La necropolítica como régimen: los gobiernos que deciden quién vive y quién muere

Opiniones

La pandemia producida por el coronavirus obligó a los gobiernos a tomar determinaciones vinculadas con la vida y con la muerte de los ciudadanos. Los ejemplos de Trump, Johnson y Bolsonaro.

Las consecuencias que impactan en el tejido social como consecuencia del coronavirus ya son bien conocidas. No obstante, a medida que transcurre el tiempo, podemos observar cómo acciones adoptadas por los gobiernos dieron como resultado un agravamiento de la situación propia del virus causante de la pandemia. En algunos casos, es posible detectar como dichos gobiernos tomaron a través de sus decisiones, características vinculadas a lo que Mbembe Achille definió como “necropolitica”.

Mucho del análisis social y político actual parece girar en torno a dos conceptos que parecen ocuparse de cosas distintas: la biopolitica y la necropolitica.

La biopolítica es un concepto introducido por Michael Foucault para describir las transformaciones de las formas de gobierno modernas, caracterizadas por el despliegue de todo un conjunto de tecnologías, prácticas, estrategias y racionalidades políticas que tienen como objetivo el gobierno de la vida.

En contraposición, aparece la necropolítica como un proceso referido a las políticas públicas que permiten o facilitan la muerte para garantizar el control de la población. En otras palabras, son las políticas que entrañan la decisión de quién va a morir y cómo.

En el marco de la pandemia, las estrategias de los gobiernos vinculadas a la biopolítica permiten conocer y administrar fenómenos como el coronavirus, pudiendo establecer su frecuencia, incidencia o patrones de repetición a lo largo del tiempo. En función de estas determinaciones, se despliegan un conjunto de intervenciones públicas destinadas a detectar situaciones de riesgo o peligrosidad, que permitan determinar el modo de intervención política necesaria. Peligrosidad en términos de enfermedad, a través de la higiene pública, el control y gestión de las enfermedades, prevención de las epidemias, políticas de salud tanto en casas y lugares de trabajo, así como en barrios y ciudades.

Como contracara, las estrategias vincularas a la necropolítica puede definirse como la política en la que los gobiernos no solo deciden quién vive y quién muere sino cómo viven y cómo mueren las personas; se enfoca en las políticas de la muerte. No tiene solo que ver con el hacer morir sino con el dejar morir. La necropolítica también incluye el derecho a imponer la muerte social o civil, el derecho a esclavizar a otros y otras formas de violencia política.

La pandemia producida por el coronavirus obligó a los gobiernos a tomar determinaciones vinculadas con la vida y con la muerte de los ciudadanos. Lo que puede observarse, es que en ciertos países la necropolítica ha quedado más en evidencia que la biopolítica. Esta actitud, ha desnudando ciertas cualidades de sus gobernantes, las cuales revelan una cierta displicencia a tomar medidas que garanticen en una situación de mortalidad, que los ciudadanos puedan morir con dignidad; una dignidad que esté garantizada por la posibilidad de tener acceso al sistema de salud y de ser atendido de acuerdo a la complejidad de cada caso en particular.

Si bien se cree que las políticas de la muerte se construían mayormente en sociedades más desiguales, la evidencia que ofrece el coronavirus desmorona lo supuesto: los Estados Unidos es un claro ejemplo.

En términos estructurales, el sistema de salud estadounidense cuenta con una enorme infraestructura a tal punto que cuenta con el mayor índice mundial de cantidad de camas por habitante. Es decir, no habría en principio motivo alguno para pensar que su situación sanitaria tuviese que ver con un sistema de salud desestructurado, falto de tecnología o recursos, tanto humanos como económicos. Pero las decisiones del gobierno encabezado por el presidente Donald Trump podrían decirse que tienen señales de ser claramente necropoliticas. La pregunta es ¿por qué?

El presidente de la principal potencia occidental subestimó de entrada el virus, se negó rotundamente a una cuarentena estricta y se enfrentó a varios gobernadores. Un estudio de la Universidad de Columbia reveló que si las autoridades estadounidenses hubieran decretado un confinamiento apenas una semana antes de lo que lo hicieron, habría sido posible salvar 36.000 vidas. Es decir, casi un tercio de las víctimas actuales. ¿Y cuál fue el resultado?

Estados Unidos se convirtió en el país con mayor cantidad de muertos e infectados del mundo. Hay un dato que podría decirse que profundiza la necropolítica: en Nueva York el 62% de los muertos por coronavirus son latinos y negros.

Como si todo esto fuese poco, el gobierno de origen republicano deja a la Organización Mundial de la Salud (OMS) sin una parte importante de los recursos, lo cual habla a las claras de un acto de tremenda irresponsabilidad, el cual tendrá consecuencias directas en la vida de millones de habitantes en el mundo. Por todo lo dicho, puede afirmarse que el caso de los Estados Unidos estamos ante un Estado necropolítico.

Siguiendo al autor del concepto necropolitica, podríamos afirmar entonces que “el sistema capitalista se basa en la distribución desigual de la oportunidad de vivir y morir”, como lo explica Mbembe Achille. “Esta lógica de sacrificio siempre ha estado en el corazón del neoliberalismo, que deberíamos llamar necroliberalismo. Este sistema siempre ha funcionado con la idea de que alguien vale más que otros. Los que no tienen valor pueden ser descartados”.

En un sentido similar el filósofo surcoreano Byung Chull Han sostiene que el coronavirus nos muestra que “la muerte no es democrática, sino que depende del status social”. En línea con el pensamiento del filósofo oriental, debemos entender “que la pandemia no es solo un problema médico, sino social”. Precisamente, por este motivo es que es necesario que aparezca en esta situación de catástrofe sanitaria, el perfil social de los gobiernos.

Pero el caso de los EEUU no es el único. También el coronavirus a puesto de manifiesto situaciones en otras sociedades denominadas desarrolladas, tal el caso de Inglaterra, a la cual podríamos incluirlas entre los estados denominados necropolíticos. El gobierno británico no fue la excepción en subestimar la amenaza que implicaba el coronavirus y en consecuencia reaccionar epidemiológicamente tarde.

El primer ministro Boris Johnson no acudió a las primeras cinco reuniones del comité de emergencia británico (Cobra) y cuando decidió participar, el país europeo ya tenía decenas de casos confirmados. Su inaugural contestación a la pandemia fue la tristemente conocida “inmunidad del rebaño”. Ante la BBC, Johnson declaró que: “Muchas más familias van a perder a sus seres queridos antes de tiempo". Su objetivo era controlar el avance del virus, pero sin frenarlo por completo.

Según un estudio del Instituto de Investigación de Políticas Públicas, de 2012 a 2019 más de 130.000 muertes en el Reino Unido podrían haberse evitado si las mejoras en el NHS no se hubiesen detenido. Tras dos décadas en las que se redujeron muchas enfermedades debido a la financiación del gobierno en mejoras educativas y sanitarias, en los últimos siete años la situación ha decaído a niveles paupérrimos. El Reino Unido fue uno de los últimos países europeos en cerrar las escuelas y los espectáculos públicos, y en ordenar estrictas medidas de distancia social. ¿Cuál fue el resultado? El Reino Unido se convirtió en el país europeo con mayor cantidad de muertos (más de 42.700) y el tercero en el mundo.

¿Hay Estados necropolíticos en América Latina?

Siguiendo con la misma lógica de análisis, es decir la búsqueda de estados que puedan ser denominados necropolíticos por su accionar frente a la pandemia, nos enfocaremos en América Latina. Concretamente en Brasil, dado que es el país con mayor cantidad de contagiados y muertos en el continente, y eso lo posiciona como el segundo país del mundo.

El presidente Jair Bolsonaro -al igual que sus pares Trump y Johnson- minimizó de entrada el virus a tal punto de tratarlo al día de hoy de una "gripezinha". No acató las recomendaciones de la OMS vinculadas al abordaje del coronavirus e ignoró abiertamente las reglas de distanciamiento social, alentando las aglomeraciones, de las cuales incluso él mismo participó. Esta decisión le trajo grandes desacuerdos con gobernadores y alcaldes de la oposición. La situación llevó a que no se hiciese en Brasil un aislamiento acorde con la peligrosidad de contagio y evolución del virus.

Bolsonaro
Jair Bolsonaro quiere subirse a la ola Donald Trump y retirar a Brasil de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Jair Bolsonaro quiere subirse a la ola Donald Trump y retirar a Brasil de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Bolsonaro cambió dos ministros de salud en menos de un mes porque no coincidían con la manera de enfrentar la pandemia, y menos aún, en afirmar el uso de la cloroquina como el medicamento a utilizar para el tratamiento del virus. Al igual que los Estados unidos, el gobierno brasilero se sumó a un uso inapropiado de las promesas de tratamientos curativos y milagrosos. Concretamente, al uso de la hidroxicloroquina como cura contra el Covid- 19. Esto fue anunciado en una cadena nacional por el propio presidente Bolsonaro, quien mencionó que iban a producir este medicamento en grandes cantidades para el tratamiento de los enfermos leves.

Asimismo, en Brasil hubo una circulación relevante de noticias falsas que minimiza la gravedad de Covid-19. La Universidad Federal de Minas Gerais y la Universidad de Sao Paulo realizaron una investigación conjunta que analizó 2.108 audios que circularon con testimonios de supuestos profesionales de la salud minimizando el efecto del coronavirus. ¿Cuál fue el resultado? El Covid-19 supera en la tasa de mortalidad al conjunto de todas las enfermedades cardiovasculares que matan a 980 brasileros por día. Brasil tiene más de un millón de infectados y más de 50 mil muertos.

El análisis del accionar frente a la pandemia por parte de estos tres gobiernos permite concluir que si bien todos los estados del planeta tienen en mayor o menor medida características necropolíticas, en situaciones como la pandemia en la que vivimos, puede quedar de manifiesto de manera más tangible actitudes que conviertan a estos estados en necropolíticos. Es sible pensar que Trump, Johnson y Bolsonaro no contasen con los instrumentos y los datos necesarios para poder medir el volumen de las derivaciones fruto de sus determinaciones. Son líderes que apuestan a la confrontación y al aislacionismo para exacerbar tensiones y crear mayorías que aplastan a minorías. En el caso de Trump y Johnson, con sus ataques racistas y xenófobos, y en el caso de Bolsonaro, a las minorías sexuales. Sus modos de actuar y su ideología populista conservadora, los ha convertido en los dueños del eje viral del mundo.

En palabras de Mbembe Achille se puede señalar que cuando el funcionamiento del Estado deja en claro la necropolitica como régimen de gobierno de las poblaciones, pasamos a describir el desorden como “emergencia”, “conflicto armado” o “crisis humanitaria”.

La realidad es que las tácticas de exclusión y asechanza ya estaban instauradas mucho antes de la pandemia. El Covid-19 dejó al desnudo estas prácticas y en consecuencia el modo de concebir la relación entre Estado y sociedad civil, que poseen estos gobernantes. La muerte no es democrática y tiene que ver con el status social. Estos gobernantes son la clara expresión de esa afirmación.

(*) Licenciado en Ciencia Política y Gobierno (Universidad Nacional de Lanús), Profesor en Docencia Superior (UTN).

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