Hugo Chávez seguía ayer de festejo corrido tras el triunfo electoral del domingo para un
nuevo mandato como presidente de Venezuela. Ahora inicia una gira continental por Brasil,
Bolivia y la Argentina, donde pondrá nuevo embajador.
Caracas - A última hora del lunes, Hugo Chávez reunió en el Palacio de Miraflores a su elenco más reservado. A su lado estuvo, como siempre, su sombra: Adán Chávez, hermano mayor, ex militar y artífice del acercamiento del bolivariano a la guerrilla marxista de Douglas Bravo en los años 70.
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Citó a otro protagonista del comando chavista: el ministro de Planificación, Jorge Giordani, quien lo visitó en cada día de prisión de Chávez luego del golpe de 1992, primero en Yare, en los valles del Tuy, y luego en el Cuartel San Carlos, en Caracas. Giordani fue uno de los «formadores» de Chávez.
Hasta entonces, el mandatario sólo tenía en agenda viajar a Brasilia y a Bolivia. Buenos Aires era un destino sensible: estaba pendiente el «affaire» de Roger Capella, su embajador, implicado con maniobras de la izquierda opositora a Kirchner y, en teoría, con la irrupción de Luis D'Elía en la Embajada de Irán.
Hasta el domingo, enfocado sólo en el 3-D en el que puso en juego su reelección, Chávez abordó silenciosamente el tema Capella: convocó a su diplomático para «retirarlo de Buenos Aires», se explicó en Miraflores, ya con la decisión tomada de que no lo haría regresar a la Argentina.
Con ese inquietante capítulo abierto, no era oportuno que Chávez vuelva a pisar Buenos Aires. El lunes terminó de clausurarlo y ayer, desde Miraflores, despejó el camino: confirmó que Capella «no regresa» a su puesto diplomático y admitió que hubo «malestar» de Kirchner por los movimientos de su embajador.
«Yo te puse a una embajadora amiga tuya», cuentan que gruñó el patagónico en la charla donde le expresó a Chávez su incomodidad por la « diplomática activa» de Capella, más atento a las opiniones de Patricio Echegaray, jefe del PC argentino, que a las de la Casa Rosada. Ese es su ADN.
Hablaba Kirchner, claro, de Alicia Castro, instalada al frente de la embajada argentina en Caracas y chavista declarada. Es cierto: Capella, a pesar de que defendía a Kirchner, frecuentaba otros búnkers donde eran más que críticos de la gestión del patagónico. No sólo eso: también financiaba a los díscolos.
Incómodo por esas incursiones, Kirchner protestó frente a Chávez, que decidió convocar a Capella a Caracas con la excusa de las elecciones. Por esos días, el vicepresidente José Vicente Rangel ratificó a Capella, pero ayer, el propio presidente, le bajó el pulgar.
Equivocación
«Roger es mi amigo, pero se equivocó y le dio armas a la oposición interna y a la prensa de extrema derecha», dijo Chávez al justificar la decapitación de Capella, antes de viajar a Buenos Aires a reunirsecon Kirchner, tras un paso por Brasilia y como escala previa a su estadía en Cochabamba, Bolivia.
¿Además de tomar un vaso de vino con el patagónico, consultará Chávez con Kirchner sobre a quién designará en reemplazo de Capella en Buenos Aires? No será necesario: el venezolano ya designó al sucesor y se lo informó privadamente a Kirchner, asegurándole que será más moderado y que suspenderá la « diplomacia activa».
Por lo pronto, hasta ayer, en Miraflores, no había indicios sobre quién sería el futuro embajador. Para los chavistas, Buenos Aires es una embajada atractiva y no faltaba quien atribuía la caída de Capella a un operativo interno desde el propio chavismo.
En otras mesas, más crudos, atribuían el derrape del ahora ex embajador a su propia impericia o, incluso, a una ineficacia global de la diplomacia venezolana desde que Alí Rodríguez, enfermo, tuvo que dejar la Cancillería. Cierto o no, el fenómeno se repite: en los últimos doce meses en México, Perú, Chile y la Argentina, hubo ruido con los embajadores venezolanos.
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