Es público que el actual Tango 01 ya tuvo demasiados tropiezos con el actual presidente (el último, el día de las elecciones). Inclusive, por esas dificultades continuas, anteanoche hubo cumbre en la Casa Rosada para determinar en qué avión viajaban el matrimonio y colaboradores a Chile (finalmente, se trasladan hoy en dos aviones chicos, privados). Otra realidad: el tipo de avión presidencial, un Boeing 757 que compró Carlos Menem (luego de ver y entusiasmarse con el aparato que utilizaba el mexicano Carlos Salinas de Gortari) y luego Fernando de la Rúa no vendió, ofrece otros defectos: 1) está retrasado por falta de mantenimiento en los últimos años y 2) carece de alcance suficiente para largos viajes y, por lo tanto, genera restricciones para volar grandes distancias (requiere escalas) y especialmente sobre formidables extensiones de agua. No es conveniente para quien desee tener una activa política exterior, como se promete con Cristina de Kirchner, lo que se lamentó en estos cuatro años y medio con mínima o nula política exterior del marido.
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O sea que está el clima para «el cambio que se viene» con los inconvenientes de traslados aéreos y hasta la explicación económica de que convendría desprenderse de la actual máquina (de dudosa venta como servicio comercial, con demasiados años con matrícula y registro militar) en estos momentos, pues demoras adicionales podrían desvalorizar aun más un avión con ciertas señales de obsolescencia. Esto, implica, claro, la compra de otro Tango más moderno, cuyas características por ahora se ignoran. Simultáneamente a esto, se habla de que determinados pilotos ya realizan cursos de adiestramiento en los simuladores de una connotada empresa de los Estados Unidos; si esto se confirma, sólo resta aguardar el paso a la difusión de que el gobierno argentino adquirirá un nuevo instrumento de vuelo para el servicio de la Casa Rosada.
Comienza entonces la discusión -aunque la medida ya hubiera sido tomada- sobre las características del aparato a comprar: si se trata de una versión del 747 (200 o 400) -lo que muchos creen si es cierto el entrenamiento en los Estados Unidos-, un jumbo tal vez demasiado grande para experiencias presidenciales (ni Lula ni Hugo Chávez disponen de este tipo de avión, se han inclinado por un Airbus 319, más pequeño). Para algunos especialistas, estas naves puestas a nuevo insumen demasiado combustible y es caro su mantenimiento. Pero, claro, los Kirchner deben buscar seguridad y, en apariencia, habrían deshechado la idea de un jet para 15 pasajeros que demanda ciertas escalas. No quieren convertir a la hoy primera dama en una Michelle Bachelet, quien se mueve con un 737-500 que debe realizar paradas en todas partes, de ahí que se ganó el mote de «el calambrito».
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