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En síntesis, si hay una conspiración, ella es de los funcionarios que decidieron alterar las cifras oficiales de inflación, dado que con ello, lo que han conseguido es que la tasa de interés que enfrenta la Argentina como deudora y los argentinos como deudores sea mayor. Y que el conjunto de inversiones factibles se reduzca.
Paso ahora a Miguel Peirano. «La forma de combatir la inflación es con mayor inversión.» «Vamos a impedir que los productos chinos sigan invadiendo el mercado argentino.» Como la inversión está «del lado de la demanda» en la ecuación y no del lado de la oferta. Cuando una empresa invierte, demanda más mano de obra, más materiales, etc. Sólo cuando la inversión madura, pasa a engrosar el capital y allí, a formar parte de la mayor oferta. De manera que, en el corto plazo, un aumento de la inversión tiene el mismo efecto sobre los precios que un aumento del consumo. Por supuesto que el efecto de largo plazo es distinto, pero ese es otro tema. De manera que combatir la inflación con mayor inversión, es combatir un incendio con nafta.
Con esta política fiscal expansiva, y esta política cambiaria de dólar nominal alto, la única alternativa de ponerles un techo a los precios de los bienes transables sería abrir aun más la economía, permitiendo más importaciones de China. Acción que el ministro ha rechazado de plano. Entiéndase bien, no digo que esto esté mal o bien. Digo que no se puede argumentar que cerrando las importaciones y alentando la inversión, con esta explosión del gasto, se combate la inflación.
Y esto me lleva al punto más importante explicitado por Cristina, con su tercera mención al «pacto» entre Estado, empresarios y sindicalistas, destinado a convertir en «política de Estado» el superávit fiscal, y la política de tipo de cambio «competitivo». Cuando un tema forma parte del discurso de lanzamiento de un candidato presidencial, de una intervención pública de dicho candidato ante empresarios españoles y de otro discurso, esta vez ante empresarios norteamericanos y argentinos, por más que sean «palabras» requiere un análisis más profundo.
El diagnóstico implícito en esta propuesta es que la Argentina «ha salido del infierno» gracias al superávit fiscal, y a los efectos benéficos de un peso subvaluado. Y que sólo hace falta consolidar esta macro, para que, con un horizonte económico de estabilidad por delante, la inversión local y extranjera fluya, se superen los cuellos de botella actuales y la Argentina entre de lleno en el «paraíso» del crecimiento sostenido con inclusión social. Y que la mejor manera de garantizar estos resultados es con un «pacto social» que asegure que estas políticas centrales no serán alteradas en los próximos años.
En otras palabras, el supuesto pacto más que consolidar la situación actual, debería retrotraerla a un par de años, cuando la política fiscal generaba un superávit claramente mayor y cuando el costo argentino estimulaba fuertemente la inversión. Y allí es donde creo, modestamente, que está el centro del problema para los próximos meses.
Permítanme, al respecto, una alegoría del Antiguo Testamento. Más que a las puertas del Paraíso, parece que Néstor Kirchner nos deja a la entrada de la Tierra Prometida. Al igual que Moisés. Pero al igual que los judíos que abandonaban el desierto, paradójicamente, la Tierra Prometida exigía trabajo. En efecto, en el desierto, el alimento era «maná que caía del cielo». No había que trabajar para obtenerlo, y era ilimitado.
Es decir, Dios proveía. En la Tierra Prometida, en cambio, había que ponerse a trabajar duramente para obtener el alimento y todo lo requerido para sobrevivir. Es decir, Dios proveía la naturaleza, la «oportunidad», pero los hombres debían tomar la oportunidad de ese valle fértil y convertirla en realidad. No había magia posible. Con este criterio habría que evaluar el posible «pacto» que la Argentina necesita. El «maná» de la energía barata, los subsidios derrochados, el gasto descontrolado, la capacidad ociosa industrial, la posibilidad de recuperar fuerte empleo y salarios sin presiones inflacionarias se está agotando. Entrar a la Tierra Prometida, no significa seguir creciendo a «tasas chinas», eso se conseguía en el desierto. Entrar a la Tierra Prometida implica: «desacelerar para no chocar». En otras palabras, se trata de un «pacto para el aterrizaje suave» de la economía argentina, hacia una tasa de crecimiento más modesta, pero sustentable en el tiempo, con baja inflación. Ello requiere un gasto público expandiéndose a una tasa mucho más baja, salarios creciendo en base a la inflación futura y la competitividad futura y no en base al pasado, ajuste gradual de los precios hoy fuertemente subsidiados, gestión eficiente de la infraestructura, recuperando un esquema contractual transparente con el sector privado y, en todo caso, inventando algún esquema de garantías, con los organismos multilaterales, liberación y normalización del sistema de precios, etcétera.
Se trata, fundamentalmente, de retomar un contexto de rentabilidad genuina y no en base a subsidios desordenados y discrecionales. Paradójicamente, un gobierno que se la pasó diciendo que no importaba la calidad institucional, ni la seguridad jurídica, sino la tasa de rentabilidad para atraer inversiones. Sostiene ahora que con estabilidad de «pacto» alcanza para garantizar inversiones.
El pacto puede ser un buen complemento para encarar los cambios profundos en las políticas públicas que se requieren, dado el escenario internacional, para empalmar el «maná» de los últimos años, con el «trabajo» de los próximos. De manera de lograr un crecimiento más bajo pero sostenido. Ahora, si lo que se pretende es un pacto para consolidar la situación de hoy, lejos de entrar a la Tierra Prometida, o al Paraíso, estaremos corriendo graves riesgos de volver al Infierno que, afortunadamente, o gracias a Néstor, como prefieran, hemos abandonado.




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