17 de agosto 2004 - 00:00

Chavistas argentinos brindan con fueloil

La política exterior que siguió Néstor Kirchner durante los últimos cuatro meses ha logrado que el resultado del referéndum revocatorio que se celebró en Venezuela el domingo pasado tenga una dimensión local inesperada. Esa repercusión se juega en varios campos y tiene alcance diverso:

• Es indudable que la aproximación de los Kirchner a Hugo Chávez fue temprana. Hubo señales de ella desde que se estableció el nuevo gobierno y el presidente venezolano asistió a la ceremonia inaugural, oportunidad en la que compitió con Fidel Castro para atraer la simpatía de la izquierda populista local. Pero el Presidente y su esposa resistieron el magnetismo del bolivariano en obediencia a algunos consejos recibidos en Washington. Cuando George W. Bush le hizo notar a Kirchner que «ese muchacho no me gusta», el santacruceño contestó con una formalidad para salir del paso: «Yo no visité Venezuela, él me visita a mí». Efecto de ese cruce de palabras fue la frialdad con que fue tratado Chávez cuando pasó media semana en Buenos Aires hace exactamente un año: deambuló por la ciudad con escasas compañías oficiales, salvo la de Miguel Bonasso. Sus otros contertulios fueron Alicia Castro, Hebe de Bonafini o Víctor De Gennaro. Nada de ministros.

• En febrero pasado, en cambio, Kirchner estuvo más suelto.Visitó Caracas para participar de una cumbre en la que también estaría Lula da Silva. Se entrevistó con opositores a Chávez y convenció al caudillo venezolano de dar satisfacción a los rivales que le pedían revisar la calidad de 300.000 firmas que él había descartado para impedir la realización del referéndum. Con los resultados de la consulta en la mano, ayer se ufanaba de esa gestión.


• Sin embargo, fue a partir de abril que desde Buenos Aires se adoptó al gobierno de Venezuela como una suerte de modelo operativo. Se lo hizo con tanto énfasis que hasta el propio Chávez pregunta a menudo a sus amigos porteños: «¿Qué tienen ahora los Kirchner conmigo? Hasta hace meses adoraban a Lagos, de Chile. ¿Por qué ahora se entusiasmaron tanto con el modelo bolivariano? ¿Son gente seria? ¿Se puede confiar en ellos?». La respuesta a estas preguntas que se formula Chávez respecto de sus nuevos amigos hay que buscarlas, precisamente, en la pelea con Ricardo Lagos a propósito de la crisis energética. La reducción de las exportaciones de gas a Chile fue, en un comienzo, una decisión táctica destinada a presionar a las empresas que, según el gobierno, desabastecían el mercado local deliberadamente para favorecerse con el mejor precio que se obtenía con los clientes trasandinos. Cuando se advirtió que la escasez era real y no producto de una especulación, el gobierno buscó una salida venezolana: la compra de fueloil a PDVSA.

• Esta operación se transformó desde hace cuatro meses en el eje principal de un vínculo bilateral que parecía hasta ahora solamente folclórico. La importación del combustible fue revestida de una aureola «bolivariana» y hasta hubo anécdotas simpáticas. Por ejemplo: se esperó a que llegara el segundo barco para descargar el fueloil en Buenos Aires ya que el primer embarque era transportado por una nave no venezolana. Todo este intercambio de combustible está condimentado por dudas y curiosidades. ¿Cómo se pagará el fueloil? ¿Es verdad que se formó un fondo fiduciario para hacerlo y que la moneda de pago serán tubos sin costura de Techint? (el grupo de los Rocca realiza grandes negocios siderúrgicos en Venezuela). El fueloil, que por su calidad Julio De Vido describió una vez como «jamón del medio», ¿es venezolano o de origen estadounidense? ¿Lo vendió PDVSA o fue intermediado por una comercializadora ligada a Alí Rodríguez, el ex guerrillero que hoy comanda la petrolera de Caracas? ¿Será por eso que el combustible cuesta alrededor de u$s 50 millones más que la misma cantidad si se la adquiere en el mercado internacional? Son interrogantes que se volverían incómodos en el caso de una derrota chavista, pero que ahora pasan por curiosidades, al menos por un tiempo, gracias al triunfo del No a la remoción del caudillo «bolivariano».


• Al contrario, la ratificación del poder de Chávez que se produjo este fin de semana está destinada a incrementar la simpatía de Kirchner por su gobierno. Y también a apostar de nuevo por otros negocios relacionados con ese país caribeño: desde las embarcaciones cuya construcción el presidente de Venezuela prometió el mes pasado en el astillero Río Santiago hasta la exploración del litoral marítimo en busca de yacimientos de petróleo «offshore». ¿Servirá también para convalidar con un triunfo ajeno el disconformismo algo impreciso del gobierno de Kirchner frente a algunos poderes internacionales, como el de los Estados Unidos o el Fondo Monetario Internacional? No habría que ir tan lejos, aunque seguramente el resultado del domingo y un triunfo del Frente Amplio en Uruguay el 31 de octubre convencerían al gobierno de que su estilo heterodoxo y algo aislacionista puede conseguir éxito en las urnas, que es lo que interesa siempre a un político.

• En cambio es más difícil que la amistad con Chávez pueda extenderse a otros
go biernos de Sudamérica. Ni siquiera el de Lula cambiará su prudente postura frente a Caracas: para Itamaraty, Venezuela es un país caribeño y, por lo tanto, área de interés directo de los Estados Unidos. Difícilmente la administración brasileña cambie esa propensión a la neutralidad por arrebatos ideológicos.

• Si se atiende a la larga duración, no es la primera vez que desde Buenos Aires se recurre a un caudillo «bolivariano» con la fantasía de equilibrar una balanza de poder desfavorable. Cuando el gobierno de las Provincias Unidas debió enfrentarse al Imperio del Brasil en 1825, envió a Potosí a Carlos María de Alvear y a José Miguel Díaz Vélez para negociar el apoyo militar del mismísimo Simón Bolívar. El padre de la «Gran Colombia» no se dejó tentar, sobre todo después de advertir que Gran Bretaña desaconsejaba esa guerra. Interesa recordar estas peripecias, alimentadas en el Río de la Plata por los precursores de estos «bolivarianos» actuales (el primero de todos era el Deán Gregorio Funes), en quienes la admiración por el general venezolano se alimentaba casi siempre en el odio a José de San Martín. Todo cambió desde entonces, claro. A tal punto que una de las mayores ofensas del embajador venezolano Freddy Balzán ( íntimo de Chávez) con la cancillería de Rafael Bielsa es que en los homenajes a San Martín no le concedan la alfombra roja que sí se facilita a los países emancipados por el Libertador para hacer sus homenajes. Acaso con el triunfo de su jefe en el referéndum consiga esa excepción para su fervor sanmartiniano.

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