Comentarios políticos de este fin de semana

Política

(Categorización: Imprescindible, Bueno, Regular, Prescindible)

VAN DER KOOY, EDUARDO.
«Clarín».

Prescindible. El columnista del monopolio no debió justificar este domingo tratar el tema que más le atrae: Rafael Bielsa y su historia de vida. Es lógico: el gobierno no logra todavía armar una campaña orgánica y ese problema apareció esta vez por el lado del canciller. Van der Kooy enumera los problemas que encuentra Bielsa como representante del gobierno en la Capital y lo hace casi de la misma manera que Joaquín Morales Solá en «La Nación». Ahí está, en primer lugar, la tragedia de Cromañón y su derivado político, la crisis de Aníbal Ibarra. De eso habla poco la nota, que en rigor se parece a una especie de mediación entre distintas fuentes. Es decir: le aclara a Bielsa que Alberto Fernández no tiene interés alguno en su fracaso y le aclara a Fernández y al Presidente que Bielsa se vio con los familiares de víctimas de Cromañón del mismo modo que lo había hecho Kirchner al poco tiempo de la tragedia. Aunque consigna: Kirchner nunca pidió el juicio político de Ibarra y Bielsa sí. A diferencia de Elisa Carrió que no quedó atrapada por esa exigencia.

La nota imputa parte del conflicto entre Bielsa y la Casa Rosada a la cercanía del ex funcionario Eduardo Valdés al canciller. Ni siquiera se burla del argumento: si desde su casa y con un teléfono celular como único instrumento Valdés puede producir una crisis en la campaña porteña como la que se desató la semana pasada, capaz de dejar al gobierno sin candidato, deberían nombrarlo ministro del Interior. No habla van der Kooy, sin embargo, del factor principal del conflicto: la iracundia de Cristina Kirchner al ver a la esposa de Bielsa al lado de los familiares de Cromañón, que el día anterior la habían insultado a ella en el acto de campaña armado con el juez Baltasar Garzón.

La nota advierte otro problema para la campaña de Bielsa en Capital: apareció la factura electoral por la impotencia del gobierno para terminar con el desorden piquetero. Kirchner no quiere fastidiar al electorado porteño pero tampoco se anima a hacer intervenir a la Policía, temeroso de una batahola mayor.

Tampoco Elisa Carrió tiene un lugar asignado en la estrategia oficial: la Casa Rosada quiere hostigarla y Bielsa prefiere no embestir, un poco por su condición femenina y otro poco porque teme la reacción de una mujer despiadada con la lengua. Síntesis, que Van der Kooy no formula: el gobierno no sabe qué hacer con los tres principales problemas de la campaña porteña, es decir, con Carrió, Cromañón y los piqueteros.

Festeja la columna, un poco de compromiso, que la inflación no haya sido tan alta el mes pasado pero no se detiene en el problema.

También les da otra alegría a sus lectoresdel gobierno al consignar que Kirchner conquistó la conducción del bloque PJ con una conducción colegiada sin que esa bancada se rompiera. Algo es algo.

Finalmente, Van der Kooy reflexiona sobre un tema que ya fue objeto de una nota en
Ambito Financiero al día siguiente de los hechos: no actuó mal el gobierno al repudiar el ataque de las víctimas de Cromañón a Estela de Carlotto. Lo hizo cuando, frente a las agresiones de los piqueteros, no se solidarizó con Ricardo López Murphy ni con Duhalde. Es cierto: queda la sensación de que aquel silencio se debió a que los agresores eran propios o a que el agredido era ajeno.

MORALES SOLA, JOAQUIN.
«La Nación».

Prescindible.
Se inquieta el columnista por las agresiones de Néstor Kirchner a la prensa y consigna que se deben al consejo de alguna encuesta misteriosa. Sugiere que convendría dejar que la evaluación de la calidad de los medios la hagan los lectores o las audiencias, no el gobierno. Ironiza al final del párrafo con que los mandoblescontra el periodismo podrían ser parte de la «africanización» que algunos intelectuales creen ver en América latina. Así comenzó ayer la nota de Morales Solá.

Después pasó a evaluar, con los mismos argumentos que Van der Kooy en «Clarín» aunque de manera más concisa, la crisis que se desató con Rafael Bielsa durante la campaña electoral. No es lo más importante de la nota de este periodista ayer.

En cambio, le dedica un largo párrafo a su funcionario favorito, Roberto Lavagna. Es para decir, a propósito de un consejo que el ministro le dio a Kirchner sobre un documento que se divulgará en la cumbre panamericana de Mar del Plata, que sería mejor dejar a Lavagna en Economía y no destinarlo a la Cancillería. Morales Solá dice que después de las elecciones el ministro estaría en condiciones de lanzar un fuerte plan de inversiones. Riesgosa promesa por lo que tiene de milagrosa. Ya se sabe cómo termina este tipo de anuncio desde la experiencia con China. En esta oportunidad el dinero vendría de España, como se anunció tantas veces. Además, dice la nota, el acuerdo con el Fondo estaría sellado y no hay que temer por lo que demore: el financiamiento está garantizado hasta fin de año para que la Argentina siga pagando todo, con una prodigalidad por la que la administración Kirchner/Lavagna pasará a la historia.

No habla -o no advierte- Morales Solá lo que sí creen ver algunos economistas independientes, entre ellos, alguno que forma parte del gobierno: después de las elecciones habrá que realizar un ajuste inevitable, sobre todo en la política monetaria y cambiaria.

También habrá que hacer frente a la demanda salarial que desatará la CGT y a la recomposición de tarifas pactada con las empresas de servicios públicos. Tal vez haya que buscar en este programa, más antipático que el que sueña Lavagna, la razón por la que Kirchner prefiere que sea el actual ministro y no un reemplazante quien esté al frente del comando de la economía.

GRONDONA, MARIANO.
«La Nación».

Bueno.
Muy buen ensayo el de Grondona, ayer, en «La Nación». Retomóallí, con otra modulación, el problema formulado la semana anterior en su columna. Entonces se había interrogado acerca de cuál era la vía más eficiente de oponerse al gobierno actual para quienes desean hacerlo. ¿Votar a Chiche Duhalde, con el riesgo de que su esposo termine por suscribir un acuerdo poselectoral con Néstor Kirchner? ¿O votar a Ricardo López Murphy, a pesar de que su candidatura no tenga la consistencia necesaria como para poner límites al gobierno?

Ayer Grondona vuelve al problema pero desde un punto de vista más general. ¿A qué se enfrenta el no peronismo? ¿Se enfrenta a un gobierno democrático -a pesar de su originario déficit electoral- pero no republicano, el de Kirchner? Si es así, el concurso de un sector del peronismo, expresado en la candidatura de Chiche Duhalde, podría ser un atajo eficiente aunque no del todo genuino para oponerse al adversario. ¿O, en rigor, el verdadero rival es el peronismo, que se manifiesta como un monstruo de dos cabezas durante la elección para unificarse después de una especie de fraude republicano? Para ponerlo en términos de moda, Grondona podría haberse preguntado: ¿cuál es la verdadera transversalidad que emergerá de estas elecciones? ¿La de Duhalde con el kirchnerismo o la de Duhalde con el no peronismo? Al desarrollar estos argumentos, el ensayista sugiere al pasar una tesis que resuelve del acertijo: la clave de la decadencia argentina, que se verifica en su falta de crecimiento y en la producción incesante de nuevos pobres, está en el peronismo, no en Kirchner.

Como en la columna del domingo anterior, Grondona parece esconder una convicción detrás de su razonamiento: el peronismo ha montado una nueva trampa para mantenerse en el poder. Sin embargo, la nota de ayer avanza sobre ese punto hacia otro problema. La principal piedra con la que tropieza el progreso en la Argentina no es el peronismo sino la fragmentación de quienes se le oponen. Grondona recurre para ilustrarlo a un contraejemplo: el programa de modernización que la generación del '37 -y su heredera, la del '80- le enfrentó al rosismo a mediados del siglo XIX. A contraluz de esta experiencia, el ensayista denuncia la carencia programática del no peronismo en sus últimas llegadas al poder, sea la de 1983 o la de 1999. En esta tesis final se encuentra, tácita, la principal afirmación de la nota de Grondona, ayer: no hay atajo duhaldista en el que se pueda confiar si lo que se pretende es un proceso de modernización del país de larga duración.

VERBITSKY, HORACIO.
« Página/12».

Prescindible.
Cuando escribe sobre economía, demuestra que es un tema que le queda grande, no lo domina. Satura su comentario del domingo de números, estadísticas y comentarios técnicos de fundaciones y consultoras para demostrar la bonanza de la gestión Kirchner. Lo que no le gusta de los indicadores no lo atribuye a errores técnicos como emitir para comprar dólares, la insistencia en mantener un tipo de cambio elevado o duplicar el gasto público, sino a una conspiración para que Eduardo Duhalde se vea favorecido en las elecciones, donde no faltan los empresarios y los gordos de la CGT.

Habla de aumento de la productividad en la década del '90 que no fue acompañado de aumento de salarios en la misma proporción, sin mencionar que el empleo público mermó en un millón de personas improductivas para pasar al sector privado.

No menciona que el nivel de inversión está 4 puntos del PBI por debajo de lo que el país necesita para generaroferta de bienes y más empleo.

El corolario de su nota, donde atribuye a un funcionario una frase elogiosa, es que Kirchner va a ganar en forma contundente las elecciones. Pero hay una conclusión que es grave, salvo que haya sido una muestra de humor, algo no frecuente en los fundamentalistas como Verbitsky, es que si Kirchner es más contemporizador con los empresarios le va a ir tan mal como a Lula.

Lula gobierna un país con dólar más bajo pero que exporta con alto valor agregado y le compra trigo a la Argentina. Su sistema financiero funciona, tiene menos inflación, no necesita dinero del FMI y no declaró el default.

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