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8 de abril 2004 - 00:00

Aceptó porque lo convenció Kirchner

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¿Cuál fue el factor que torció la voluntad de Arslanian? Una conversación decisiva con Néstor Kirchner, en la cual el penalista no pudo resistirse. Las razones que lo aconsejaban a mantenerse al margen de la gestión de Solá siguen vigentes, por más que una enigmática fuerza le haya doblado el brazo: Arslanian llega a un cargo desde el cual se generó infinidad de adversarios, entre ellos los que lo voltearon por su fracaso en el combate contra el delito. Entre esos objetores está, en primera fila, Carlos Ruckauf, quien en plena campaña para la gobernación consiguió, en 1999, que Duhalde le entregara la cabeza de su ministro. Juan Carlos Blumberg adhirió a ese juicio sobre la gestión del nuevamente ministro al decir que había sido «un desastre».



El ascenso de Arslanian les aconsejó postergar el encuentro con el gobernador, temerosos de que la discusión pueda agigantar la crisis. Muchos de esos intendentes creen que entre los sueños secretos de Kirchner está la intervención de la provincia de Buenos Aires por falta de seguridad y -podría agregarse después de la conferencia de prensa de ayer de Gustavo Béliz con los padres de José Luis Cabezas-por falta de Justicia. Con independencia de las fantasías más o menos persecutorias de esos caudillos locales, el regreso de Arslanian aumentará el riesgo de que se los ponga en la picota como los protagonistas de la contaminación político-policial que se atribuye al reino del conurbano.

Es cada día más evidente que entre Duhalde y los señores feudales del conurbano existe cada día una mayor divergencia sobre cómo enfrentar la embestida antibonaerense de Kirchner. Basta escuchar lo que uno de esos alcaldes declaró ayer ante este diario: «'Negro' cree que hay que seguir la estrategia de Carlos Juárez. Jugar a la dama y demorar la invasión con declaraciones de adhesión a la Casa Rosada. Los resultados de esa estrategia hay que buscarlos en Santiago, donde los Juárez ya están en cana». Como si quisiera confirmar esta perspectiva, Duhalde saludó ayer desde Francia el retorno de su ministro. Debe haber sido sincero. Primero, porque nunca quedó convencido de estar haciendo lo correcto cuando cedió a la presión mediática de Ruckauf. Segundo, porque está unido a Arslanian por lazos inquebrantables, complicidades de las horas de crisis. Según comentan los íntimos de Duhalde, el ex presidente le debe a Arslanian el haberlo sacado del Vietnam en que se estaba convirtiendo el «caso Cabezas» en 1998. El ex camarista federal habría sido, en esta versión, el inspirador de la figura de «autor ideológico» para cargarle a Alfredo Yabrán el asesinato del fotógrafo cuando no se le podía probar su participación material. También Arslanian fue, insisten estos ex colaboradores de Duhalde, quien redactó los oficios que firmaron después los jueces de Dolores que dispusieron el procesamiento y pedido de captura del empresario postal.

En ese prudente «camino del medio» que busca transitar, lleno de temores, el hombre de Lomas de Zamora, quien otra vez llegó al Ministerio de Seguridad sería una figura providencial por su ambigüedad. Muerto de risa, aquel caudillejo del conurbano que hablaba de Juárez definió ayer así a «el Armenio»: «Es el garantista del duhaldismo, ¿usted puede concebir esos dos términos juntos?».

Mientras se despeja la incógnita de la titularidad del área más crítica de la provincia de Buenos Aires, Kirchner transita su propio calvario. Ayer permaneció despierto hasta las 4 de la mañana en Olivos, tratando de definir el enigmático plan de seguridad que viene prometiendo a la opinión pública desde que Alberto Fernández fue obligado, el jueves pasado, a enfrentar la manifestación de Blumberg desde los micrófonos oficiales. El otro Fernández, Aníbal, le prestó a esa tarea un catastrófico servicio: durante la asamblea de intendentes que se celebró el martes por la tarde dijo, suelto de cuerpo, que «no hay ningún plan de seguridad ni nada que se le parezca». Claro, el ministro del Interior mira con codicia el jardín de al lado, que controla Béliz, desde hace tiempo. Pero el joven apostólico está aferrado a su sillón con uñas y dientes: ni siquiera fue capaz de renunciar después de convertirse en el ministro de Justicia bajo cuyo mandato el gobierno postuló para la Corte a dos candidatas manifiestamente abortistas. El cargo mueve montañas.

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