Es sólo una línea imaginaria. Sin embargo, traspasarla supone cruzar una frontera sensible. Toda caída del mercado de acciones de Nueva York que supera 20% --mensurada desde la cumbre- se convierte de mera corrección a mercado bajista («bear»). En la mitología de Wall Street, es el imperio del oso, cuyos zarpazos son de temer. EE.UU. soportó seis recesiones en los últimos cuarenta años; cinco de ellas fueron precedidas por un mercado bajista. La excepción fue la de 1980 cuando bastó que la Bolsa declinara 17%.
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Las convulsiones de jueves y viernes arrojaron a Wall Street a esa tierra de nadie, a un tris de pisar la guarida de los osos. Bastaría soplar, dado el plano inclinado, para que la Bolsa acabe allí. Y, a decir verdad, soplan tempestades. Desde varios frentes: el petróleo, las materias primas que se montan a su cola, la hemorragia de pérdidas de los bancos, la pertinaz erosión de la confianza. Fueron los bancos centrales los que sembraron los vientos con su mensaje renovado de dureza monetaria. Así, el Banco Central Europeo elevará sus tasas de interés este jueves. Sólo un «lunes negro» torcería su determinación. Si la idea era disciplinar la efervescencia de las materias primas -como lo anticipó el G8 tras la reunión de Osaka- está claro que el petróleo se retobó y dará batalla. Bajo esa óptica, convendrá anotar a las acciones como víctimas involuntarias de las primeras escaramuzas.
Cuando a fines de 2007 la recesión parecía un hecho consumado, la Bolsa se negó a refrendarla. El tiempo le concedió la razón ( provisoria, como las estadísticas que sirven para dirimir el debate). La economía estadounidense no se contrajo en el cuarto trimestre del año pasado. Desairando pronósticos, tampoco a comienzos de 2008. Creció 1% anual de enero a marzo. Nadie debería sorprenderse si duplica esa cifra cuando se compute su marcha de abril a junio. En ese derrotero, la devolución de impuestos, que la población comenzó a percibir en mayo, contribuyó con su cuota de magia. La confianza del consumidor roza los suelos -como nunca en 27 años- pero su gasto no se repliega. El consumo real treparía 2,5% en el segundo trimestre tras crecer 1,1% en el período previo (acumula una variación de 3,1% en los últimos tres meses computados). Como responde por 70% del producto bruto, será difícil que la expansión descarrile.
Si se profundiza el análisis, se advierte que tampoco la inflación obstruye una navegación decente. El deflactor del consumo, la vara que utiliza la Fed para monitorear precios, aumentó 3,1% en los últimos doce meses (menos que la inflación minorista: 4,2%). La medida favoritade la autoridad monetariala versión del deflactor que excluye a la energía y los alimentos-acusa un avance de 2,1%. Si se toman sólo los precios de mercado (y se quitan los valores imputados) el guarismo es aún inferior: 1,9%. En los EE.UU., el encarecimiento persistente de la energía y de los alimentos no penetró aún la coraza de los demás bienes y servicios. Todavía se trata de un cambio de precios relativos y no de un rebrote generalizado.
La verdadera paradoja es que la recolección de toda esta información -que confirma la tesitura relativamente benigna que en su momento adoptó la Bolsa- coincide con la drástica mudanza de pareceres que se respira en Wall Street. Se comprende: no lo desvela el presente. Lo que perturba es un horizonte que asoma preñado de peligros. En esencia, la economía resistió los embates de la crisis apoyada sobre las espaldas de un paquete fiscal de estímulo aprobado en tiempo récord y de una baja muy agresiva de tasas de interés (resuelta de la misma manera).
Cuando no bastó, la Fed a cargo de Ben Bernanke, estuvo lista para atajar la debacle de Bear Stearns. Si la Bolsa cruje es porque desconfía que la suerte se repita. Así, el programa de incentivos fiscales está diseñado para agotar su influjo en el tercer trimestre. La Fed y todo el arco de bancos centrales ya avisaron que la baja de tasas de interés concluyó. Y aconsejan, más bien, prepararse para retomar pronto un sendero escarpado. ¿Podrá la economía prescindir de las muletas de la política monetaria y fiscal y continuar su marcha? El temblor de la Bolsa responde que no. ¿Será posible, entonces, extender el alquiler de las muletas? Esto es lo que se querría negociar. No hay dudas: la Fed es más paciente y flexible que el BCE. Pero ambos bancos centrales enfrentan márgenes acotados. En la medida que el petróleo los desafíe, deberán tomar partido por la confrontación. En ese caso, la recesión luce, esta vez sí, inexorable. Con una oferta marginal de crudo regida por el cartel de la OPEP la batalla no será fácil. Poco puede hacer la política monetaria para torcer el rumbo del precio de un producto en particular. Mucho menos si existe un cartel que, a la par -como lo sugirió Libia- es capaz de corregir los fundamentos a su favor restringiendo la producción. O mejor aún: si le alcanza con hablar sin necesidad de sacrificar el volumen de sus ventas. La política a secas estaría mejor indicada para acometer la faena de ablandamiento. Pero, si bien EE.UU. y el G7 lo intentaron, los resultados no son alentadores.
Tarde o temprano, mantener la inflación a raya requerirá ajustar la política monetaria para compensar la suba de la energía frenando los desbordes en los demás frentes. La Bolsa quedará atrapada entre ambos fuegos. A juzgar por la proximidad del mercado bajista, los riesgos de que ocurra temprano cotizan muy alto.
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