Es explicable, pero no esperado, el relieve que toma este año el debate religioso en la Argentina. No ya por el sesgo político que tuvo por caso la actuación de los obispos católicos en la llamada Mesa del Diálogo, un foro que se declaró defraudado con lo que logró. Eduardo Duhalde, sin embargo, había dicho que convertirían sus dictámenes en la guía de su gobierno. Sobrevino en las últimas semanas el caso Grassi, a raíz de la injusta acusación al sacerdote a partir de una trama que responde también a una agresión a la institución Iglesia. Esta semana -cuando se está hablando además de un Jorge Bergoglio en carrera para ser el próximo Papa-estalla otro conflicto entre el obispo de Córdoba y el gobernador José Manuel de la Sota por el destino del dinero de las privatizaciones. Esta inesperada vigencia del debate sobre la Iglesia agrega nuevas aristas a la polémica política.
Amenos que uno realmente suponga que el Espíritu Santo designará al próximo Papa, parece difícil que el cardenal Jorge Bergoglio suceda a Juan Pablo II. No es una cuestión de condiciones, fe, bondad u otras cualidades, sino políticas o estratégicas. También de inhibiciones: no se recuerda, ni los más estudiosos del cargo, un Papa que provenga de la Compañía de Jesús. Y, como se sabe, Bergoglio pertenece a la orden de los jesuitas, gente tan seria que hasta ha sabido tener su propio Papa, el «Papa negro», como alternativa o paralelo al oficial de Roma. Aunque, también es cierto, si en esta oportunidad posiblemente se elija a un italiano, tanto Iberoamérica como Africa son candidatos en el futuro a suministrar un heredero al cargo. Hay que atender todos los mercados.
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Dispone Bergoglio, además, de una condición complicada: tiene 66 años y esa edad lo indispone con una cúpula que pretendería mandatos cortos. La duración de Juan Pablo II, hoy 24 años de mandato, interrumpe demasiadas aspiraciones por más desprendimiento espiritual que se imagine por la alegría de la gestión. Hay, sin embargo, un dato favorable para Bergoglio u otro representante del continente: el último Papa fue elegido por una cumbre de 90 votantes (cardenales) y hoy esa base se amplió a 139. Por lo tanto, los casi 30 representantes de Iberoamérica disponen de un poder significativo -superior al de otras épocaspara imponer candidatos o intereses.
Sorprende, de cualquier manera, la nota de «L'Espresso» (ya había salido otra en el mismo sentido en mayo) en la que a Bergoglio se lo ensalza y, simultáneamente, se lo reduce. Puesto que, además de hablar de virtudes y proyección, también alude a la falta de estima que, por el arzobispo de Buenos Aires, profesa el secretario de Estado vaticano, Angelo Sodano, el segundo del Papa actual. Superar esa barrera de amor parece harto dificultoso. De ahí que muchos entienden que ese tipo de nota, para nada habitual, supone algún tipo de operación política.
No es la primera vez que han pretendido trasladar a Bergoglio de la Argentina a Roma y, por lo que se sabe, él mismo rechazó esa posibilidad. Alguien que desea ejercer el poder religioso, ser significativo -lo que es casi una condición tradicional en los jesuitas-dudosamente se interesaría en terminar como confesor del Papa, distinción a la que accedió otro «papabili» argentino ya muerto: monseñor Eduardo Pironio. Para quien no entiende la figura, habría que comparar entre ser gobernador de una provincia, con todos los timbres y autoridad, o ser ministro de Salud de un presidente que decide. Cada uno elige.
Para Bergoglio, además, las internas en el Vaticano con su persona no son una novedad: su nombramiento en el Arzobispado, a pesar de la fuerte recomendación que en su momento instruyó Antonio Quarracino, su antecesor en el cargo, constituyó un parto quizá porque no gozaba de las simpatías -entre otros en esa sede eclesial-de un obispo influyente como Jorge Mejía. Cuenta la leyenda que Quarracino utilizó todas sus dotes -y todo el mundo sabe de lo que es capaz este campechano hincha de Boca-para poder imponer a Bergoglio sobre esa burocracia. Hoy, quien recuerda esos episodios le podría atribuir una intencionalidad semejante a quienes patrocinan su ascenso (si no a Papa, por lo menos a una función jerárquica de importancia) para ocupar su espacio en la Argentina. Nadie ignora que, para remover, en la Iglesia primero se promueve. Al margen del «club» (Laguna, Casaretto y otros, tan en longitud de onda con Mejía), que siempre pretendió ese lugar, también se podría postular para esa emergencia un hombre que a menudo viaja al Vaticano: Héctor Aguer, arzobispo de La Plata.
•Peso propio
Sería ingenuo, tal vez, pensar que una cuestión tan local penetre en un medio como «L'Espresso». Algo así como pensar que en «The New York Times» se publicaron notas contra Carlos Menem inducidas por el duhaldismo. Menudencias aparte, Bergoglio pesa por su propia envergadura: austero al extremo, de filosa opinión, siempre discreto, mal hablado en privado, dispone de un reconocimiento intelectual entre sus pares que nadie discute. Aun en el plano internacional.
Si por azar, los méritos propios o la incidencia en la cumbre de cardenales de cierto sector, Bergoglio llegara a la cima, también su ascenso constituiría una revolución en la Iglesia argentina. Lo mismo que en la política. Poca relación mantiene con los sectores sacerdotales que se autotitulan progresistas, no comulga con el sector conservador aunque prodiga amigos (caso Ogñenovich) y, para ser justos, su condición de jesuita lo hace diferente y él mismo ofrece un perfil autónomo hasta de la orden a la que pertenece. Para los sectores laicos, de izquierda burguesa -tipo Elisa Carrió-, si Bergoglio fuera Papa se rasgarían en privado la carne como flagelantes católicos: nunca confesarían su indisposición con quien a menudo consulta jurídicamente a Roberto Dromi o a Rodolfo Barra. No son los únicos del menemismo por más que el arzobispo discrepe con ciertos hábitos de ese sector del justicialismo.
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