Sin opción, la Fed debe bajar la tasa
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Esto fue escrito en letras de molde el miércoles. Sin embargo, no fue impedimento para que el jueves, a última hora, el BI -en un operación conjunta con el Tesoro y el regulador bancario, la FSA-dispusiera concurrir en auxilio de Northern Rock, el quinto banco hipotecario de la isla, arrinconado por una política muy agresiva de concesión de préstamos fondeados en los volátiles mercados de capitales de corto plazo. Una apreciación de los avatares del crédito que, como se sabe, resultó gravemente errada.
Desde 1973 que el BI no asumía el rol de conectar un respirador artificial. Se recuerda que se lo negó a Barings en 1995. No hay información oficial sobre el tamaño de los tanques de oxígeno que vayan a usarse. Las estimaciones fluctúan entre los 20.000 y los 30.000 millones de libras (el doble, en dólares), lo que no resulta exagerado para estabilizar una institución que administra 113.000 millones de libras en activos. Y que permanece solvente, según la FSA.
El tigre rugiente, al decir de Willem Buiter, otrora gobernador del BI, se convirtió en un «tigre de papel». Y lo peor es que su faena de camillero recién empieza: la situación disparó una corrida entre los depositantes de la institución afectada (habría perdido 1/1.500 millones de libras, sólo el viernes) y la amenaza de un contagio pende sobre el resto del sistema. Así como la pequeña Victoria Mortgages inauguró el tendal, es vox populi que Paragon Group -cuya acción se desmoronó el viernes más que la de Northern Rock-podría constituir la víctima en la próxima secuencia.
Mientras tanto, la libra de desplomó de 2,03 dólares a 2; las tasas de interés suben, se escribe el epitafio del boom inmobiliario británico (por segunda vez en tres años) y las estimaciones de crecimiento de la economía para 2008 se afinan en medio punto a no más de 2%.
La crisis será novel pero ya da lecciones. Como en un juego de ajedrez, cuando se decide un movimiento (o su omisión), la razón no puede limitarse a examinar la distribución actual de las piezas en el tablero. Debe, forzosamente, anticipar dos o tres jugadas, so pena de que quien hoy conduce las blancas deba volver sobre sus pasos y no sólo ceder la iniciativa sino consagrarse a la tarea defensiva de cuidar, más y más, flancos vulnerables.
Si a la fábula londinense se le suma la endeblez de la economía real de los EE.UU. (desde el episodio de destrucción de empleos del informe de agosto -real o no-hasta la fatiga del consumo y la persistente penuria inmobiliaria) cabe esperar que la Fed -en previsión de lo que podría deparar el futuro-se incline por una fórmula que inaugure el recorte de las tasas de interés. Por primera vez desde 2003, un desguace de un cuarto de punto. No sólo fed funds, sino también la tasa de descuento (hay 7.386 millones de dólares tomados, al miércoles, en esa ventanilla).
Quizá la nota distintiva la provea un voto en discordia, una manera elegante de no cerrarle las puertas a otro curso de acción más adelante (aun así, el mercado descontará nuevas disminuciones en octubre y diciembre).
Habrá que examinar el comunicado (y, sobre todo, las tardías minutas) para entender el juego de posiciones. Aunque este jueves, cuando Ben Bernanke visite la Cámara baja para dar testimonio ante el Comité de Servicios Financieros, permitirá conocer una versión actualizada del pensamiento que campea en la Fed.
Dice bien Mervyn King cuando acota que la baja de tasas premia la toma excesiva de riesgos. Pero, a la par, no hay mejor antídoto conocido del pánico. Es tarde para lamentarse de los malos préstamos, esos riesgos ya han sido creados y profusamente diseminados. Lo que sí se puede hacer es optar entre alentar la predisposición a enfrentarlos o dejar que el pavor se enseñoree (y nos dé su lección). Es decir, se puede elegir entre combatir la crisis concreta de hoy o la eventual de pasado mañana. En un mundo con tasas de interés positivas (y aversión al riesgo), nadie en su sano juicio cambiaría pájaro en mano por la promesa de un pichón volando.




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