Ni el principio de no intervención en asuntos internos de otros países se respeta hoy en la Argentina. El presidente Néstor Kirchner, molesto porque el primer mandatario uruguayo, Jorge Batlle, no accedió a reabrir una investigación ya agotada en su país sobre la desaparición de una nuera del poeta Juan Gelman, le auguró en plena cara el futuro triunfo del candidato Tabaré Vázquez, aunque Batlle redujo ayer el hecho, que pudo atribuirse a otros funcionarios que lo comentaron. Dicho sea de paso, flaco favor le hizo a este médico oncólogo, ex intendente de Montevideo, que ya una vez repudió el deseo de su triunfo que formuló Fidel Castro. Conoce Vázquez -un hombre de izquierda, pero sumamente moderado y democrático- la sensibilidad de la sociedad uruguaya frente a los intentos de imposiciones foráneas. Y peor aún, si vienen desde el tradicional hermano, pero rival rioplatense, como es la Argentina.
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En la cumbre de Bolivia, Kirchner no habló con José María Aznar, el presidente del gobierno español y verdadero aval de Latinoamérica ante Europa. Además, increpó duramente a Enrique Iglesias, el titular del BID y también uruguayo, que brindó la primera renovación sin exigencias de un crédito a la Argentina en un momento crucial el año pasado y que, por ello, fue condecorado y agasajado por el ex presidente Eduardo Duhalde.
En la misma cumbre hispanoamericana, el actual presidente argentino recibió, aconsejó y prometió ayudar al dirigente indígena Evo Morales, que quiere crear nuevas formas democráticas en su país (pretende implantar una «democracia comunal», y nadie cree que este dirigente, que perdió la última elección en ballottage, se esté refiriendo a los cantones suizos, que son casi una perfección de democracia directa). Claro, cabe pensar qué dirá sobre la intromisión de un país vecino en el suyo el actual mandatario de Bolivia, Carlos Mesa, que el 17 de octubre pasado asumió tras los disturbios que dejaron 80 muertos y provocaron el alejamiento del presidente Gonzalo Sánchez de Lozada.
Es peligroso incursionar políticamente en Bolivia desde afuera y sin mucha meditación previa, porque es bastante lógico que Evo Morales piense que, si desde su lado se aportaron 80 muertos para desplazar a Sánchez de Lozada, no le habría correspondido asumir a quien era su vicepresidente. Pero no es una acción democrática proponer, aunque así sean las circunstancias, tomas de poder mediante golpes anticonstitucionales civiles, que es la nueva variante anticonstitucional latinoamericana. Ocurrió el 20 de diciembre contra Fernando de la Rúa. Se intentó contra Hugo Chávez en Venezuela y ahora suena en Bolivia.
El mandatario argentino, como bien dice Ricardo López Murphy, no debió jugarse así. Recibir a Morales estaría bien, desde ya, porque es una figura política. Lo recibieron y escucharon también el secretario general de la ONU, Kofi Annan, y Lula Da Silva. Pero el entusiasmo adolescente de Kirchner avanzó más. No es correcto; debió medirse. Tampoco lo es que haya despreciado al mismo Kofi Annan por haber designado al argentino José Luis Machinea en la CEPAL, cuando Kirchner quería proponer a Carlos Chacho Alvarez. Acusó a Iglesias, del BID, de haberle inculcado a Annan el nombramiento de Machinea, un economista (Chacho Alvarez no lo es) que nunca asumió grandes riesgos ni tuvo importantes aciertos cuando le tocó actuar en el país (en las presidencias de Raúl Alfonsín, desde el Banco Central, y luego, primer ministro de Economía de Fernando de la Rúa). No llegó a la ceremonia inaugural de la cumbre, lo hizo tarde al desayuno que había convocado Lagos, de Chile, y se negó a salir en la foto de todos los altos dignatarios concurrentes. Muy poco serio como imagen de país y mandatario. • Sueño
Tajante como es, Néstor Kirchner quiere a pocas figuras relevantes en el mundo: a los actuales reyes de España y al mandatario chileno Ricardo Lagos. No quiere, pero sobrelleva pasablemente en la «categoría Duhalde» (significa «todavía no estoy en condiciones de tirarme contra ellos») a Lula Da Silva y a George Bush (aunque, lejos, su preferido es Bill Clinton y, para su mujer, lo es Hillary Clinton. «Soñábamos ser un matrimonio presidencial como ellos», confesó Cristina Fernández de Kirchner, obviamente sin habanos mediante). A Fidel Castro y a Hugo Chávez los respeta por el «frente interno» zurdo que no quiere irritar, pero no le atraen, felizmente para el país. De Europa sólo tiene alguna simpatía y respeto por el canciller alemán, Gerhard Schröder.
En la Argentina quiere a los que le son fieles o, por lo menos, acatan su liderazgo. Y a sus asesores de izquierda. A los que no se ubican en ninguna de esas condiciones los incluye en la «categoría Duhalde», o sea, por ahora... no. Estos van desde Roberto Lavagna hasta los caudillos del conurbano bonaerense. Respeta a algunos periodistas (los que, según le informó Sergio Acevedo, desde la SIDE, no cobraban sobres) y a políticos opositores (los que no hayan estado con Carlos Menem).
Tiene un rechazo automático por todo político de edad similar que pueda empinar su figura hacia la elección presidencial de 2007, en lo que incluye a Mauricio Macri, Ricardo López Murphy, Carlos Reutemann, Juan Carlos Romero y al mismo Felipe Solá (éste, también hoy en la «categoría Duhalde»). Y, desde ya, también desconfía de Eduardo Duhalde.
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