18 de septiembre 2007 - 00:00

Sin opción, la Fed debe bajar la tasa

La reunión de la Fed de hoy es el aleph del mundo de las finanzas. China podrá ser cada vez más importante para la economía real, pero que el Banco del Pueblo haya dispuesto la séptima alza de tasas de interés a nadie le roba el sueño. Todavía Washington -con la promesa de una módica baja- conserva la llave de la liquidez internacional.

La expectativa que prevalece es que el cónclave de la Fed culminará con una reducción de un cuarto de punto en las tasas de interés de corto plazo. No hay, por cierto, unanimidad (tampoco, se presume, en el seno de la Fed). No faltan quienes abrigan la noción de una rebaja de medio punto. O, en la vereda opuesta, un puñado de voces que agita los méritos de la intransigencia.

Un recorte de tasas profundo, de un solo tajo, arrimaría una nota discordante con la política pausada de la Fed. Y un cambio de estrategia, hoy por hoy, resulta improbable. La tesis de no tocar nada posee mayor asidero. O, más bien, poseía. Su principal sostenedor -el Banco de Inglaterra- ha debido probar del sabor ácido de su propia medicina. No está claro que los demás bancos centrales quieran imitarlo.

El único banco que no hizo nada en agosto -cuando estalló la crisis crediticia -fue el Banco de Inglaterra (BI). Mientras el Banco Central Europeo (BCE), primero, y trascartón, la Fed, Canadá, Suiza, Australia y Singapur abrieron de prisa los grifos de la liquidez, la entidad presidida por Mervyn King se mostró imperturbable. Fiel a la flema británica y ajena a la realidad tormentosa del mercado bancario. Lejos de acrecentar los niveles de liquidez, el BI se mantuvo en sus trece. Aquel que necesitara recursos (a Barclays le pasó, dos veces en tres semanas) podía como siempre acudir al régimen de emergencia. No debía esperar, sin embargo, ninguna facilidad extraordinaria. Una tasa de 6,75% en libras (un punto completo por sobre la tasa básica); el plazo perentorio de las 24 horas. Casi un siglo y medio más tarde, el espíritu de Bagehot al pie de la letra. Nada más inglés que la receta de Lombard Street acuñada ya en 1873.

Transcurrido un mes de turbulencias, el BI debió revisar su postura. En comparación con EE.UU. y la eurozona, las condiciones del mercado interbancario inglés denotaban la mayor perturbación. Por varios cuerpos. Y lejos de encauzarse, apuntaban a un sistemático enrarecimiento. Así, el BI aceptó por fin, el 5 de setiembre, expandir la liquidez primaria (comprometiéndose a proveer 25% de los requerimientos de reservas bancarias y relajando los márgenes aceptables de incumplimiento de 1% a 37,5%). La medida apuntaba a nivelar las discrepancias entre la tasa base de 5,75% y las que regían en el mercado de call en el término de 1 día. Que la tasa Libo a tres meses exhibiera una tozuda tendencia a dispararse por encima de 6,75%, según el BI, escapaba a su esfera inmediata de preocupación.

Quien quiera leer una defensa articulada de por qué un banco central debe prestar oídos sordos a los cantos de sirena pidiendo su intervención, en crisis como la presente, necesita procurarse copia de las palabras de Mervyn King -el competente titular del BI-del miércoles pasado. Su lógica es impecable. King es crítico abierto de las iniciativas ensayadas por el BCE y la Fed. A su juicio, proveen «un seguro poscrisis» que distorsiona la correcta ponderación de los riesgos de crédito. «Estimulan la toma de riesgos excesivos y plantan las semillas de la próxima crisis», señala feroz en otro tramo de su alocución. «Correr en rescate de los bancos atribulados sería fomentar que repitan su comportamiento en el convencimiento de que resultó gratis».

Esto fue escrito en letras de molde el miércoles. Sin embargo, no fue impedimento para que el jueves, a última hora, el BI -en un operación conjunta con el Tesoro y el regulador bancario, la FSA-dispusiera concurrir en auxilio de Northern Rock, el quinto banco hipotecario de la isla, arrinconado por una política muy agresiva de concesión de préstamos fondeados en los volátiles mercados de capitales de corto plazo. Una apreciación de los avatares del crédito que, como se sabe, resultó gravemente errada.

Desde 1973 que el BI no asumía el rol de conectar un respirador artificial. Se recuerda que se lo negó a Barings en 1995. No hay información oficial sobre el tamaño de los tanques de oxígeno que vayan a usarse. Las estimaciones fluctúan entre los 20.000 y los 30.000 millones de libras (el doble, en dólares), lo que no resulta exagerado para estabilizar una institución que administra 113.000 millones de libras en activos. Y que permanece solvente, según la FSA.

El tigre rugiente, al decir de Willem Buiter, otrora gobernador del BI, se convirtió en un «tigre de papel». Y lo peor es que su faena de camillero recién empieza: la situación disparó una corrida entre los depositantes de la institución afectada (habría perdido 1/1.500 millones de libras, sólo el viernes) y la amenaza de un contagio pende sobre el resto del sistema. Así como la pequeña Victoria Mortgages inauguró el tendal, es vox populi que Paragon Group -cuya acción se desmoronó el viernes más que la de Northern Rock-podría constituir la víctima en la próxima secuencia.

  • Libra desplomada

    Mientras tanto, la libra de desplomó de 2,03 dólares a 2; las tasas de interés suben, se escribe el epitafio del boom inmobiliario británico (por segunda vez en tres años) y las estimaciones de crecimiento de la economía para 2008 se afinan en medio punto a no más de 2%.

    La crisis será novel pero ya da lecciones. Como en un juego de ajedrez, cuando se decide un movimiento (o su omisión), la razón no puede limitarse a examinar la distribución actual de las piezas en el tablero. Debe, forzosamente, anticipar dos o tres jugadas, so pena de que quien hoy conduce las blancas deba volver sobre sus pasos y no sólo ceder la iniciativa sino consagrarse a la tarea defensiva de cuidar, más y más, flancos vulnerables.

    Si a la fábula londinense se le suma la endeblez de la economía real de los EE.UU. (desde el episodio de destrucción de empleos del informe de agosto -real o no-hasta la fatiga del consumo y la persistente penuria inmobiliaria) cabe esperar que la Fed -en previsión de lo que podría deparar el futuro-se incline por una fórmula que inaugure el recorte de las tasas de interés. Por primera vez desde 2003, un desguace de un cuarto de punto. No sólo fed funds, sino también la tasa de descuento (hay 7.386 millones de dólares tomados, al miércoles, en esa ventanilla).

    Quizá la nota distintiva la provea un voto en discordia, una manera elegante de no cerrarle las puertas a otro curso de acción más adelante (aun así, el mercado descontará nuevas disminuciones en octubre y diciembre).

    Habrá que examinar el comunicado (y, sobre todo, las tardías minutas) para entender el juego de posiciones. Aunque este jueves, cuando Ben Bernanke visite la Cámara baja para dar testimonio ante el Comité de Servicios Financieros, permitirá conocer una versión actualizada del pensamiento que campea en la Fed.

    Dice bien Mervyn King cuando acota que la baja de tasas premia la toma excesiva de riesgos. Pero, a la par, no hay mejor antídoto conocido del pánico. Es tarde para lamentarse de los malos préstamos, esos riesgos ya han sido creados y profusamente diseminados. Lo que sí se puede hacer es optar entre alentar la predisposición a enfrentarlos o dejar que el pavor se enseñoree (y nos dé su lección). Es decir, se puede elegir entre combatir la crisis concreta de hoy o la eventual de pasado mañana. En un mundo con tasas de interés positivas (y aversión al riesgo), nadie en su sano juicio cambiaría pájaro en mano por la promesa de un pichón volando.
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