La voracidad de los candidatos nacionales en sumar listas donde no puede haber acuerdos -como sí sucedía cuando debían hacer política para armar la oferta electoral- terminó asimilando el sistema de «colectoras» a un esquema que toma lo peor de la polémica ley de lemas, eliminada hasta ahora en casi todo el país. Consiguen por esa vía las cabezas de lista llevar detrás de ellos a candidatos a gobernador, senadores y diputados que aportan al principal, pero tienen un efecto demoledor después de las elecciones. La resaca de esa fiesta electoral se ve luego, cuando queda como resultado una galaxia de monobloques y partidos diseminados en el Congreso, siempre fáciles de cooptar al precio adecuado.
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La pregunta en esa ocasión sería: ¿quién arrastra a quién? El esquema está armado para que el candidato a presidente traccione los votos, lo que opera en condiciones similares a la ley de lemas y produce la misma defraudación de la voluntad popular que este sistema.
Los casos de listas colectoras que terminan tributando en los candidatos se multiplicaron este año en todo el país. Hay casos sorprendentes. En Misiones, donde se aplica la ley de lemas para cargos menores, sólo para intendentes hay 1.600 candidatos en 75 municipios de toda la provincia. En Posadas, la cantidad de lemas ha llegado a tal nivel que ayer se pensó postergar la elección a intendente porque las listas no entrarían el 28 de octubre en el cuarto oscuro.
Sin llegar a esos extremos y sin ley de lemas, pero sí un uso abusivo de las «colectoras», en Lomas de Zamora se anotaron siete colectoras del kirchnerismo. Son siete candidatos a intendente que apoyan a Cristina de Kirchner, Daniel Scioli y la lista de diputados nacionales y senadores provinciales. La superposición es tal que comenzó un proceso de «limpieza» ante el temor de que la Justicia electoral los bloquee interpretando algunos como falsos neolemas.
El caso inverso es el de la elección de intendente en Avellaneda en 2003. Oscar Laborde colgó allí su boleta de siete candidatos a gobernador. La Justicia no lo aceptó y sentó en su fallo un principio claro: debe existir afinidad ideológica y algún vínculo jurídico entre los integrantes de las listas de abajo y arriba.
Los dos casos más próximos al sistema actual son el de 2003 y el de la elección presidencial de 1973. Néstor Kirchner ganó las elecciones después que la Justicia aceptara habilitar el sistema de neolemas para que los tres candidatos a presidente por el PJ llegaran a la elección, al no haber cerrado ningún acuerdo dentro del peronismo.
Imposible que Kirchner, Carlos Menem y Adolfo Rodríguez Saá unieran sus fuerzas, pero al no solucionar el peronismo sus problemas internosobligó a que cualquier argentino tuviera que votar un peronista en la eventualidad, que no hubo por renuncia de Menem, de una segunda vuelta.
Es el caso más claro de cómo tanto el sistema de ley de lemas como las ya famosas actuales colectoras terminan violando la voluntad de las primeras minorías -que en una democracia son las llamadas a gobernar-, ahora por la tracción que ejerce en el voto el candidato a presidente sobre la infinidad de listas que se cuelgan de él.
El reinado actual de las listas colectoras tiene precisamente ese antecedente, que sirvió ahora de escuela. Eduardo Duhalde armó la trilogía peronista para las presidenciales de 2003 sobre una idea de Juan Carlos Romero para resolver la crisis electoral del PJ, que soluciona siempre sus internas en elecciones nacionales en lugar de primarias civilizadas. Cuando en 2002 le explicaron el sistema, el propio Duhalde los llamó neolemas. De hecho, la Cámara Electoral terminó rechazando su aplicación, pero, como era obvio, lo hizo después de las elecciones, lo que tornó abstracto ese fallo, aunque quedó sentado el precedente.
Poco antes hubo un intento más peligroso. En la semana que ocupó la Presidencia, Adolfo Rodríguez Saá convocó a elecciones en 60 días, unos comicios que debieron realizarse el 3 de marzo de 2002 y que terminaron sepultados bajo la presidencia Duhalde. Para esa elección se estableció aplicar la ley de lemas -hubiera sido la primera vez en la historia a nivel presidencial- y curiosamente fue apoyada por peronistas, radicales y constitucionalistas de todos los colores como única solución posible a la crisis.
Beneficio
En 1973, Jorge Abelardo Ramos colgó su boleta de la del Frejuli, que apoyaba la fórmula Juan Perón-María Estela Martínez de Perón, y se llevó 900.000 votos. El beneficio no fue únicamente político: sólo los fondos que luego se le asignaron por los votos obtenidos alcanzaron para múltiples operaciones inmobiliarias. Claro que para concretar semejante movida necesitó de la autorización que le dio Perón, exactamente igual que ahora, cuando los candidatos a presidente permiten que se cuelguen de la principal decenas de listas en cada distrito.
Otro caso curioso es el de Santa Fe. Allí, Jorge Obeid derogó la ley de lemas. Fue una promesa electoral que hizo cuando peleó su gobernación, frente a la presión popular pidiendo derogarla, la misma que hoy existe en Misiones, donde el obispo Piña reclamó ayer nuevamente una medida similar frente al caos electoral.
Pero en la práctica, aunque los santafesinos no tengan ya lemas, llegaron a esta elección presidencial con una lista para el kirchnerismo y una para Elisa Carrió, pero dos para Rodríguez Saá y otras dos para Roberto Lavagna.
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