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• Franquismo
Cuando Francisco Franco se estableció en el poder, en 1939, la obra de Escrivá estaba todavía en su primer desarrollo. Sin embargo, sus miembros, numerarios (célibes consagrados a la vida religiosa) y sobre todo supernumerarios (integrantes que realizan votos según su estado, sean solteros o casados pero que no se consagran por entero a la Obra), fueron reclutados entre los nacionalistas católicos.
Fue a partir de los años '50 y sobre todo hasta la muerte de Franco que el Opus Dei se constituyó en un grupo de presión decisivo en el esquema de poder dominante en España. Se sobrepuso de ese modo a la Falange, con la que compitió en un primer momento por incidir en la dictadura franquista.
Este carácter político, con lazos de fidelidad entre sus miembros similares a los que se atribuyen a instituciones como la Masonería, es el que le dio fama de secta, alimentada por sus detractores dentro y fuera de la comunidad católica. Desde entonces la vinculación entre Opus y poder se hizo casi inevitable y en esa clave se comenzaron a leer algunas instrucciones del fundador.
Por ejemplo, este aforismo 387 de «Camino», citado hasta el cansancio: «El plano de la santidad que nos pide el Señor está determinado por tres puntos: la santa intransigencia, la santa coacción y la santa desvergüenza».
En la estructura de conducción de la iglesia católica el Opus Dei no tuvo mayor gravitación hasta la llegada de Juan Pablo II al Vaticano. El mismo ascenso de este Papa polaco, fervientemente anticomunista y con la inspiración muy clara de acotar fuertemente el reformismo nacido del Concilio Vaticano II, estuvo ligada a Escrivá: antes de ingresar al cónclave en el que fue elegido sumo pontífice, Wojtila se detuvo a rezar largamente sobre la tumba de Escrivá en Roma, donde el futuro santo pasó las últimas décadas de su vida, conduciendo la orden por él creada. Ya en el poder central del catolicismo, Juan Pablo II halagó una y otra vez al Opus con mayores franjas de gravitación. Lo consagró «Prelatura Personal», con lo cual todos sus miembros dispersos por el mundo sólo deben reportar a la Santa Sede, directamente (es decir, los subordinó al centro romano y los sustrajo de la obediencia de los obispos locales) y escogió a su vocero entre uno de sus miembros.
La versión más favorable a estas decisiones las explica en cuestiones de espiritualidad: el nuevo Papa era ferviente devoto de «la obra» y utilizó su orientación espiritual, ortodoxa, conservadora, espiritualista, propia del nacionalismo católico español de mediados del siglo pasado, a favor de la restauración del orden teológico y disciplinario de una iglesia convulsionada por las reformas del último concilio.
• Sustitución
En la lógica del poder vaticano, el Opus vino a sustituir el rol de los jesuitas como orden gravitante al lado del Papa durante los dos últimos siglos.
Es cierto que existe un modo de ver complementario o alternativo para esa especial preponderancia del Opus en el papado de Juan Pablo II. Los detractores del pontífice y de esta congregación explican la alianza en razones económicas: habría sido el Opus, gracias a su fuerte inserción en el sistema financiero español, el que rescató a la iglesia central del escándalo y la bancarrota que se sucedieron por los manejos del cardenal Marcinskus y el Banco Ambrosiano.
De hecho el vocero del Papa y una de las figuras principales de su entorno, Joaquín Navarro Valls es miembro del Opus y de una de esas familias de banqueros que habrían salido en auxilio del papado.
• Polvareda
Seguramente el mayor homenaje que el papa actual realiza a sus amigos del Opus es la canonización de Escrivá. Como todo lo que tiene que ver con esta congregación y con el beato español, también este proceso levantó polvareda: fue criticado por su celeridad y hasta hubo cardenales -Silvio Oddi, por ejemplo- que recomendaron que la beatificación fuera reconsiderada por falta de tiempo para meditar los antecedentes del cura.
En la Argentina la expansión del Opus y su gravitación en algunos estamentos del poder se verificó en los últimos años -por más que hay quienes ven antecedentes en el gobierno de facto de Juan Carlos Onganía-, sobre todo durante el mandato de Carlos Menem. En el gabinete del riojano hubo numerarios del Opus, como Guillermo Heissinger; cooperadores (laicos que no tienen votos religiosos pero simpatizan con la institución) como Rodolfo Barra; se encaramaron supernumerarios en la Justicia, como Antonio Boggiano y simpatizantes como Francisco Trusso (el más influyente embajador del menemismo ante la Santa Sede) o Gustavo Béliz. La congregación también tuvo especial expansión, gracias sobre todo a la creación y crecimiento de la Universidad Austral. A Ubaldo Calabresi, nuncio apostólico durante todo el mandato de Menem, se le debió gran parte de este impulso.




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