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23 de abril 2022 - 00:00

¿Qué hay detrás de la crisis entre Rusia, Ucrania y la OTAN?

La intervención rusa tiene relación no solo con motivaciones geopolíticas, sino también consideraciones ideacionales, cosmovisiones de las élites y sociedades rusas y ucranianas.

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El anuncio del presidente de Rusia, Vladímir Putin, de la invasión de Ucrania.

Foto: EPA/Yonhap

Muchos análisis de la crisis actual que involucran a Rusia, Ucrania y la OTAN presentan un enfoque maniqueo, en el que un lado es el "villano" y el otro la "víctima". Lejos de dilucidar todas las razones detrás de las tensiones, pretendo mostrar que el tema es más complejo de lo que parece a primera vista, y no se restringe a la discusión en torno a la OTAN. Resumo la posición de Rusia con base en cinco puntos que considero fundamentales, sin establecer una jerarquía entre ellos.

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La expansión de la OTAN (el primer factor geopolítico)

Rusia considera que la expansión de la OTAN posterior a la Guerra Fría es una amenaza para su seguridad nacional, un intento de los estrategas geopolíticos de Estados Unidos de cercarla militarmente, promover un "cordón sanitario" y tratar de mantener su hegemonía frente al advenimiento de un orden multipolar. Bajo la presidencia de Boris Yeltsin en la década de 1990, ya había un cuestionamiento de esta expansión. La intervención de la OTAN en Kosovo en 1999 constituye una de las primeras fricciones diplomáticas importantes entre la Rusia postsoviética y EE.UU.

Como argumento legal, la diplomacia rusa menciona acuerdos que enfatizan el principio de "indivisibilidad de la seguridad", la idea de que un país no puede expandir su seguridad a expensas de la inseguridad del otro, además de promesas de no expansión hechas por la alianza a la antigua Unión Soviética. La reciente asistencia militar de los miembros de la OTAN a Ucrania, con armas, instructores y entrenamiento, y la perspectiva de su incorporación a la alianza en el futuro han profundizado las animosidades. El Kremlin exige que Ucrania adopte un estatus neutral, renunciando a ser miembro de la OTAN. En este punto, una encuesta realizada a fines de marzo reveló que solo el 14% de los rusos mencionan el tema de la OTAN (impedir su expansión, alejarla de las fronteras rusas, desmilitarizar Ucrania) como la razón principal de la actual intervención rusa. Otro 43% menciona la protección de la población rusa y de habla rusa en el este del país, el 25% la protección de las fronteras rusas contra un ataque (de Ucrania) y el 21% la "desnazificación" de Ucrania.

En Ucrania, unirse a la OTAN se percibe como un instrumento de seguridad contra las violaciones de su soberanía e integridad territorial por parte de Rusia. En varios países de Europa del este hay animosidades hacia Rusia, de la misma forma que en América Latina hay animosidades hacia los EE.UU., por razones históricas (intervencionistas), políticas e ideológicas.

Con la intervención militar en Ucrania, Rusia puede obtener ganancias geopolíticas, como la garantía de que el país no ingresará en la OTAN. Por otro lado, puede intensificarse la percepción de Rusia como una amenaza en Europa del este, lo que llevará a una presencia aún mayor de tropas de la alianza en los países miembros, una posible carrera armamentista en la región, una búsqueda por parte de otros países para unirse a la alianza y mayor cohesión en acciones colectivas de Occidente. Por lo tanto, una acción dirigida a alejar a la OTAN de las fronteras rusas puede tener el efecto contrario. La guerra también se desarrolla en otros frentes, como el económico, el mediático y el de la imagen (soft power). Los costos para la economía, dependiendo del alcance de las sanciones, a largo plazo podrán afectar la capacidad estatal y militar rusa. Sólo el tiempo dirá si las ganancias en el frente geopolítico superarán las pérdidas en los otros frentes.

El impacto del conflicto en la política interna rusa (el factor interno)

La percepción de que el país está amenazado por un enemigo o un conflicto puede desencadenar la intensificación del nacionalismo y la cohesión de la población en torno a su líder, el llamado efecto "rally round the flag". Algunos de los mayores picos de popularidad de Vladimir Putin, en sus más de dos décadas en el poder, estuvieron directamente relacionados con conflictos: en 2000, en la guerra de Chechenia; en 2008, en la guerra ruso-georgiana y en 2014, en la crisis de Ucrania. En este último, su popularidad superó la marca del 85%.

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Aprobación de Vladimir Putin. Fuente: elaboración propia en base a datos de Centro Levada (2022).

Regímenes autoritarios se sustentan en estrategias de legitimación, como el efecto positivo de las ganancias económicas y de represión, como la persecución de los opositores, además de recursos ideológicos. En la década de 2000, Rusia experimentó un intenso crecimiento económico, pero en los últimos años no ha tenido tan buen desempeño y la popularidad de Putin ha registrado algunos de los niveles más bajos. No en vano el régimen ha ido intensificando los mecanismos de represión.

Ante este escenario, el conflicto con la OTAN, especialmente la idea de que Rusia está rodeada de enemigos constituye un recurso adicional para legitimar al régimen. Además del efecto de "rally round the flag", las percepciones de amenaza social pueden estimular actitudes autoritarias en la población. Ya hay evidencia de un efecto positivo de la crisis actual en la popularidad de Putin, que saltó un 14% de enero a marzo de 2022, llegando al 83 % de la población rusa. Es interesante observar que el conflicto con Occidente se utiliza a veces como instrumento ideológico para promover un discurso conservador: el choque entre los "valores liberales occidentales decadentes" y los "valores tradicionales rusos", como las discusiones acerca de género y la familia y sobre qué "tipo" de democracia Rusia debe seguir – la decadente y turbulenta "occidental" o su "camino propio" (la "democracia soberana"). El antagonismo también se utiliza para deslegitimar a los opositores: varias organizaciones de la sociedad civil y canales de medios de comunicación fueron clasificados oficialmente como "agentes extranjeros" o incluso prohibidos. En marzo, Putin declaró que "una autopurificación tan natural y necesaria de la sociedad" contra la "escoria" y los "traidores" solo fortalecerá a Rusia.

Desde el comienzo de la intervención militar en Ucrania, el régimen ha endurecido las medidas contra las voces opositoras. Miles de personas fueron detenidas en protestas contra la guerra, a menudo consideradas "extremistas", una estación de radio crítica al gobierno fundada en 1990 dejó de funcionar, uno de los pocos canales disidentes dejó de transmitir temporalmente y el parlamento ruso aprobó una enmienda a una ley que establece la detención de hasta 15 años para quienes divulguen información "falsa" sobre el conflicto y el ejército ruso. La intervención se denomina oficialmente "operación militar especial": las referencias a "invasión" o "guerra" pueden provocar bloqueos o multas de los medios de comunicación.

La "cancelación" y las fuertes sanciones impuestas por Occidente, incluso en las áreas del deporte y la cultura, pueden estimular el nacionalismo y dar fuerza al argumento oficial de que Rusia está rodeada de enemigos que quieren asfixiarla y que hay una rusofobia fomentada por occidente. Estudios muestran que las sanciones con altos costos económicos tienen el potencial de profundizar los agravios sociales y beneficiar a los grupos radicales. Encuestas recientes han mostrado que el 81% de la población rusa aprueba la acción del ejército en Ucrania, aunque el riesgo de sesgo es alto, dado el contexto autoritario y represivo.

Es importante señalar que, en el presente conflicto, dada la proximidad histórica y cultural entre Rusia y Ucrania, no se descarta el futuro crecimiento del descontento por parte de la sociedad y las élites, sobre todo si la beligerancia se prolongara por muchos meses. Varias personalidades, académicos e incluso miembros de las élites económicas se pronunciaron en contra de la guerra. La Primera Guerra de Chechenia, que comenzó en diciembre de 1994, estaba planeada para durar unas pocas semanas, pero se extendió por casi dos años y Moscú tuvo que firmar un acuerdo con los separatistas. El episodio afectó negativamente la popularidad del entonces presidente Boris Yeltsin.

Las percepciones de Putin acerca de Ucrania y el "mundo ruso" (el factor ideacional)

Putin tiene una percepción de Ucrania que, en gran medida, cuestiona su legitimidad como estado soberano. Considera que, por razones históricas, rusos, ucranianos y bielorrusos constituyen un solo pueblo. Destaca que el distanciamiento cultural y político, así como los actuales límites territoriales de Ucrania, se debieron tanto a las erráticas políticas étnicas de las administraciones soviéticas, como a las políticas nacionalistas impulsadas por los grupos radicales ucranianos, que buscan forzar "artificialmente" la constitución de un identidad ucraniana. Por lo tanto, la entrada de Ucrania en la OTAN o incluso en la Unión Europea, para él, representa no solo una ampliación de la alianza en sus fronteras y una amenaza geopolítica, sino principalmente la pérdida de un territorio históricamente perteneciente a Rusia.

Rusia contribuyó a la formación del estado ucraniano, pero las identidades no son construcciones fijas en el tiempo y el espacio, están abiertas al cambio. El conflicto actual en sí mismo tiene el potencial de impactar las identidades.

Al desafiar las políticas soviéticas que dieron origen a las fronteras en el Espacio Post-Soviético, Putin puede causar inseguridad incluso en los países vecinos aliados, lo que a largo plazo tiene el potencial de socavar los proyectos de integración regional impulsados por Moscú.

Los países europeos temen que, si no hay una respuesta enfática a Putin, el argumento de las poblaciones de lengua y etnia rusas pueda ser utilizado para futuros expansionismos, como ha sucedido en otros períodos de la historia europea. El discurso del "mundo ruso" (russkiy mir), propagado por la diplomacia rusa, suscita temor en otros países con importantes minorías étnicas rusas, como Estonia y Letonia.

La contestación de la hegemonía rusa en el espacio postsoviético (el segundo factor geopolítico)

A partir de la década de 2000, algunas exrepúblicas soviéticas pasaron por movimientos conocidos como "revoluciones de colores", que, en diferentes ocasiones, culminaron con el derrocamiento de líderes alineados con Rusia y el ascenso de líderes inclinados a la integración europea y occidental. Como la gran mayoría de los fenómenos sociales, tales movimientos estuvieron motivados por una multiplicidad de elementos, como el descontento con el rumbo de estos estados tras el fin de la URSS, con las prácticas e instituciones autoritarias, con la situación económica y la corrupción de algunos agentes estatales.

Con un enfoque que enfatiza los factores externos, Rusia considera que tales movimientos constituyen, sobre todo, un instrumento de "guerra híbrida" de Occidente, es decir, un uso de medios no convencionales de beligerancia, como la desinformación, la cooptación y los intentos de "exportación de democracia" sin tener en cuenta las realidades locales. La estrategia estaría dirigida a desestabilizar a los estados aliados de Rusia y promover fuerzas políticas "rusofóbicas", lo que podría debilitar la hegemonía geopolítica rusa en la región.

En los últimos años, el papel enfático de Rusia en el apoyo a regímenes autoritarios aliados, como en Bielorrusia y Kazajstán, ha sido notable. Rusia teme que la caída de estos regímenes pueda dar lugar al surgimiento de líderes hostiles a su hegemonía. El apoyo a su hegemonía regional en los se ha basado cada vez más en el uso de la fuerza. Posiblemente existe el temor de que el éxito de Ucrania en la integración europea, con reformas políticas y eventuales ganancias económicas, pueda generar incentivos para movilizaciones populares en otros países del Espacio Post-Soviético y en la propia Rusia.

La crisis de 2014 en Ucrania (el factor "explosivo")

De todas las protestas que azotaron a la región, las protestas de 2013-2014 en Ucrania fueron sin duda las que más molestaron a Putin. Desde entonces, la influencia de Rusia en la política ucraniana se ha reducido drásticamente y las alternativas de Putin para resolver el problema han sido rechazadas por el actual presidente ucraniano. Para entender lo que pasó, tenemos que mirar algunos hechos históricos.

Las regiones que hoy conforman Ucrania a lo largo de la historia formaron parte de diferentes estados e imperios, que dejaron marcas culturales e identitarias en la sociedad. A grandes rasgos, podemos destacar una macro división entre oeste y este. En el oeste predomina el idioma ucraniano, la población es más crítica con respecto al pasado soviético, hay una mayor percepción de Rusia como amenaza y una mayor inclinación hacia la integración con la Unión Europea y la OTAN. En el este, región que formó parte del estado ruso durante un período prolongado, hay el predominio de la lengua rusa, una importante presencia de minorías étnicas rusas, lazos culturales y comerciales con el país vecino, así como una visión más positiva de el pasado soviético y la búsqueda de una mayor integración con Rusia. Esta división se reflejó en una polarización electoral nacional, una alternancia de poder entre presidentes pro-Rusia y pro-Occidente en el período postsoviético.

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Población de habla rusa en Ucrania (censo de 2001). Fuente: Esri, USGS | Esri, AQUÍ, Garmin, FAO, NOAA, USGS. Desde 2014, el gobierno ucraniano no tiene control sobre Crimea (incorporada a Rusia) y partes del Donbass.

En 2014, la polarización alcanzó su punto máximo y culminó con una ruptura política. Tras abstenerse de firmar un acuerdo que podría abrir la puerta a la entrada de Ucrania en la Unión Europea, el entonces presidente pro-Rusia fue derrocado por protestas inicialmente pacíficas, pero que luego adquirieron contornos violentos. Las movilizaciones contaron con la participación de algunos líderes ultranacionalistas del oeste, vistos con temor en las regiones pro-Rusia del este. Putin utilizó el miedo y el descontento popular en el este para incorporar la península de Crimea (que hasta 1954 pertenecía a Rusia) y apoyar a los grupos separatistas armados en el Donbass (las regiones de Donetsk y Luhansk). La guerra entre el gobierno ucraniano y el Donbass continúa hasta el día de hoy, dejando alrededor de 14.000 muertos y más de 2,5 millones de desplazados. Ambas partes se acusan mutuamente de violar los acuerdos de alto el fuego. Es importante mencionar que en el Espacio Post-Soviético hubo varios casos en los que la acción de los estados centrales para retomar regiones separatistas resultó en numerosas bajas civiles, como en Georgia (Osetia del Sur y Abjasia), en Azerbaiyán (Nagorno-Karabaj) e incluso en Rusia (Chechenia).

Rusia argumenta que el derrocamiento del presidente Viktor Yanukovych en 2014, su aliado, constituyó un golpe de Estado promovido por fuerzas nazistas del oeste de Ucrania, respaldadas por el Occidente, y que pusieron en riesgo a las minorías étnicas rusas en el este. Al alentar al país a la integración económica con el bloque, la Unión Europea habría presionado a Ucrania para que rompiera los lazos económicos históricos con Rusia. El gobierno ruso también afirma que la guerra en el este de Ucrania es un problema interno de Ucrania, un conflicto étnico, y que el bombardeo del Donbass por parte del gobierno ucraniano desde 2014, el "genocidio" de la población local y un supuesto intento de Ucrania recuperar el control de la región por la fuerza fueron algunos de los principales motivos del "operativo militar" de finales de febrero y su compromiso de "desnazificar" ese país. En contextos de conflicto, los discursos de deshumanización del oponente son recurrentes –cabe recordar la narrativa de la “guerra contra el terrorismo” manejada para legitimar las intervenciones estadounidenses en Medio Oriente. Los ucranianos también acusaron a los rusos de "nazismo" y "genocidio", especialmente después de las denuncias de exterminio en Bucha y otros lugares cercanos a Kiev.

En el entorno académico internacional, las narrativas también son polarizadas: algunos argumentan que el conflicto en Donbass que comenzó en 2014 es, al menos en parte, un movimiento separatista interno de minorías que se vieron amenazadas por un cambio de régimen violento, mientras que otros (y las élites ucranianas) señalan que se trata de una acción planificada externamente por Rusia, contando con grupos guerrilleros locales como “títeres”, con la participación de las fuerzas militares y políticas rusas y con un intenso uso de la propaganda por parte del Kremlin.

Independientemente de si la motivación del conflicto en Donbass es interna o externa, es un hecho que los grupos que ahora controlan las regiones secesionistas no se habrían sostenido sin el apoyo militar y económico de Rusia. En efecto, (I) hubo episodios de tensión étnica, como la masacre de Odessa en 2014; (II) el conflicto contra los separatistas e indirectamente el ejército ruso en el Donbass, con cerca de cuatro mil muertos civiles, así como la acción de grupos ultranacionalistas radicales, con su controvertida vinculación con las estructuras estatales, provocó la inseguridad en estas regiones; (III) y las cuestiones de identidad (como el estatus del idioma ruso y los hechos históricos) aún generan acalorados debates y divisiones en la sociedad. Sin embargo, no hay evidencia de que las minorías étnicas rusas y la población de habla rusa sean víctimas de violencia o segregación étnica, menos del 10% dijo haber encontrado casos de discriminación étnica, los partidos de extrema derecha no han ganado protagonismo en la política ucraniana (han logrado poco más del 2% de los votos en las elecciones parlamentarias de 2019), el propio presidente Volodymyr Zelensky es de origen judío y de habla rusa, y el ruso todavía se habla ampliamente en el este. Además, el grupo ultranacionalista más grande (con muchos seguidores neonazis), si bien representa una amenaza política y social para las minorías, como los romaníes, no actúa contra la población de habla rusa: el ruso es un idioma de comunicación del grupo y muchos de sus miembros lo tienen como primera lengua.

Moscú utiliza el argumento de la lucha contra el "nazismo" como una de las justificaciones de la intervención, pero mantiene relaciones amistosas con partidos de extrema derecha en Europa y da espacio mediático a líderes ultranacionalistas aliados en la propia Rusia, conocidos por polémicas y hostiles declaraciones a las minorías étnicas en el país. Grupos ultranacionalistas rusos también jugaron un papel en el conflicto de Donbass. Hay grupos (para)militares con conexiones estatales y un historial de violaciones de derechos humanos que operan tanto en Rusia como en el extranjero.

Las actitudes positivas hacia Rusia en Ucrania disminuyeron significativamente después de 2014, en parte debido a la secesión de las regiones más pro-Rusia del este, pero en parte debido a las percepciones de agresión rusa hacia Ucrania y las narrativas difundidas por las élites ucranianas. Como resultado, las cuestiones políticas y de identidad que antes estaban polarizadas entre un oeste pro-Occidente y un este pro-Rusia han dado paso a un mayor consenso en torno a la integración europea. Los líderes, partidos, periodistas y medios de comunicación pro-Rusia fueron estigmatizados como "traidores" o incluso prohibidos, con el pretexto de garantizar la seguridad nacional. Si en 2013 el 54% veía como algo negativo la entrada en la OTAN, en 2018 el porcentaje descendió hasta rondar el 30%. El apoyo a la integración con Rusia se ha desplomado de alrededor del 50% a poco más del 20% durante el mismo período. Encuestas recientes, realizadas tras el inicio de la intervención militar rusa, indican que el apoyo a la entrada en la OTAN y la Unión Europea, así como la popularidad de Zelensky, han alcanzado porcentajes récord.

Apoyo a la entrada de Ucrania en la Unión de Rusia y Belarús, la Unión Europea y la OTAN.jpg

Apoyo a la entrada de Ucrania en la Unión de Rusia y Belarús, la Unión Europea y la OTAN. Fuente: elaboración propia a partir de datos del informe “Sociedad Ucraniana” (2018) del Instituto de Sociología de la Academia Nacional de Ciencias de Ucrania.

A Putin le incomoda que Zelensky, al contrario de lo que se esperaba, no esté muy abierto a los proyectos de pacificación de Rusia en el Donbass. Las propuestas rusas para reintegrar las regiones separatistas son muy impopulares en el país: se cree que la reintegración de estas regiones con un eventual poder de veto sobre cuestiones políticas nacionales potenciará la influencia de Putin en la política ucraniana. En 2019, se incluyó en la constitución ucraniana el objetivo de unirse a la Unión Europea y la OTAN, como una estrategia para garantizar la protección. Ceder a la presión rusa, absteniéndose de unirse a la alianza, es percibido por la sociedad como una admisión de que Ucrania no es un estado soberano y no tiene autonomía para definir las direcciones de su política exterior independientemente de Rusia. Zelensky mencionó que está dispuesto a renunciar a la membresía a la OTAN, desde que sea adoptado un acuerdo con mecanismos efectivos de garantía de seguridad.

Lejos de agotar y simplificar la discusión, pretendí mostrar en este artículo cuán compleja es la crisis actual. La intervención rusa tiene relación no solo con motivaciones geopolíticas, sino también consideraciones ideacionales, cosmovisiones de las élites y sociedades rusas y ucranianas, la situación de la política ucraniana desde 2014 y estrategias para legitimar el régimen de Vladimir Putin en la propia Rusia. En un contexto de guerra híbrida entre grandes potencias, las diferentes partes involucradas difunden en ocasiones narrativas simplistas, maniqueas y de "deshumanización" del oponente, adecuadas a sus intereses nacionales y geopolíticos. Si bien la neutralidad analítica es una utopía, corresponde a la academia buscar desconstruir narrativas y examinar los motivos e intereses detrás de las decisiones políticas y los fenómenos sociales. Como hemos visto en las últimas décadas, el posicionamiento de “dobles raseros” por parte de las grandes potencias y la selectividad de qué conflictos “importan” o no son prácticas cada vez más recurrentes. Exigen respeto al principio de soberanía estatal en determinados contextos, pero lo violan abiertamente cuando les conviene.

Magíster en Ciencia Política por la Higher School of Economics de Moscú e investigador del Laboratorio de Estudios de Asia de la Universidad de San Pablo, en el área de política rusa y conflictos en el Espacio Post-Soviético.

Versión actualizada del artículo publicado en el sitio web de Poder 360 el 05.03.2022.

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