La política exterior es, probablemente, el único ámbito del Estado cuya principal responsabilidad consiste en pensar más allá del próximo gobierno. Fernand Braudel distinguía entre el tiempo de los acontecimientos y el de los procesos que perduran durante décadas. La política exterior vive en ese segundo plano: su misión no es administrar la coyuntura, sino preservar los intereses permanentes de la Nación más allá de cada gobierno.
La cuestión se vuelve especialmente nítida a partir de una frase pronunciada por el presidente Milei en Brasil, durante un acto de apoyo al candidato presidencial de ese país, Flavio Bolsonaro: "Vinimos a acompañar la ola azul. Espero que terminemos de pintar el mapa como corresponde de una vez". Lo relevante no es la preferencia política que expresa, perfectamente legítima en cualquier dirigente político, sino la concepción de la política exterior que revela.
Si el propósito de la política exterior pasara por favorecer la expansión regional de una determinada corriente política, cambiaría inevitablemente la naturaleza misma de la diplomacia. La relación con otros Estados dejaría de asentarse sobre intereses permanentes y pasaría a depender de afinidades políticas circunstanciales.
Hace casi dos siglos, el primer ministro británico Lord Palmerston resumió en una frase una de las reglas fundamentales de la política exterior: "No tenemos aliados permanentes ni enemigos permanentes. Tenemos intereses permanentes, y nuestro deber es seguirlos." Más que una expresión del realismo clásico, esa frase expresa una idea tan sencilla como estratégica: los intereses permanentes del Estado deben prevalecer sobre las preferencias circunstanciales de cualquier gobierno.
La relación con Brasil, una política de Estado construida durante décadas
La política exterior obliga a mirar más allá del gobierno de turno porque pertenece, antes que a cualquier administración, a la Nación.
La misión de la política exterior no es cambiar a los gobiernos vecinos, sino defender los intereses nacionales, cualquiera sea el gobierno que esos pueblos elijan.
Los presidentes pasan. Los vecinos permanecen.
Brasil no es importante porque gobierne Lula. Tampoco dejaría de serlo si gobernara Bolsonaro. Es importante porque seguirá siendo Brasil: nuestro principal socio comercial, el país con el que compartimos una de las fronteras más extensas del continente, el Mercosur y una responsabilidad común sobre buena parte del futuro sudamericano.
La relación argentino-brasileña constituye, probablemente, la política de Estado más importante construida por la democracia recuperada en 1983. Nació con la decisión histórica de Raúl Alfonsín y José Sarney de reemplazar décadas de rivalidad estratégica por una asociación que hizo posible el Mercosur y uno de los mayores logros diplomáticos de la región: la cooperación nuclear entre ambos países, simbolizada por la Agencia Brasileño-Argentina de Contabilidad y Control de Materiales Nucleares (ABACC), un mecanismo binacional único en el mundo.
Precisamente porque sobrevivió a gobiernos de signos tan diversos, esa relación se convirtió en una de las mayores políticas de Estado de la democracia argentina. Subordinar hoy esa tradición a las afinidades y antipatías ideológicas de un gobierno significa alterar la lógica misma sobre la que fue construida.
La política exterior nunca está completamente separada de la política interna. Tampoco debería estarlo. Los gobiernos elegidos democráticamente tienen el derecho y la legitimidad de imprimirle su orientación y sus prioridades. Pero existe un límite. Cuando la lógica de la competencia política o ideológica termina invadiendo la política exterior, ésta pierde la autonomía necesaria para preservar los intereses permanentes de la Nación. Deja de actuar como una política de Estado para convertirse en la prolongación de una disputa sectorial.
Ese es el riesgo que revelan episodios como el ocurrido en Brasil. No porque una declaración determine por sí sola el futuro de una relación bilateral, sino porque la confianza constituye el principal capital de una política exterior: demanda décadas construirla y puede perderse mucho más rápido de lo que costó consolidarla.
Pensar como Estado consiste en gobernar el presente sin perder de vista el país que existirá después del próximo gobierno. Esa es la misión de la política exterior: preservar los intereses permanentes de la Nación más allá de cada gobierno.
Presidente Ex Embajador ante ONU, EEUU y Portugal. Fundación Embajada Abierta.