confiando en el valor que los títulos representan. Aunque parezca paradójico, la deuda de los países no está destinada a ser pagada, porque cuando los títulos vencen, se emiten nuevos títulos por el mismo valor, que adquiridos en los mercados repagan los títulos vencidos. Las deudas de los países son perpetuidades, que son renovadas sistemáticamente por el mercado. El stock de deuda se mantiene constante, aunque los títulos sean específicamente redimidos a su vencimiento. Esta es la relación coimplicante entre valor y deuda: no hay deuda sin valor porque nadie compra títulos en los que no cree. No hay valor sin deuda porque todo título debe ser redimido en algún momento.

Esta dinámica sólo puede practicarse si se mantiene el valor. En efecto, si el valor decae, el circuito virtuoso no podrá verificarse: la caída de valor de los títulos impedirá que el mercado se interese por ellos. Si el mercado no compra los nuevos títulos, los antiguos títulos deberán ser redimidos con fondos propios del país y no con fondos prestados por el mercado. Ya no habrá stock de deuda porque en esa hipótesis los nuevos títulos carecen de valor.

La realidad es que valor y deuda no son nociones económicas, ni siquiera jurídicas, sino elementos de la existencia, y como tales están usados en la terminología económica y jurídica. El valor de un título remite al valor de un país. ¿Qué valoramos en un país? Lo mismo que en una persona. Primero, lo que se refiere a su personalidad moral: su disposición para cumplir y hacer cumplir la ley, su respeto por la palabra empeñada, su paz interna, la disposición al trabajo de sus habitantes, la educación, la seguridad personal, la libertad.

Pero también está representado por cuestiones que no son morales, sino materiales: la riqueza de sus recursos, su capacidad para formar capital y tecnología para explotarlos, las empresas de todo orden que ese país posee, su actividad económica, de cualquier índole, la eficacia de sus Fuerzas Armadas y de seguridad. El valor de un país no es otra cosa que el conjunto de valores que respetamos y admiramos en cualquier individuo o conjunto de individuos.

Deuda, según el diccionario de la Real Academia, es la obligación que debe saldarse; la obligación moral contraída por alguien; la culpa, la ofensa. La deuda es un disvalor; es una falta, es algo que falta. Cuando desaparece el valor, aparece la falta, la deuda. Deuda y valor son términos antagónicos, pero también son términos coimplicantes. No puede existir la deuda, si no existe el valor y tampoco es pensable el valor, si no existe la deuda. No existe la falta si no existe la virtud y viceversa. Tanto el valor como la deuda existen, el problema de nuestra existencia es permanecer en uno de ellos y no caer en el otro. Permanecer en la virtud, en el valor, no caer en la deuda, en la falta. Y esto que es así en la vida, es igual en el derecho y en la economía, de las personas y de los países. Cuando se pierde valor como país, hay sólo deuda, porque se percibe la falta de valor, se quiere recuperar lo prestado y no se acepta una nueva pro-mesa de quien no mantiene su valor.





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