1 de agosto 2005 - 00:00

Comentarios políticos de este fin de semana

(Categorización: Imprescindible, Bueno, Regular, Prescindible)

Eduardo Duhalde y Horacio Rosatti
Eduardo Duhalde y Horacio Rosatti
VAN DER KOOY, EDUARDO.
«Clarín».

Prescindible. Poca información y consideraciones triviales, ayer, en el artículodel columnista del monopolio. Merodea una cuestión fundamental pero no termina de definirla: el problema del dominio de Néstor Kirchner sobre el Congreso para alcanzar dos o tres objetivos básicos de política económica, como la aprobación de los contratos con las privatizadas y la sanción del presupuesto. Estos son los problemas inmediatos que plantea el conflicto abierto con Eduardo Duhalde durante la campaña.

Van der Kooy mira estos dos temas sin vincularlos más que al pasar. Veamos lo que se rescata de la nota: • El Congreso está paralizado y eso afecta las negociaciones con privatizadas. Destaca una, Aguas Argentinas: confirma lo que se sabe (se publicó en Ambito Financiero cuando Julio De Vido viajó a España, hace dos semanas), es decir, que Suez -el accionista francés-se retirará de la Argentina. Arriesga que el Estado se hará cargo de la empresa. • El segundo tema que encara Van der Kooy es la relación con el duhaldismo. Le atribuye a Duhalde apuntar a un objetivo de entre 25% y 30% de los votos para su esposa Chiche (no aclara que son porcentajes calculados una vez que se restan la abstención, el voto en blanco y los votos impugnados). Después ubica al duhaldismo en el rol que le adjudica el gobierno: el de la desestabilización. Van der Kooy traslada una acusación del gobierno contra Alfredo Atanasof a quien le atribuye, en su carácter de jefe del sindicato nacional de municipales, promover conflictos en las comunas de Santa Cruz. No consigna que Kirchner recurrió a Atanasof a través de Carlos Tomada para aplacar aquel conflicto provocado por sectores radicalizados que desafían al gobernador Sergio Acevedo. La versión de «Clarín» es la del manual de campaña kirchnerista. • Los párrafos que siguen son una demostración inigualable del discurso que le gusta leer a la Casa Rosada en los diarios del domingo (el «manual de estilo» aquí es «Página/12»). Es decir, el retrato de Kirchner como «un espíritu indomable», para quien «no existe duda, por grande que sea, que pueda disuadirlo», etc. Sin embargo, consigna que ese estilo requerirá una convalidación electoral enorme que aplaque muchos rencores que esa misma modalidad ha ido cultivando (para esta letra, hay que decirlo, es mejor la interpretación de Fernando Laborda en «La Nación» de ayer). • El problema de la inflación, que comienza a ser central en la política argentina, queda para quienes resistan a llegar hasta el final de una nota soporífera. Van der Kooy insiste en dar la versión oficial del fenómeno: es el efecto del reacomodamiento de precios relativos y también de la perversión de algunos formadores de precios. Una versión de la inflación hecha a medida de la campaña electoral. Es decir, a diferencia de lo que consideran los economistas más serios, no existe factor monetario alguno que esté desestabilizando los precios. Tampoco la carrera salarial aparece como causa. Lo que más le interesa al columnista es destacar que en el enfoque y en los remedios (básicamente el control de precios) Kirchner y Lavagna están unidos. Apenas desliza que al ministro le podría estar inquietando cambiar su estatua de «padre de la recuperación» por la de «padre de la inflación».

LABORDA, FERNANDO.
«La Nación».

Prescindible. De manera más articulada aparece en la nota de este columnista el problema que roza Van der Kooy en la suya: ¿es conveniente para la estrategia política del gobierno que el principal adversario de la campaña sea el matrimonio Duhalde, o esto conspira contra el objetivo mínimo de que Cristina Kirchner supere a Chiche por, al menos, 20%? La nota se pierde en una metáfora bastanteforzada, que Laborda fue a buscar a la novela de Leopoldo Marechal «Megafón o la guerra». Es un riesgo este tipo de experimento para un articulista que debe compartir la página con Mariano Grondona, que domina esos recursos culturales como pocos.

Por eso es mejor retomar a Laborda cuando enumera las contradicciones entre la actual pelea Kirchner-Duhalde y la sociedad que ambos constituían un rato antes. Sugiere una inconsistencia real, aunque no logre formularla con gracia: el kirchnerismo acusa a Duhalde de mafioso y también de ser el responsable de que el peronismo no vaya unido en la provincia de Buenos Aires. Las dos cosas al mismo tiempo. La nota de este periodista crece en su segunda parte, cuando advierte que las cosas podrían no suceder como sueña la Casa Rosada: Chiche, desde el fondo del pozo, puede fácilmente subir; los Kirchner arrancaron con mucha dureza y energía. ¿Podrán mantenerlas hasta octubre o irán decayendo? Este es el interrogante de Laborda. Dice que Cristina sólo tendría el triunfo asegurado si obtiene un piso de 40% contra 20% de Chiche; pero que si de 40% los Kirchner caen a 35% o, peor, a 30%, el Presidente debería iniciar una política de diálogo porque «los resentimientos latentes en sectores partidarios o empresariales -hoy tapados por el poder de la billetera o del miedo a las represalias económicas o verbalesentonces aflorarían...». Los dos mensajes más interesantes de la nota están al final. 1) El estilo presidencial cosechó un disgusto la semana pasada con la renuncia del ministro de Justicia, Horacio Rosatti, quien según el columnista se alejó por no aceptar ser un lobbysta ante los jueces. Fue un dato políticamente relevante de la semana pasada, al que el monopolio «Clarín» no le dedica ni una palabra en su evaluación política. 2) La pobreza desciende cada vez menos con iguales cifras de crecimiento. Por cada punto de expansión del PBI la cantidad de pobres descendió 1,4% en la primera mitad de 2004; 0,9% en la segunda mitad y 0,35% en el primer trimestre de este año. Según Laborda, cada punto de inflación genera 150.000 nuevos pobres; además, los aumentos salariales sólo benefician al sector formal, no a los excluidos.

GRONDONA, MARIANO.
«La Nación».

Bueno.
En su columna de ayer Grondona plantea en profundidad el problema al que sólo aluden los demás columnistas dominicales. ¿Eduardo Duhalde es el verdadero adversario de Néstor Kirchner? ¿O el enfrentamiento entre ambos es sólo una etapa que se superará después de las elecciones, si vuelven a unirse bajo el manto común del peronismo? Para el ensayista la clave para este interrogante hay que buscarla en el comportamiento del electorado no peronista.

Afirma algo cierto: la Argentina es un país básicamente no peronista. Se demostró en 1997, cuando Graciela Fernández Meijide se impuso sobre Chiche Duhalde; y en 1999, cuando Fernando de la Rúa lo hizo sobre Eduardo Duhalde. Otro dato, que Grondona no menciona, refuerza la tesis: Carlos Menem, después de examinar el promedio histórico del PJ en los comicios, hizo lo imposible en 1994 para que la Constitución establezca un «ballottage» de 45% como máximo y no el clásico de la mitad más uno de los votos. Lo consiguió. Sobre la base de estas premisas, Grondona pone el foco sobre las últimas operaciones electorales del duhaldismo.

Según él, la gran habilidad de Duhalde consistió en crear estrategias capaces de usar a favor de sus candidatos la fuerza de ese peronismo no mayoritario. Lo hizo en 2003, cuando consiguió que la polarización de la segunda vuelta no quedara planteada entre Menem y Ricardo López Murphy sino entre Menem y Kirchner. ¿Logrará hacerlo de nuevo este año? Esta es la pregunta principal de la nota.

Grondona detecta que el afán central de Duhalde es conseguir que su esposa Chiche represente, en detrimento de López Murphy, a la oposición al gobierno, que puede estar expresada en el peronismo que todavía les responde pero que principalmente se asienta en el no peronismo. Después se pregunta si esta pretensión de Duhalde es genuina, es decir, si expresa una ruptura definitiva con Kirchner o si sólo se trata de un rodeo táctico para que, el próximo 10 de diciembre, el PJ cuente con un bloque de diputados más numeroso.

El ensayo de Grondona alimenta esta segunda sospecha con varios datos que ilustran una tesis principal: Duhalde se comportó desde 2003 como un soldado obediente del gobierno y sólo cambió de conducta cuando llegó la hora de armar las listas. No agrega la nota una evidencia actual: el duhaldismo reclama el voto para sus candidatos como una forma de apoyar al gobierno (para denunciar este discurso Kirchner los llamó «lobos disfrazados de corderos», lo que provocó la reacción del ofendido Eduardo Camaño). En definitiva, Grondona se plantea un interrogante que, en el fondo y tácitamente, implica también una queja: ¿no estará el país de nuevo ante una trampa cuyo objetivo es evitar otra vez la llegada del no peronismo al poder? Lo que conduce a otro interrogante: ¿cuál es el verdadero «voto útil» en las elecciones bonaerenses de octubre? ¿El que se destina a Chiche Duhalde, que podría componer una importante corriente de peronistas y no peronistas pero que amenaza con convertirse en un afluente del kirchnerismo? ¿O el que apuesta a Ricardo López Murphy, que garantiza más claramente una oposición al gobierno más allá del 24 de octubre?

VERBITSKY, HORACIO.
«Página/12».

Prescindible. Con manía por la reiteración, el columnista dedica otro domingo a arrinconarlo al arzobispo de Buenos Aires, Jorge Bergoglio, a quien relaciona de nuevo con la muerte de los sacerdotes palotinos por parte de represores nunca identificados en 1976 por el solo hecho de que Bergoglio, según él, en aquellos años «hostigó y desprotegió a los sacerdotes identificados con la teología de la liberación». Como si esa posición -que tampoco se ocupa de demostrar en esta ocasión aunque sí lo intentó en su libro «El silencio», de intrascendente venta desde que apareció a comienzos de este año-fuera la causa de esos asesinatos, Verbitsky imagina que ahora Bergoglio alienta una canonización de los sacerdotes asesinados porque quiere blanquear su imagen ante el Vaticano en la eventualidad de un nuevo cónclave papal. Del mismo modo que cuando comenta una interna política del conurbano, el columnista deduce que porque el actual Papa tiene 78 años,

Bergoglio puede ser candidato a la sucesión del trono vaticano y que en esa eventualidad querrá tener una imagen irreprochable.

Paradójicamente, Verbitsky es quien más apuesta al papado de Bergoglio; tal vez el cardenal desearía que le tenga menos confianza a su carrera. De paso, sólo el libro de Verbitsky le atribuye alguna responsabilidad a Bergoglio en atrocidades del pasado en un caso claro de solipsismo periodístico: Verbitsky configura la acusación y después cómo puede el acusado desembarazarse de ella.

Conmovedor como recurso para vender el libro si no se tratasede un episodio negro de la historia reciente del país.

Como el columnista ya trató este caso en anteriores relatos periodísticos y en su libro, le cabe otra vez el reproche de que no agrega datos nuevos. Salvo que se considere tales a los detalles donde despacha cuitas de su pasado personal. Por caso, da por sentado que al padre Carlos Mugica lo mandó a matar José López Rega, con lo cual toma partido en un debate nunca cerrado, porque hay quienes afirmaron en su momento -y años después también-que ese asesinato también podría haber sido ejecutado por fracciones guerrilleras que se enfrentaron con Mugica por territorios de dominio político. Eso se ha dicho, claro, en voz baja, dado que nadie quiere pagar el costo de exculparlo al abominable López Rega de por lo menos una de sus atrocidades. Otra es cuando relata las relaciones entre el ex marino Eduardo Massera y la Universidad del Salvador, fundada por los jesuitas y entregada a una fundación presuntamente relacionada con la agrupación Guardia de Hierro, en aquellos años bajo el mando de Alejandro «Gallego» Alvarez, a quien curiosamente Verbitsky omite mencionar. ¿Será porque hay más de un funcionario de este gobierno que perteneció a esa agrupación, una de las principales en el peronismo de aquellos años?

Mencionar esta relación en medio de esta historia terrible de los palotinos asesinados no tiene otro propósito que volver a inculpar a Bergoglio, a falta de más pruebas que haber desprotegido y hostilizado a curas tercermundistas -el actual obispo, se sabe, es jesuita y en su juventud se le atribuye una militancia «guardiana»-.

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