Michelle Bachelet brindó anoche con Néstor Kirchner en el Palacio San Martín (arriba). En la mesa principal de la cena que ofreció el gobierno a la presidenta de Chile: José Pampuro, Daniel Scioli, Bachelet, Kirchner, Cristina Fernández, Raúl Alfonsín, la ministra de Energía de Chile, Karen Poniachik. De espaldas, el canciller de Chile, Alejandro Foxley; el canciller argentino, Jorge Taiana; Alberto Fernández, y el presidente de la Cámara de Diputados, Alberto Balestrini (abajo).
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Los patagónicos, siempre rememorando viejos tiempos, se asemejan a la época alfonsinista en cuanto a las pocas mujeres que invitan a ser ministros y también a ágapes. Igual Bachelet limita su vestir a lo correcto, sin ostentación de modas. Si no fuera por la titular de Economía, Felisa Miceli, y la que se supone «vice», Estela Palomeque, Cristina Kirchner desde ya, la ministra de Defensa, Nilda Garré, y mujeres de la comitiva chilena, más las señoras Estela de Carlotto y Hebe de Bonafini, en los sectores circundantes a la mesa oficial podría uno imaginarse esa cena como una despedida de soltero entre hombres recatados, todos vestidos de oscuro y, en promedio, camino a la veteranía.
En cuanto al menú en una fiesta oficial ayer se cumplió a rajatabla la orden presidencial de no comprar carne desde el Estado, algo que hace recordar a aquel presidente norteamericano Ronald Reagan que una vez se enojó y ordenó a la Casa Blanca no comprar más los ejemplares del «The New York Times». Enojado el gobierno con los ganaderos, obviamente el plato principal de la cena, ¿a quién sorprendería?, fue cordero patagónico al Malbec tras una exótica entrada de humita en chala que muchos no sabían desenvolver, postre acorde con la austeridad consistente en un milhojas de dulce de leche con crema y, eso sí, exquisito vino Angélica Zapata.
Los discursos, acordes también con el momento. Muy cortos y sólo protocolares. El de Kirchner recordó dictaduras del pasado, obvio. El de Bachelet, libertadores.
Como concurrentes, unos 230. El matrimonio presidencial argentino y la numerosa comitiva chilena en primer lugar. Luego, todos los ministros sentados junto a los prominentes de la Casa Rosada; 7 u 8 gobernadores, escasos uniformados de las Fuerzas Armadas. El jefe de la Ciudad, Jorge Telerman, en observación y a quien aun no le dan el sitio protocolar que tenía Aníbal Ibarra, en primer lugar sino en mesa cercana sin ministros.
En otras filas siguientes los pingüinos adoptados como Enrique Pescarmona pero en el primer cordón, casi tocando el centro, el ex duhaldista Díaz Bancalari. Y luego las muestras del espectro social nacional que deben darle heterogeneidad, con topes desde ya, a una mandataria extranjera agasajada por el pueblo argentino expresado en su Presidente. Allí estaban empresarios de máximo nivel como Fulvio Pagani y otros como Gerardo Werthein, Eduardo Elsztain, Héctor Méndez de la UIA, Adelmo Gabbi de la Bolsa. Mínima presencia sindical -como Juan José Zanola, de los más presentables-, nula concurrencia eclesiástica, también nula del mundo del espectáculo y del arte, mínima del periodismo y de los políticos encabezados éstos por la figura de Raúl Alfonsín, al único que mencionó y por su primer nombre la mandataria chilena (¿recuerdo por aquel plebiscitado acuerdo sobre el Beagle?). Entre la oposición, que no suele gustarle al gobierno, el tope a la escalada fue el diputado santafesino Hermes Binner. Legisladores pocos. Eso sí: el también santafesino Agustín Rossi.
La sorpresa de la noche, para quienes no la conocían, fue la sencillez y calidez de Michelle Bachelet. Su gesto, al salir del auto oficial, cruzar la calle y saludar al reducido pero entusiasta público reunido en la Plaza San Martín, fue algo emotivo que además muestra el profesionalismo político de la mandataria para crear imagen hacia su país. Los guardias chilenos -clásico también de falta de ensamble de custodios y mandatario que lleva apenas días en el poder- se desesperaron en exceso. Pero el gesto impactó bien.
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