El hundimiento del buque General Belgrano también fue recordado entre ex combatientes y dirigentes políticos que reivindicaron la soberanía sobre las islas Malvinas.
A 25 años del conflicto, cuesta asimilar tanta vida perdida.Con 27 años, la guerra me sorprendió como jefe de artillería del destructor ARA Piedrabuena. Mi buque fue el primero en hacerse a la mar en febrero del 82 con la cobertura de brindar custodia a la regata internacional Whitbread Round the World; nadie, salvo el capitán conocía las órdenes finales. Nos desplegamos hacia el sur, al Cabo de Hornos. Luego comprendería que Chile ya formaba parte de la duda estratégica del alto mando.
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Dejé la Marina al término del conflicto con Gran Bretaña.
Cuesta hacerse cargo del recuerdo aunque haya transcurrido medio siglo. No fuimos héroes ni «chicos de la guerra» como se dice por ahí. Se cumplió con el deber de soldados, no estaba a nuestra altura analizar si la guerra era «un manotón de ahogado de la Junta Militar» o la solución al diferendo.
Como tantos otros veteranos seguimos órdenes y por eso recibí la medalla del Congreso. No tengo otras medallas mejores que la amistad y consejo que me dieron mis artilleros, entre ellos: Mamaní, Aguilar y Fonseca, tres cabos principales quienes desde su lugar de combate en cada una de las torres de cañones del destructor celaban la seguridad del resto de la tripulación y de su patria.
Más de un centenar de marinos del Piedrabuena conocimosotro padre -además de Cristo-, desde aquel 2 de mayo, día en que dos torpedos Mk-8 del submarino británico Conqueror hundió al crucero Gral. Belgrano, tiene nombre y apellido: Horacio Raúl Grassi, el comandante del Piedrabuena.
El navío en la madrugada del 2 de mayo había entrado a la zona de exclusión junto con otro escolta del Belgrano, el destructor Bouchard, con la misión de interceptar un grupo de la flota británica que se encontraba al sudeste de las islas. A cierta hora se ordenó salir de la zona y poner rumbo al continente, se nos dijo que el viento había jugado una mala pasada y el portaaviones 25 de Mayo que estaba al noroeste de las islas no había podido decolar los cazas Skyhawk A4Q de la aviación naval. Se abortó la operación de pinzas contra la flota imperial.
Ironías del destino, un destructor con seis cañones de cinco pulgadas, cuatro misiles Exocet y cargas de profundidad antisubmarinas, no tiró un solo proyectil contra el enemigo en la contienda. En cambio, cumplió junto con el Bouchard y el remolcador de mar Gurruchaga la mayor operación de rescate -por el éxito en recuperar vidas humanas- que se conoce desde la Segunda Guerra Mundial.
Auxiliamos a 276 marinos del crucero Gral. Belgrano. El Gurruchaga, más dúctil para las maniobras con mar gruesa, pudo sacar a 365 hombres del agua mientras que el Bouchard, 64. La memoria es inútil para describir ese oleaje encrespado -olas de 12 metros- por un temporal que se abatió, complicando los rescates. Balsas cubiertas de fueloil -el combustible del Belgrano- hacían más difíciles los trabajos para recuperar personas.
Ordenes
Bajé aquel día de mi puesto de combate en el director de Control de Tiro, un cubículo metálico con espacio para tres personas más el radar, ubicado en lo más alto de la superestructura del buque, y seguí las órdenes del entonces capitán de corbeta Juan Carlos Rolón, que dirigió la operación de rescate (hoy encarcelado tras la reapertura de la causa ESMA), quien, al finalizar el conflicto, recibió, como tantos veteranos, el diploma de reconocimiento del Congreso de la Nación firmado por Eduardo Menem, presidente provisional del Senado, y por Alberto Pierri, presidente de la Cámara de Diputados.
No había adiestramiento para rescatar náufragos, ésa no era nuestra misión; sin embargo, el comandante Grassi ordenó a los dos escoltas navegar a máxima velocidad con todas las luces encendidas hasta el punto en donde se había perdido el contacto con el Gral. Belgrano en búsqueda de sobrevivientes aun con el riesgo de ser nuevamente torpedeados.
Aprovechábamos cada crestadel oleaje para «pescar» las balsas, verificar si había náufragos a bordo -hubo llantos contenidos ante las vacías- recuperar a los marinos no era sencillo. Muchos venían sin ropas, con toda la piel de ese tono entre blancuzco y ocre que exhiben los expuestos a la deflagración de la carga explosiva, impregnados de combustible, otros. Un médico, el entonces teniente de navío Ricardo Dickson (psiquiatra) y tres enfermeros improvisaron un quirófano y una sala de terapia intensiva en el comedor de oficiales, fue la mejor solución ante tanto náufrago herido.
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