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26 de septiembre 2007 - 00:00

Alberto F. abre su filial en Bs. As. (¿contra Scioli?)

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Todavía poco perceptible, casi disimulado, en la constelación K se produjo un acople de planetas. Estrenada en las horas ásperas del cierre de listas, la flamante sociedad entre Alberto Fernández y Florencio Randazzo perturbó el siempre hostil e incierto universo oficial.

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Con poder hiperconcentrado, actor clave en el esquema de Néstor Kirchner que acaso expanda su influencia en una eventual gestión de Cristina Fernández, el jefe de Gabinete hizo un meneo atento al despliegue territorial al asociar al ministro de Gobierno de Felipe Solá.

Randazzo figura entre los contados caciques bonaerenses a los que Kirchner consulta habitualmente, práctica que el Presidente no ejercita ni con el gobernador ni con varios ministros.

Esa particularidad convirtió al hombre de Chivilcoy en un cófrade de Fernández. Por ahora. En el futuro se verá.

En la bruma de las afinidades y discordias del multifacético kirchnerismo de Buenos Aires, el eje Fernández-Randazzo es percibido como un realineamiento espejo de otra alianza: la de Daniel Scioli y Alberto Balestrini, que se prepara para controlar la provincia.

Puede que tengan razón los que sostienen que Fernández y Randazzo comparten la necesidad de que a Scioli no le vaya estruendosamente bien en octubre: al bonaerense porque congeló, pero no archivó, su pretensión de gobernador y, por tanto, prefiere un Scioli débil que uno superpoderoso.

Lo de Fernández es menos lineal: necesita de los votos del vice para que Cristina llegue a Olivos sin ballottage pero, en paralelo, advierte que un Scioli exitoso y votado a raudales puede, en el futuro mediato, convertirse en la expresión del cambio dentro del cambio que recién comienza.

Balestrini no oculta sus pataleos por la expansión del jefe de Gabinete. Ya no es aquel dúctil abogado que en los 80 fue apoderado del peronismo disidente de Alberto Pierri que en La Matanza desafiaba al riguroso Federico Russo.

Quince años después, Balestrini se atreve hastaa desafiar a los gritos a la primera dama. Anexo: luego de la discusión telefónica que relató este diario, la relación entre ambos transita por senderos pedregosos.

Analgésico, Scioli mantiene su costumbre de vocear un optimismo casi naif. No moverá un dedo contra Alberto Fernández -el único que le mantuvo el teléfono abierto en los días bravos de la ignominia- y todavía no percibe a Randazzo como un «peligro» potencial.

Más brutales, quienes lo orbitan tienen una frase para el ministro de Gobierno. «No todo es rosca.» Después, silencio.

Durante las 72 horas finales y definitivas del diseño de boletas, como un custodio, un amanuense, un «Google» de piel y hueso que con un clic disparaba un informe sobre quién era cada jugador, a quién respondía y de dónde venía, Randazzo se pegó a Alberto Fernández en la Casa Rosada.

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    Se atribuye a Randazzo la estrategia de desmenuzar las boletas de legisladores provinciales y reconvertirlas en listas casi vacías de jefes y figuras poderosas. Alguien que participó de la costura última usó una imagen feroz: «Quieren cámaras bobas» para, en teoría, manejarlas a su antojo. Un detalle: Balestrini pujó para «vetar» a los históricos (a Graciela Giannettasio, Juan Amondarain, Haroldo Lebed y Manuel Lozano, entre otros) y así despejar el Senado de protagonistas que puedan hacerle sombra. El matancero mira más allá de esa cámara: quiere ser el jefe legislativo.

    No es el único con aspiraciones parlamentarias. A Randazzo le atribuyen pretensiones de dominio en el Congreso Nacional. ¿Jefe de bloque en lugar de Agustín Rossi, quien empezó a trabajar ya por su reelección? ¿Presidente de la Cámara, cargo que deja libre Balestrini?

    Acaso haya mala espina en los difusores de esa versión. En teoría, la jefatura de la Cámara está reservada para Solá. Como lo estuvo en el 91 cuando, como en este octubre, el gobernador encabezó la lista de diputados de un PJ que entonces veneraba a Carlos Menem y a Eduardo Duhalde.

    Con un envión de Alberto F. quizá Randazzo aterrice en la butaca que ocupa Balestrini y retendrá la tropa territorial, razón central por que lo asoció Fernández, que lo entrevé como «su»

    Víctor Santa María bonaerense, sindicalista soft que le aporta estructura en la Capital. No es el primer ensayo del porteño en la zona minada que es el conurbano. Alguna vez le confió, sin éxito perceptible, el armado a Santa María. Luego probó un dueto con Aníbal Fernández. No le fue mejor. Ahora, además de Randazzo, se anima con una liga que congrega Juan Carlos Lorges.

    En tanto, el quilmeño hizo pactos de entrecasa con otros actores -negoció con Balestrini el segundo escalón de la lista de la Tercera para Federico Scarabino-, pero no puede romper con su homónimo porteño. De algún modo, o de muchos, de eso depende su continuidad en el gabinete.

    En la Casa Rosada arriesgan que sería demasiada continuidad para un simulacro de cambio que los dos Fernández, emblemáticos ambos, sigan como ministros. Eso clausuraría para Aníbal F. el casillero de Trabajo, que vacía Carlos Tomada, y que algunos pronosticaron sería ocupado por el quilmeño.
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