Alguien extravió el libreto. Y, lo peor, no le avisaron. Fue a la señora del Presidente, Hilda Chiche Duhalde, quien inopinadamente sostuvo que el fallo de la Corte Suprema era «un asco», amén de otras expresiones lamentables contra el Poder Judicial.
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Nadie conocía esa sensibilidad estética de la mujer, mucho menos su versación en Derecho para pronunciarse de ese modo. Hasta olvidó la primera dama designada que los nueve miembros del Tribunal coincidían en esa obviedad jurídica (la inconstitucionalidad de la pesificación, el artículo 214) y sólo se dividieron 5 a 3 en otras cuestiones. Ni siquiera reconoció la gentileza de los jueces por demorar tanto tiempo la decisión. La repugnancia que a ella le inspira el fallo incluye hasta la opinión de su propio hombre en el Tribunal, Juan Carlos Maqueda, más funcional a los intereses duhaldistas que la «mayoría automática» en su momento a Carlos Menem (por eso, al cordobés lo llaman la « minoría automática»). Ni siquiera ella atendió el pensamiento de su propio esposo, quien -tal vez no valga la pena recordarlo- por el daño que cometía en enero de 2001 prometió con ingenuidad bonaerense que «quien depositó dólares recibirá dólares». La Corte, debería admitir la señora Chiche, no llegó a tanto. Ya que, como corresponde a ese instituto, evitó determinar el tipo de moneda que debería aplicarse para cumplir con las obligaciones burladas por el gobierno.
Es de imaginar el rostro demudado y enrojecido, ayer, de tres personajes que salieron a enmendar la plana de la señora: su propio marido, el ministro Juan José Alvarez y el jefe de Gabinete, Alfredo Atanasof, hombre de la mayor cercanía de Chiche y quizás entonado en las primeras líneas por las recomendaciones de ella. El trío, entonces, por razones institucionales e intereses comprensibles ( finalmente, en el futuro, ellos pueden ser juzgados esta Corte), hablaron por cuanto medio existe justificando el fallo, alegando que no resultaba dañino para la economía, que no implicaba la redolarización, calificaron la sentencia de «sopesada y meditada», lindezas por el estilo que parecen hipócritamente enaltecer a la Corte y ocultar las atrevidas declaraciones de la señora de Duhalde agraviando a ese cuerpo (el que simplemente confirmó una multitud de fallos en el mismo sentido). Lo que se dice, un papelón.
Comprensible en este Macondo del gobierno, pues nadie le entregó a la mujer --voluntariosa defensora de la gestión familiar-el nuevo libreto oficialista. Olvido gravísimo, sin duda, porque todo el mundo se concentra más en lo que ella dice que en lo que expresan otros funcionarios, sean ministros, jefes o mandatarios. Y la pobre olvidada, para ser justos, seguía inyectada con las opiniones de su marido y ministros, 24 horas antes de conocido el veredicto, cuando señalaban que «el Poder Judicial quería gobernar» (Duhalde), Alvarez manifestaba preocupación por la suerte institucional del país y Atanasof anticipaba un cataclismo. Era tal la insolencia para frenar a la Corte -luego de haberle arrancado hasta la última gota de sangre para que dilataran el fallo-que hasta convocaron al dirigente sindical Juan José Zanola y prometían una algarada contra los ministros porque iban a quebrar el Banco Nación. Más, a este clima, se añadía el propio Roberto Lavagna que había prometido no sacar ningún bono para pagar los depósitos -demanda ancestral de los bancos-y, como forma de frenar la determinación de los jueces, entregó bonos para saldar la deuda del Nación con la provincia de San Luis. Más incongruencia, imposible.
Se puede cuestionar la falta de urbanidad de la esposa presidencial para manifestarse contra la Corte. No se le puede reprochar, en cambio, su actitud: ella, finalmente, es producto de ese ambiente contradictorio, disperso, en ocasiones insensato. Es demasiado para un humano, también para una mujer, aunque se llame Chiche Duhalde.
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