13 de septiembre 2026 - 00:00

¿Qué esperamos para hacer del deporte una política de Estado?

El deporte es una herramienta de integración social, promoción de la salud, generación de recursos y proyección internacional. El desafío de la Argentina es dejar de redescubrir su potencia ante cada gran acontecimiento y convertirlo definitivamente en una política de Estado.

Si el deporte puede construir comunidad, promover la salud, generar conocimiento y recursos, fortalecer nuestra identidad y proyectar a la Argentina ante el mundo, la pregunta ya no debería ser qué puede hacer el deporte por nuestro país. 

Si el deporte puede construir comunidad, promover la salud, generar conocimiento y recursos, fortalecer nuestra identidad y proyectar a la Argentina ante el mundo, la pregunta ya no debería ser qué puede hacer el deporte por nuestro país. 

Pasado el Mundial de Fútbol y habiendo tomado cierta distancia de las emociones del momento, la bandera de “Las Malvinas son Argentinas” sigue vigente. Se transformó en tazas, remeras y réplicas de aquel “trapo improvisado” que alcanzó una enorme visibilidad. A partir de este episodio, periodistas, comunicadores y ciudadanos con exposición pública comenzaron a hacer referencia al impacto que puede tener una acción de estas características en un contexto deportivo observado por millones de espectadores en todo el mundo.

Es allí donde podemos percibir el alcance de aquello que los estudiosos de las relaciones internacionales y la diplomacia denominan soft power o “poder blando”, concepto desarrollado por el politólogo estadounidense Joseph S. Nye para describir la capacidad de un país, una institución o un actor de influir sobre otros mediante la atracción y la persuasión, en lugar de hacerlo a través de la coerción, la amenaza o el pago. El deporte constituye uno de los ámbitos privilegiados en los que este poder puede desarrollarse y funcionar como herramienta de proyección, prestigio e influencia internacional.

Los dirigentes de numerosos países conocen desde hace tiempo la potencia de este instrumento. China, Estados Unidos, Reino Unido o Cuba, con estructuras de gobierno, sistemas políticos e ideologías muy diferentes, han participado durante décadas de verdaderas carreras por ocupar lugares destacados en los medalleros olímpicos. Detrás de esos resultados no existe solamente una preocupación por el rendimiento deportivo: también hay prestigio, representación nacional, construcción de identidad y posicionamiento internacional.

Sin embargo, conviene realizar aquí una distinción. La potencia política del deporte no se agota en el soft power. Hacia afuera, el deporte puede proyectar la imagen de una nación y constituirse en una herramienta de influencia internacional. Hacia adentro, puede producir comunidad, pertenencia, integración, salud, ciudadanía e identidad colectiva. Ambas dimensiones se relacionan, pero no son exactamente lo mismo.

El deporte como política pública en la Argentina

En la Argentina, más allá de políticas coyunturales, discontinuas y muchas veces dependientes de la voluntad de los gobiernos de turno, uno de los momentos históricos en los que el Estado comprendió con mayor claridad la potencia política, social y simbólica del deporte se dio durante los dos primeros gobiernos de Juan Domingo Perón.

Durante aquellos años se desarrollaron diferentes acciones que permiten pensar en una concepción amplia del deporte. La cesión de terrenos y espacios a comunidades para la conformación o ampliación de clubes de barrio constituye un ejemplo particularmente significativo. En un primer análisis, probablemente se trate de una de las políticas con mayor impacto en la construcción de nuestras comunidades deportivas. Muchas de aquellas instituciones continúan siendo, varias décadas después, espacios de pertenencia, socialización y formación, y siguen produciendo deportistas y talentos, especialmente en los deportes colectivos que históricamente encontraron allí un ámbito privilegiado para su desarrollo.

Pero aquella política no se limitó a los clubes. En esos mismos años, la Argentina alcanzó resultados históricos en los Juegos Olímpicos y organizó en Buenos Aires los primeros Juegos Panamericanos, en 1951. A ello se sumaron estrategias de exposición pública de los deportistas, publicaciones y medios destinados a la divulgación del deporte, acciones formativas y la creación de los Juegos Evita, concebidos desde una perspectiva federal y vinculados también con las políticas sanitarias de la época.

Clubes, infraestructura, deporte social, salud, formación, comunicación, representación internacional y grandes eventos pueden ser pensados, entonces, no como acontecimientos aislados, sino como componentes de una determinada manera de comprender el deporte dentro de las políticas públicas.

Los Juegos Evita son quizás uno de los ejemplos más claros de esa capacidad de trascender un período histórico determinado. Con diferentes etapas, interrupciones y reformulaciones, aquella política logró perdurar y finalmente consolidarse institucionalmente mediante una legislación que permitió reducir su dependencia de los cambios de gobierno.

Una potencia que reaparece ante cada gran acontecimiento

Retomando la cuestión del poder social y simbólico del deporte, algo resulta particularmente llamativo. Ya lo observamos en 2022, cuando la Argentina se consagró campeona del mundo, y volvemos a observarlo frente a los triunfos y acontecimientos deportivos recientes. Aparecen análisis televisivos, radiales y en redes sociales acerca de la capacidad del deporte para unir a los argentinos. Y, casi inevitablemente, reaparecen las mismas preguntas: ¿por qué no nos unimos así para todo? ¿Por qué no logramos acuerdos semejantes para sacar adelante a la Argentina?

Quizás deberíamos formular la pregunta de otra manera. Si sabemos que el deporte es capaz de producir identificación colectiva, pertenencia y una representación compartida de la Argentina, ¿por qué seguimos tratándolo como un acontecimiento excepcional y no como una política permanente?

¿Por qué nos acordamos de su potencia durante un Mundial, unos Juegos Olímpicos o para una fotografía circunstancial? ¿Por qué no utilizamos de manera genuina y planificada su capacidad de contención social, promoción de la salud y generación de comunidad?

Buena parte de los problemas que enfrentamos en el presente y que probablemente se profundicen en el futuro están relacionados con el aumento del tiempo frente a las pantallas, el sedentarismo, el aislamiento y las consecuencias que estos fenómenos producen sobre la salud y los vínculos humanos. Si uno de los desafíos de nuestro tiempo es cierta progresiva deshumanización de nuestras relaciones, ¿qué herramientas sociales pueden resultar más potentes que el deporte? El arte, quizás. Curiosamente, ambos suelen quedar desplazados del centro de la discusión frente a la priorización casi exclusiva de actividades consideradas productivas o generadoras de valor económico.

Incluso desde esa perspectiva —a mi entender, limitada— existen preguntas que deberíamos hacernos. ¿Acaso el deporte no constituye una enorme industria capaz de generar eventos masivos, trabajo, turismo, consumo e ingresos? ¿No son los entrenadores argentinos un claro ejemplo de exportación de conocimiento? ¿No son nuestros deportistas profesionales el resultado final de años de formación en clubes, instituciones, escuelas, federaciones y comunidades que invirtieron recursos humanos y materiales en su desarrollo? ¿Cuánto de ese valor generado posteriormente retorna efectivamente al entramado que hizo posible su formación?

Una agenda estratégica más allá de los gobiernos

El deporte tiene, entonces, múltiples dimensiones que deberían ser consideradas simultáneamente. Es una herramienta de construcción social y comunitaria; constituye un instrumento extraordinario para la promoción de la salud; genera actividad económica, conocimiento y trabajo; y, al mismo tiempo, representa uno de los principales vehículos de identidad, prestigio y proyección internacional de una nación.

La Argentina ocupa un lugar destacado en el escenario deportivo internacional por sus resultados, por sus deportistas y también por sus entrenadores y profesionales. Lo ha conseguido, muchas veces, a pesar de una inversión históricamente irregular: mejor en determinados períodos y gobiernos, insuficiente o discontinua en muchos otros.

Quizás haya llegado el momento de dejar de descubrir la potencia del deporte cada cuatro años.

¿Qué esperamos para transformarlo definitivamente en una política de Estado, independiente de los caprichos y vaivenes gubernamentales? ¿Qué esperamos para incorporarlo a una agenda estratégica real? ¿Qué esperamos para convocar a los cientos de profesionales específicamente formados en el área y colocarlos al frente o como parte sustantiva de los procesos de planificación y decisión?

Si el deporte puede construir comunidad, promover la salud, generar conocimiento y recursos, fortalecer nuestra identidad y proyectar a la Argentina ante el mundo, la pregunta ya no debería ser qué puede hacer el deporte por nuestro país. La pregunta es cuánto tiempo más vamos a esperar para darle el lugar que merece.

Docente universitario, profesor de Educación Física y Licenciado en alto Rendimiento.

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