A 20 años de la "Semana Santa" que frenó juicio a militares
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Aldo Rico,
rodeado de
comandos
amotinados,
luego de
acordar su
rendición
condicionada
con Raúl
Alfonsín. El
primer
levantamiento
carapintada
logró
frenar juicios
contra
militares.
Con el tiempo, el «éxito» de la conspiración carapintada que frenó los juicios se diluyó: las llamadas «leyes del perdón» fueron derogadas por el Congreso y luego declaradas inconstitucionales por la Corte Suprema, mientras que las viejas causas se reactivaron.
Algo más: muchos de aquellos amotinados están detenidos. Por caso, el general Ernesto Alais (complicado por la causa Plan Cóndor), quien durante el alzamiento de Semana Santa fue «leal», pero demoró las tropas del Segundo Cuerpo destinadas a reprimir a los amotinados.
Son mundos muy distintos aquel de la inocultable debilidad de un Alfonsín sin capacidad de fuego que se vio forzado a negociar -las FF.AA. se negaban a sofocar la sublevacióny la aparente fortaleza de Kirchner que reclama apurar los juicios.
Como un truco novelesco, el aniversario coincide con el regreso a escena de Ernesto Barreiro, el mayor acusado por su accionar en «La Perla», que el miércoles 15 de abril del 87 se resistió a la Justicia y se acuarteló en el Regimiento de Infantería Aerotransportada 14 de Córdoba.
La resistencia de Barreiro a la citación de la Cámara Federal -el ex militar será extraditado luego de ser detenido días atrás en EE.UU. cuando fue a renovar su visa-fue el detonante de un movimiento que se pergeñaba, sin misterios, en sectores de las Fuerzas Armadas.
De hecho, a fines de marzo, un capitán viajó en secreto a Misiones a verse con Rico. «Cuando alguno rechace la citación nos sublevamos y queremos que usted esté al frente». Gustavo Breide Obeid, luego cabecilla carapintada, regresó del norte con el «sí» de Rico.
Efecto dominó
Todo se precipitó con la negativa de Barreiro quien, desde Córdoba, al mando de Luis Polo, generó un efecto dominó. Luego, por proximidad, el epicentro de la asonada se mudó a Campo de Mayo y quedó a cargo de Rico, Enrique Venturino y Gustavo Zenón Martínez Zuviría.
La reacción callejera fue inmediata. Desde el jueves, apenas trascendió el levantamiento, hubo concentraciones en todo el país, una histórica y espontánea movilización a Plaza de Mayo y varios grupos se apostaron en los alrededores de Campo de Mayo.
«En el peor escenario se daba la movilización con que el radicalismo soñó toda la vida», contó un dirigente de la UCR que por aquellos días recorrió canales de TV y estudios de radio para gritar la alerta. Motivo: el motín estalló el jueves, y el Viernes Santo no hubo diarios.
Esa mañana, un Alfonsín que acostumbraba devorarse los matutinos al amanecer, sintió que el país se incendiaba y, como el levantamiento militar no aparecía impreso en tinta, nadie se estaba enterando. No era así.
En el viernes y la rendición del domingo hubo numerosos intermediarios: con uno de ellos, el obispo castrense Miguel Medina, Alfonsín había tenido un entredicho días antes cuando el religioso eslabonó un puñado de críticas desde el púlpito y el presidente le respondió.
Pero el enlace más sólido fue el ministro de Defensa, Horacio Jaunarena, el cuarto dirigente nombrado en ese cargo hipersensible. Antes, Raúl Borrás -a quien los militares consideraban el que mejor los entendía en el gobierno-, que falleció siendo ministro; luego, Roque Carranza, que apareció muerto en la pileta de la residencia de Campo de Mayo.
Al interludio de Germán López le siguió, en julio del 86, Jaunarena, quien había sido secretario de todos sus antecesores. Fue quien destrabó la crisis de Semana Santa y quien lidió con los otros dos alzamientos carapintadas.
El domingo de Pascuas, Jaunarena le recomendó a Alfonsín que no fuera a Campo de Mayo a negociar con los rebeldes. «Lo van a matar: están enloquecidos», le trasmitió el ministro la información que le elevaban los generales, encabezados por el jefe del Ejército, Héctor Ríos Ereñú.
Decidido a negociar, Alfonsín los desoyó y sólo aceptó una sugerencia: no ir a la Escuela de Infantería, donde estaban los acuartelados, sino citarlos al Comando de Institutos. El jefe de la Fuerza Aérea, Ernesto Crespo, piloteó el helicóptero que voló a Campo de Mayo.
En la oficina, Alfonsín estuvo con el edecán Hang y el jefe de la Casa Militar, el vicecomodoro Héctor Panzardi. Rico ingresó escoltado por Venturino. Al abandonar la reunión, el jefe carapintada pronunció la frase socarrona de que Alfonsín tenía «puesto el casete de presidente».
Luego volvió a la Casa Rosada y, desde el balcón, pronunció el discurso donde anotó para el brevario político la frase: «La casa está en orden. Felices Pascuas». Agregó, además, un renglón de efecto impredecible: «Muchos son héroes de Malvinas», carraspeó.
La multitud quería aplastar a los «golpistas» que Alfonsín --que en los días previos hasta evaluó marchar al frente de una columna popular hacia Campo de Mayo-trataba de «héroes». Junto con la inflación que empezaba a desmadrarse, ese traspié aportó al derrumbe alfonsinista.
Fue un golpe del que el radical no pudo reponerse jamás: cinco meses más tarde, el 6 de setiembre, el oficialismo perdió en todas las provincias menos en Córdoba. El peronismo florecía con «la renovación». Dos años después, atormentado, Alfonsín dejaría el gobierno anticipadamente.
En el Sur, un ignoto Néstor Kirchner, amparado por el gremio SUPE y que venía del bloque que respondía a «Isabel» Perón, ganó la elecciones de intendente en Río Gallegos.




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