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21 de julio 2026 - 00:00

Saber perder para poder ganar: la lección que la Selección le deja al mundo del trabajo

El abogado especialista en trabajo y en IA aplicado a la gestión judicial analiza la lección que dejo la selección argentina, aplicada al mundo laboral: "No controlamos los resultados; controlamos la preparación y la respuesta".

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El mercado de trabajo que viene, el de la inteligencia artificial, el de la reconversión permanente, va a exigir exactamente la aptitud que la Selección mostró el domingo, la capacidad de perder algo sin perderse a uno mismo. 

Argentina perdió la final del Mundial y no se rompió nada. Esa madurez, que al fútbol le costó una década construir, es exactamente la que le falta a nuestra cultura del trabajo y a nuestra política.

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El domingo, en el MetLife de Nueva Jersey, España nos ganó la final del Mundial 1 a 0, con un gol de Ferran Torres en el suplementario y con Argentina jugando con diez. Messi, a los 39 años, no pudo repetir. Lamine Yamal, a los 19, levantó la copa. Sin embargo, lo más notable no pasó adentro de la cancha, pasó después. No hubo cacerolas contra los jugadores, no hubo operativos de demolición del técnico, no hubo búsqueda de traidores. Hubo tristeza, aplausos y gratitud. Un país que durante décadas trató cada derrota deportiva como una tragedia nacional aprendió, finalmente, a perder. Y conviene detenerse ahí, porque ese aprendizaje no fue gratis ni casual.

Esta generación de futbolistas perdió tres finales seguidas entre 2014 y 2016. Messi renunció a la Selección, insultado por medio país, y volvió. Recién después de tragarse esas derrotas, de aceptarlas, procesarlas y seguir trabajando, llegaron la Copa América de 2021, el Mundial de Qatar y todo lo demás. El orden de los hechos no es un detalle, primero aprendieron a perder, después ganaron todo. La derrota del domingo no interrumpe ese ciclo; lo completa. Porque un equipo maduro no es el que nunca pierde, sino el que puede perder sin dejar de ser lo que es.

Ahora traslademos la escena al mundo que conozco de cerca, el del trabajo. Como abogado laboralista, hace más de quince años que veo de frente la otra derrota, la que no se televisa, la del trabajador que pierde el empleo a los cincuenta, la del comerciante que baja la persiana, la del joven al que la tecnología le corrió el arco antes de patear el primer tiro. Y veo, sobre todo, cómo los tratamos. En la Argentina laboral, perder el trabajo todavía carga un estigma que no existe en las economías que más empleo crean. Al que quedó afuera se lo mira como sospechoso; al que emprendió y le fue mal, como fracasado terminal. El resultado es una cultura defensiva, donde el trabajador se aferra a lo que tiene aunque lo consuma, la empresa no arriesga un puesto nuevo por miedo al costo de equivocarse, y todos , empleado y empleador, organizan su vida laboral alrededor de un solo mandato, no perder. El problema es que el que juega a no perder, no gana nunca. Ni un ascenso, ni un oficio nuevo, ni una segunda carrera.

El mercado de trabajo que viene, el de la inteligencia artificial, el de la reconversión permanente, va a exigir exactamente la aptitud que la Selección mostró el domingo, la capacidad de perder algo sin perderse a uno mismo. Perder una tarea que la máquina hace mejor, para ganar una función que la máquina no alcanza. Perder la comodidad de un puesto agotado, para ganar un oficio con futuro. Nadie se reconvierte sin soltar algo primero, y nadie suelta nada si su cultura le enseñó que soltar es fracasar. Por eso insisto, la discusión sobre el futuro del empleo no es solo normativa ni tecnológica; es, antes que nada, una discusión sobre cómo procesamos la pérdida.

Los estoicos, que me acompañan hace años, lo decían sin vueltas, no controlás el resultado, controlás la preparación y la respuesta. Séneca escribió que el golpe que se anticipa duele menos, y Epicteto, que no nos perturban los hechos sino el juicio que hacemos sobre ellos. La Selección hizo estoicismo aplicado sin saberlo: preparó todo lo que dependía de ella, aceptó lo que no, y respondió a la derrota con dignidad. Eso es ser digno de perder, haber hecho todo para merecer ganar.

La política argentina, mientras tanto, sigue en la etapa anterior. Acá el que pierde una elección denuncia fraude, el que pierde una votación rompe el bloque, el que pierde una discusión rompe el país. Una dirigencia incapaz de perder es incapaz de acordar, porque todo acuerdo exige ceder algo, y ceder es una forma menor de perder. Si once futbolistas pudieron mirar a cámara después de perder una final del mundo y decir "nos ganó el mejor, volveremos", no parece demasiado pedir que quienes discuten una reforma laboral, un presupuesto o una moneda puedan perder una comisión sin incendiar la casa.

Argentina no trajo la copa. Trajo algo que, bien leído, vale más y dura más, la prueba de que se puede perder con grandeza cuando se trabajó con seriedad. Si esa lección baja del césped a las oficinas, a los talleres, a las paritarias y al Congreso, la final del domingo va a haber sido, paradójicamente, una victoria. Porque a ganar se aprende una sola vez; a perder hay que aprender toda la vida. Y el que domina las dos cosas, tarde o temprano, vuelve a levantar la copa.

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