Plataformas, otra burla política
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En el primer grupo, el denominador común de las plataformas es el «populismo», es decir, proponer aquello que suponen tendrá generalizada aceptación. El resultado es cierta uniformidad en las propuestas, por lo demás marcadamente genéricas: reinserción de la Argentina en el mundo, fortalecimiento institucional, desarrollo económico, nueva coparticipación de impuestos, política tributaria progresiva, fomento a las pymes, trabajo, salud y seguridad, escuela pública y subsidios -aunque con otros nombres- a los pobres; todos esos ítems están presentes en los programas de Roberto Lavagna, Jorge Sobisch, Elisa Carrió, Ricardo López Murphy y Alberto Rodríguez Saá. Homogeneidad que lleva a interrogarse acerca de las razones de su incapacidad para tejer alianzas.
Si bien unos proponen « enfriar» la economía (Coalición Cívica) y otros sostienen que la inflación se resuelve con más y mejor inversión (UNA) o bien hablan de «moneda fuerte» (Frejuli), también hay coincidencias en puntos más concretos como anular la reforma del Consejo de la Magistratura y los superpoderes y limitar los decretos de necesidad y urgencia. En cuanto a las otras ofertas opositoras de izquierda y derecha, se percibe en sus programas la impunidad del que promete con la secreta conciencia de saber que no se verá obligado a cumplir: un nuevo default de la deuda externa (Pino Solanas, Proyecto Sur), reestatización de los servicios bajo control popular (Vilma Ripoll, MST), reducción de la jornada laboral a 6 horas (José Montes, PTS-MAS), nacionalización de la banca y el comercio exterior (Néstor Pitrola, PO, y Raúl Castells, MIJD), migraciones internas racionales para una ocupación equilibrada del territorio (Gustavo Breide Obeid, Partido Popular de la Reconstrucción), etc.
Finalmente, la mayor impunidad la representa el prometer lo contrario de lo hecho hasta ahora. Las cuatro carillas que el Frente para la Victoria ofrece al público como plataforma postulan la «recreación de la seguridad jurídica», « elecciones primarias obligatorias», «eliminación de las listassábana», «independencia del Banco Central», etc. Cuando un candidato se presenta a la reelección, su mejor campaña es la gestión. El enroque entre el Presidente y su esposa le da a la candidatura de la primera dama el carácter de seudo reelección y por ello resalta el contraste entre el cambio que se anuncia y lo que se ha venido haciendo. Cristina de Kirchner propone la «reformulación del sistema impositivo en función de la capacidad contributiva», pero el gobierno que preside su marido se tomó cuatro años para actualizar el mínimo no imponible en Ganancias y Bienes Personales. También se promete «un mínimo de 220 días de clase efectivos» cuando no se ha logrado cumplir ni siquiera los 180 que hoy marca la ley.
Con el programa presentado, el oficialismo parece haberse limitado a cumplir un trámite, en consonancia con lo expresado por el ministro del Interior, Aníbal Fernández: «La plataforma es un papel ridículo, escrito por quién sabe quién, un cuadernillo que entregan los partidos».
Se da así por sentado que la elección no está determinada por las ideas de los candidatos sino por otros factores tales como la mayor o menor presencia en los medios o el disponer de recursos estatales y aparatos partidarios.
La oposición no lo admite explícitamente pero de algún modo también parece sentirse eximida de la obligación de un mínimo de coherencia de cara a los electores. Carrió propone «dejar en paz al campo» y, aunque reclama el copyright de la anulación de las leyes de obediencia debida y punto final, pretende que la voten los militares; López Murphy pone la palabra « derechos humanos» en su plataforma como conjuro ante posibles descalificaciones por izquierda. Rodríguez Saá se postula como peronista histórico pero su propuesta -«que el Estado le saque las manos a la economía»- tiene más rasgos de liberalismo que la de Lavagna, peronista « renovador».



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