ver más

Ya superaste el límite de notas leídas.

Registrate gratis para seguir leyendo

9 de julio 2026 - 15:13

La pobreza bajó, en los papeles: el miedo a ser pobres

Mientras las estadísticas oficiales muestran una fuerte caída de la pobreza, el aumento del endeudamiento y la incertidumbre económica mantienen vivo el temor de millones de familias. Una reflexión sobre la distancia entre los indicadores y la percepción cotidiana.

ver más

Por qué los indicadores se contraponen a la percepción de las familias. 

UNICEF

Se analiza por qué la estadística oficial y el miedo real de la gente dejaron de hablar el mismo idioma. El Gobierno repite que la pobreza bajó. Las familias siguen pidiendo plata prestada para llegar a fin de mes. Entre el dato oficial y el miedo real de la gente hay una distancia que ninguna resolución del INDEC va a cerrar. Esa distancia se cierra en otro lado: en la cabeza de cada uno.

El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.

En Davos, Milei dijo que la pobreza bajó del 57% al 27%. El INDEC, con series y metodologías que los propios economistas discuten, marcó 28,2% en el segundo semestre de 2025, casi diez puntos menos que un año antes. Son números reales, hay que decirlo. Pero en el cuarto trimestre la serie se quebró: la pobreza repuntó al 29,9% y la tendencia descendente, por primera vez en mucho tiempo, dejó de ser lineal.

Mientras tanto, otra estadística, mucho menos publicitada, cuenta una historia distinta: la mora de las familias en los bancos pasó del 3,3% en marzo de 2025 al 11,5% en marzo de 2026, el nivel más alto en quince años. Más de 2,6 millones de hogares argentinos se endeudan, con parientes o con el banco, solo para llegar a fin de mes. No importa lo que diga el papel: cuando una familia pide plata prestada para pagar la luz, esa familia no se siente fuera de la pobreza. Se siente al borde.

Ahí está el problema de fondo, y no es solo de este Gobierno: la política argentina, sea cual sea el signo, discute el número y nunca discute el miedo. Y el miedo no se mide con una encuesta de ingresos. Se mide en la angustia de no saber si vas a poder pagar el alquiler, en la deuda que se acumula en la tarjeta, en la changa que reemplazó al trabajo en blanco.

Como abogado laboralista llevo más de quince años liquidando sueldos y litigando despidos, y aprendí algo que ninguna estadística enseña: el miedo a la pobreza casi nunca es proporcional a la pobreza real. Conozco gente con changas inestables que duerme tranquila, y gente con sueldo en blanco que vive aterrada de perderlo todo. La diferencia no está en la cuenta bancaria. Está en lo que cada uno decide pensar sobre lo que tiene y sobre lo que puede perder.

Hace más de dos mil años, Epicteto lo explicó mejor que cualquier informe del INDEC: no son las cosas las que nos perturban, sino el juicio que tenemos sobre ellas. La pobreza, como la enfermedad o la muerte, no te pregunta tu opinión para existir. Lo único que te pregunta es qué vas a pensar de ella cuando llegue. Y esa respuesta, solo esa, depende de vos.

En la masonería, al aprendiz se le entrega una piedra en bruto y se le dice: tu primer trabajo no es construir el templo, es labrar esa piedra, que sos vos mismo. Nadie te regala el carácter, ni te lo da un decreto, ni te lo saca un DNU. Se construye golpe a golpe, en la disciplina diaria de elegir qué vas a pensar frente a lo que no podés controlar.

No voy a decir que el ajuste no duele, ni que la macroeconomía es un detalle: el freno en la baja de la pobreza y el endeudamiento récord de las familias son datos preocupantes y hay que decirlo con todas las letras. Pero mientras esperamos que un Gobierno, este o cualquier otro, resuelva la macro, hay un trabajo que no podemos delegar: el de no vivir esclavizados por el miedo a lo que todavía no pasó. Eso no lo arregla el Estado. Lo arregla cada uno, todos los días, eligiendo qué piensa de lo que le toca vivir.

Últimas noticias

Te puede interesar

Otras noticias