En la Argentina no. Nos encanta -y el actual gobierno incita a eso- regar los escombros del derrumbe para que se forme un fango que permita removerlos permanentemente.
Así volvemos a tener, como en los años '70, el enfrentamiento de dos minorías totalmente ajenas -antes y ahora- a la mayoría ciudadana preocupada en sus dramas actuales. Son los herederos de la subversión, incluyendo a los que quieren reivindicarse ahora de lo que no hicieron en aquellos años, con el Poder del Estado como antes lo tuvieron los que reprimieron con innegables excesos. Pero ¿alguien gana, supera algo o revive a algún muerto tal actualización? ¿Puede perdurar un «Museo de la Memoria» para homenajear a un hijo de Hebe de Bonafini pero no a la hija de 3 años del capitán Viola baleada y muerta en los brazos del joven militar en Tucumán? ¿Puede recordarse a guerrilleros inmolados pero no al conscripto de apenas 18 años asesinado a sangre fría en la entrada para tomar los subversivos el cuartel de La Tablada, en plena democracia con Raúl Alfonsín en 1989?
Es tan peculiar esta época de odios renacidos entre argentinos que nos atrevemos inclusive a sembrar para cuidar nuestros enfrentamientos futuros, como será cambiar o liquidar tales «museos» erigidos por grupos sin consenso ciudadano. No queremos que hijos y nietos se priven con los años del placer de nuestros odios actuales así como recibimos el extinguido de federales y unitarios, y el ocaso de peronistas y gorilas.
Rodeados de escombros deliberadamente fangosos los argentinos estamos hoy más divididos que nunca porque el gobierno, con su inexperiencia y evidente agresividad, ha activado males piadosamente ubicados como subyacentes. Por lo menos para épocas de cataclismo. Por ejemplo, nos vemos enfrentados en abortistas y no abortistas por improvisar en la propuesta de una jueza. Por lo mismo en creyentes sinceros con miedo de ser combatidos desde el Poder por los «ateos militantes». Tenemos el odio creciente entre automovilistas que circulan y quienes les cortan las rutas. Tenemos -como no se veía desde los años '50, a finales del primer peronismo- prensa oficial muy abundante y prensa libre, muy escasa, alentada y usada desde el mismo Poder la primera. Hay clara diferencia alentada entre uniformados, de todo tipo con arma, y el resto. Están «los que entienden», en la terminología oficial hoy del país, y «los que no». Así se diferencia a los que apoyan incondicionalmente y los que dudan o proponen otras alternativas. Preparamos especialistas en violencia verbal como Gustavo Béliz y Aníbal Fernández.
Estuvimos a un paso de otra fantástica división interna: plebiscito para pagar o no la deuda pública, externa e interna. Tenemos «piqueduros» y «piqueblandos» enfrentados, en la única de las divisiones modernas que el gobierno Kirchner hizo bien en alentar. Tenemos Casa Rosada, que bate récords en el dictado de decretos-leyes con autoritarismo y Congreso desplazado de sus funciones constitucionales. Mostramos gobernadores peronistas y no peronistas, éstos con acceso negado a la Casa de Gobierno. También estos mandatarios peronistas se dividen entre los bien mirados y los otros. Tenemos gobierno por un lado divorciado inéditamente de los partidos políticos y de sus dirigentes.
En una Argentina impulsada a fragmentarse, el ciudadano común permanentemente se mezcla en alguna de las disyuntivas. Se puede ser antiuniformado pero no abortista y creyente aparte de integrar «los que entienden». O viceversa, desde ya.
Hemos resucitado tantos enfrentamientos de los '70 y hasta de los '50 que lo único que faltaría sería revivir, de la época de Arturo Frondizi, en los años '60, la puja educacional entre enseñanza «laica o libre» que apasionó en ese momento o ir más atrás y reverdecer el «libros o alpargatas».
El «ellos» y «nosotros» de la actualidad argentina funciona según la dialéctica «amigo-enemigo» que predicaba el teórico del nazismo Karl Schmitt. Tiene el riesgo de que «ellos», frente a tanta iracundia y consiguiente desilusión, terminen siendo más que «nosotros».
No se le puede ver futuro a un país fragmentado, en crisis, abrumado de deudas y con los ojos permanentemente puestos en el espejo retrovisor. Y de esto hay culpables más visibles que de los causantes del estallido. Lamentable.
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