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20 de junio 2026 - 00:00

La inteligencia artificial y las sombras de Batavia

Desde la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales hasta la inteligencia artificial, la historia ofrece una misma enseñanza: toda innovación capaz de multiplicar la riqueza también reconfigura el poder. A partir de una referencia histórica recuperada por Javier Milei, la columna explora las tensiones entre tecnología, capital y soberanía en el siglo XXI.

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Batavia ya no existe en los mapas. Hoy se llama Yakarta. Pero las preguntas que surgieron en aquel puerto del capitalismo naciente siguen vigentes frente a los algoritmos, los centros de datos y la nueva carrera global por la inteligencia artificial.

Pixabay

Hay ciudades que sobreviven a los siglos aunque hayan cambiado de nombre. Batavia es una de ellas.

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Hoy se llama Yakarta. Sus avenidas están cubiertas por motocicletas, cables eléctricos y pantallas luminosas. Sin embargo, detrás del ruido persiste una ciudad fantasma. La capital de aquel experimento extraordinario que Europa lanzó sobre Asia cuando descubrió que el comercio podía ser más poderoso que los reyes.

Desde Buenos Aires, pero en el diario británico Financial Times, Javier Milei ha decidido buscar allí uno de los orígenes de nuestro tiempo.

No en los filósofos de la Ilustración. No en las fábricas inglesas. Tampoco en los laboratorios donde nacieron las máquinas modernas. Su mirada se dirige a 1602, al momento en que la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales recibió la protección jurídica que transformaría para siempre la relación entre riesgo y capital.

La intuición no es equivocada.

La historia económica suele narrarse a través de inventores, motores y descubrimientos científicos. Mucho menos se habla de los artificios jurídicos que permitieron convertir esas innovaciones en sistemas duraderos. La sociedad de responsabilidad limitada fue uno de ellos. Sin esa invención, gran parte de la riqueza moderna probablemente nunca habría existido.

Pero los caminos de la historia rara vez son rectos.

En las islas Banda, donde crecía la nuez moscada que enriqueció a la compañía, la prosperidad europea tuvo otro significado. Los mapas comerciales y las hojas de balance ocultaban aldeas incendiadas, deportaciones y matanzas. Los accionistas celebraban dividendos mientras, a miles de kilómetros, otros hombres descubrían que el mercado también podía llegar acompañado por soldados.

La paradoja de la modernidad apareció allí con toda claridad.

Es cierto que aquella organización constituyó una innovación decisiva. Transformó la movilización del capital, distribuyó riesgos y sentó las bases de la gran empresa moderna. Sin embargo, la historia no registra únicamente sus éxitos financieros. La misma organización que perfeccionó las técnicas del capitalismo global ejerció poderes cuasi soberanos, sostuvo monopolios mediante la fuerza y participó en algunas de las formas más brutales de dominación colonial.

La paradoja es instructiva. La misma institución que multiplicó la riqueza multiplicó también la distancia moral entre quienes obtenían los beneficios y quienes soportaban los costos.

Quizá por eso la referencia histórica elegida para defender una nueva era de libertad tecnológica produce una sensación ambigua. Milei observa en la compañía holandesa la energía creadora del capitalismo. Sus críticos observan el laboratorio de una forma inédita de poder.

Ambos tienen razón.

Las sociedades modernas nacieron precisamente de esa contradicción.

La inteligencia artificial reabre hoy una discusión semejante. Sus defensores prometen una expansión de la productividad comparable a la que provocó la máquina de vapor. Sus detractores temen concentraciones de poder difíciles de controlar. Entre ambos extremos se mueve el proyecto argentino de crear corporaciones no humanas, entidades capaces de actuar mediante agentes autónomos y beneficiarse de un entorno regulatorio excepcionalmente favorable.

La propuesta posee una coherencia evidente. Si la inteligencia artificial va a transformar el mundo, alguien intentará construir el puerto donde desembarque primero.

Sin embargo, la cuestión decisiva no es tecnológica sino política.

Las grandes revoluciones económicas nunca alteraron solamente la producción. También modificaron la distribución del poder. Los ferrocarriles transformaron Estados. El petróleo redefinió imperios. Internet reorganizó el espacio público. No existe razón para pensar que la inteligencia artificial constituirá una excepción.

Aquí emerge una vieja pregunta argentina.

¿Debe una nación limitarse a ofrecer las condiciones más atractivas para el capital global o debe intentar orientar esas fuerzas hacia objetivos propios?

La respuesta liberal y la respuesta nacional-popular divergen justamente en este punto.

La primera confía en que la prosperidad terminará derramándose sobre la sociedad. La segunda sospecha que la riqueza, abandonada a su propia lógica, suele organizarse alrededor de intereses que no coinciden necesariamente con los de la comunidad nacional.

El éxito se mediría por la magnitud de las inversiones y la velocidad de la innovación en una visión libertaria. Una visión nacional-desarrollista, en cambio, preguntaría por la capacidad de la sociedad argentina para orientar esas transformaciones hacia objetivos propios: empleo calificado, autonomía tecnológica, cohesión social e independencia económica.

Entre ambas posiciones existe una tensión que atraviesa toda la historia contemporánea.

Cuando uno observa Asia descubre que el desarrollo nunca fue una simple cuestión de mercados libres o de planificación estatal. Los puertos de Singapur, los parques industriales de Corea o los corredores tecnológicos de China son el resultado de combinaciones particulares de Estado, capital, identidad nacional y visión estratégica. Ninguna fórmula explica todos los casos.

Tal vez por eso la discusión sobre la inteligencia artificial resulte más compleja de lo que sugieren sus partidarios y sus adversarios.

La experiencia de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales no demuestra que la libertad económica sea peligrosa. Tampoco demuestra que la regulación sea necesariamente virtuosa. Lo que demuestra es algo más incómodo: que toda innovación capaz de generar riqueza también genera poder.

Y el problema del poder sigue siendo el mismo desde el siglo XVII hasta nuestros días.

Quién lo ejerce.

Quién se beneficia.

Y quién paga el precio cuando las cosas salen mal.

La pregunta, por tanto, no es si la inteligencia artificial debe desarrollarse. Lo hará inevitablemente. La cuestión es quién asumirá los costos cuando produzca errores, daños o concentraciones inéditas de poder económico.

La historia comenzó en Amsterdam. Continuó en Batavia. Hoy parece trasladarse a los centros de datos y a los algoritmos deslocalizados.

Cambian las tecnologías. Cambian los imperios.

Las preguntas permanecen.

Abogado y dirigente peronista.

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