Mario Blejer (anfitrión) y los diputados PJ invitados de ayer a su almuerzo kosher en el Banco Central: María del Carmen Alarcón, José María Díaz Bancalari, Humberto Roggero, Graciela Camaño y Manuel Baladrón.
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Después, con algún regurgitar estomacal por la tarde, se preguntaban qué es lo que habían comido. Pero ya era tarde para la investigación. Así lo entendieron el «negro» José María Díaz Bancalari (además de duhaldista y ex fierrero de la UOM, hoy pío contribuyente de la milagrera Virgen de San Nicolás), el gringo Humberto Roggero (cordobés que vive de la nostalgia montonera, del ala más católica y con staff propio en Diputados con inválidos de aquellos años 70) y Jorge Obeid, un santafesino también con historia montonera y del ala de las juventudes católicas. Finalmente, tanto Obeid como Díaz Bancalari habían rociado el menú con vino tinto, hábito que jamás van a perder aunque sí han sido capaces de reducir las raciones de hectolitros, y como se sabe esa bebida esteriliza cualquier anomalía. Por otra parte, el sabio judío Blejer tomó la precaución de no invitarlos con vino kosher. En cuanto a Roggero, él sólo se dedica a la Coca-Cola, costumbre cultural e imperial que detesta, pero que su cuerpito tolera mejor que el alcohol.
Porque la charla, amena, docente, si bien al principio reveló cierta aspereza, luego se encaminó por un encandilamiento de los diputados con Blejer (seguramente, producto del efecto de esa comida especial, ya que nadie imagina que un retirado del FMI pueda seducir con tanto entusiasmo a esa avanzada peronista de obediente cepa bonaerense). Desde el principio se sorprendieron los diputados, ya que un simpático «-¿Cómo estamos?», fue replicado por el titular del Banco con un rotundo «-Muy mal». Para él, mucho más, ya que a esa hora debía estar con su esposa en Washington y por las debilidades del Ejecutivo en sacar un decreto ahora compartía un almuerzo con diputados que no conocía y que posiblemente le tuvieran desconfianza.
El saldo, sin embargo, fue beneficioso para las partes: los legisladores, no por cortesía, agradecieron la invitación y especialmente los fundamentos que les trasladó Blejer. En rigor, nada del otro mundo, ni secreto ni académico, información que está en los diarios pero que muchos de ellos ni siquiera leen. Díaz Bancalari, en ese sentido, fue quien más agradeció los conceptos aprendidos, lo que tal vez sea un cambio clave -y dudoso-para una personalidad que ha pasado su vida enarbolando el estatismo y otras formas dirigistas que mantiene en formol desde que adhirió al peronismo de los '50.
Obeid reveló al principio cierta dureza cuando Blejer se encomendó a Dios -recordar la comida kosher-si continúa el «goteo» del «corralito». Pero el santafesino aflojó enseguida cuando el «ruso» -inevitable y cariñoso mote que le endosaron los peronistas y que arrastra desde su infancia-lo tapó con números escalofriantes sobre reservas de caja en los bancos, demanda de ahorristas, duración estimada de vida de ciertas instituciones, etc. Aún así, la Camaño quiso saber «en qué se perjudicaba el gobierno si caían los bancos». Además de ofrecer un sombrío panorama de los bancos oficiales, Blejer se empeñó sutilmente en explicar los problemas de una sociedad, de una empresa, de una PyME, de un industrial, de un chacarero o de un ciudadano común, si se vive sin crédito (interno o externo). Además, les explicó que la debacle del sistema financiero no es como un corte de luz: las entidades están cargadas de títulos públicos y, si se hunden, será aún más desastrosa esa calificación para los bonos y el propio país. Fue tan instructivo y ejemplificador que los seis empezaron a descubrir el Eureka de los bancos. Casi una revelación.
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