Comentarios políticos de este fin de semana
(Categorización: Imprescindible, Bueno, Regular, Prescindible)
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Cristóbal López: "La causa Cuadernos fue totalmente falsa y armada por el fiscal Stornelli y el juez Bonadio"
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La Justicia confirmó gastos por casi u$s15.000 en el viaje de Adorni a Aruba
Eduardo Duhalde y Horacio Rosatti
«Clarín».
«La Nación».
GRONDONA, MARIANO.
«La Nación».
Bueno. En su columna de ayer Grondona plantea en profundidad el problema al que sólo aluden los demás columnistas dominicales. ¿Eduardo Duhalde es el verdadero adversario de Néstor Kirchner? ¿O el enfrentamiento entre ambos es sólo una etapa que se superará después de las elecciones, si vuelven a unirse bajo el manto común del peronismo? Para el ensayista la clave para este interrogante hay que buscarla en el comportamiento del electorado no peronista.
Afirma algo cierto: la Argentina es un país básicamente no peronista. Se demostró en 1997, cuando Graciela Fernández Meijide se impuso sobre Chiche Duhalde; y en 1999, cuando Fernando de la Rúa lo hizo sobre Eduardo Duhalde. Otro dato, que Grondona no menciona, refuerza la tesis: Carlos Menem, después de examinar el promedio histórico del PJ en los comicios, hizo lo imposible en 1994 para que la Constitución establezca un «ballottage» de 45% como máximo y no el clásico de la mitad más uno de los votos. Lo consiguió. Sobre la base de estas premisas, Grondona pone el foco sobre las últimas operaciones electorales del duhaldismo.
Según él, la gran habilidad de Duhalde consistió en crear estrategias capaces de usar a favor de sus candidatos la fuerza de ese peronismo no mayoritario. Lo hizo en 2003, cuando consiguió que la polarización de la segunda vuelta no quedara planteada entre Menem y Ricardo López Murphy sino entre Menem y Kirchner. ¿Logrará hacerlo de nuevo este año? Esta es la pregunta principal de la nota.
Grondona detecta que el afán central de Duhalde es conseguir que su esposa Chiche represente, en detrimento de López Murphy, a la oposición al gobierno, que puede estar expresada en el peronismo que todavía les responde pero que principalmente se asienta en el no peronismo. Después se pregunta si esta pretensión de Duhalde es genuina, es decir, si expresa una ruptura definitiva con Kirchner o si sólo se trata de un rodeo táctico para que, el próximo 10 de diciembre, el PJ cuente con un bloque de diputados más numeroso.
El ensayo de Grondona alimenta esta segunda sospecha con varios datos que ilustran una tesis principal: Duhalde se comportó desde 2003 como un soldado obediente del gobierno y sólo cambió de conducta cuando llegó la hora de armar las listas. No agrega la nota una evidencia actual: el duhaldismo reclama el voto para sus candidatos como una forma de apoyar al gobierno (para denunciar este discurso Kirchner los llamó «lobos disfrazados de corderos», lo que provocó la reacción del ofendido Eduardo Camaño). En definitiva, Grondona se plantea un interrogante que, en el fondo y tácitamente, implica también una queja: ¿no estará el país de nuevo ante una trampa cuyo objetivo es evitar otra vez la llegada del no peronismo al poder? Lo que conduce a otro interrogante: ¿cuál es el verdadero «voto útil» en las elecciones bonaerenses de octubre? ¿El que se destina a Chiche Duhalde, que podría componer una importante corriente de peronistas y no peronistas pero que amenaza con convertirse en un afluente del kirchnerismo? ¿O el que apuesta a Ricardo López Murphy, que garantiza más claramente una oposición al gobierno más allá del 24 de octubre?
VERBITSKY, HORACIO.
«Página/12».
Prescindible. Con manía por la reiteración, el columnista dedica otro domingo a arrinconarlo al arzobispo de Buenos Aires, Jorge Bergoglio, a quien relaciona de nuevo con la muerte de los sacerdotes palotinos por parte de represores nunca identificados en 1976 por el solo hecho de que Bergoglio, según él, en aquellos años «hostigó y desprotegió a los sacerdotes identificados con la teología de la liberación». Como si esa posición -que tampoco se ocupa de demostrar en esta ocasión aunque sí lo intentó en su libro «El silencio», de intrascendente venta desde que apareció a comienzos de este año-fuera la causa de esos asesinatos, Verbitsky imagina que ahora Bergoglio alienta una canonización de los sacerdotes asesinados porque quiere blanquear su imagen ante el Vaticano en la eventualidad de un nuevo cónclave papal. Del mismo modo que cuando comenta una interna política del conurbano, el columnista deduce que porque el actual Papa tiene 78 años,
Bergoglio puede ser candidato a la sucesión del trono vaticano y que en esa eventualidad querrá tener una imagen irreprochable.
Paradójicamente, Verbitsky es quien más apuesta al papado de Bergoglio; tal vez el cardenal desearía que le tenga menos confianza a su carrera. De paso, sólo el libro de Verbitsky le atribuye alguna responsabilidad a Bergoglio en atrocidades del pasado en un caso claro de solipsismo periodístico: Verbitsky configura la acusación y después cómo puede el acusado desembarazarse de ella.
Conmovedor como recurso para vender el libro si no se tratasede un episodio negro de la historia reciente del país.
Como el columnista ya trató este caso en anteriores relatos periodísticos y en su libro, le cabe otra vez el reproche de que no agrega datos nuevos. Salvo que se considere tales a los detalles donde despacha cuitas de su pasado personal. Por caso, da por sentado que al padre Carlos Mugica lo mandó a matar José López Rega, con lo cual toma partido en un debate nunca cerrado, porque hay quienes afirmaron en su momento -y años después también-que ese asesinato también podría haber sido ejecutado por fracciones guerrilleras que se enfrentaron con Mugica por territorios de dominio político. Eso se ha dicho, claro, en voz baja, dado que nadie quiere pagar el costo de exculparlo al abominable López Rega de por lo menos una de sus atrocidades. Otra es cuando relata las relaciones entre el ex marino Eduardo Massera y la Universidad del Salvador, fundada por los jesuitas y entregada a una fundación presuntamente relacionada con la agrupación Guardia de Hierro, en aquellos años bajo el mando de Alejandro «Gallego» Alvarez, a quien curiosamente Verbitsky omite mencionar. ¿Será porque hay más de un funcionario de este gobierno que perteneció a esa agrupación, una de las principales en el peronismo de aquellos años?
Mencionar esta relación en medio de esta historia terrible de los palotinos asesinados no tiene otro propósito que volver a inculpar a Bergoglio, a falta de más pruebas que haber desprotegido y hostilizado a curas tercermundistas -el actual obispo, se sabe, es jesuita y en su juventud se le atribuye una militancia «guardiana»-.




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