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1) Tanto el gobierno como la oposición están a ciegas sobre el resultado de las elecciones para el domingo que viene. Todos creen que ganan -o pierden por mucho menos de lo previsto-y tienen una encuesta para justificarlo.
2) El gobierno dará un espaldarazo a Rafael Bielsa con actuaciones de Kirchner y Roberto Lavagna en su favor. Un homenaje del columnista a su amigo rosarino, claro, a quien justifica por no haber contado con la compañía de Kirchner la semana pasada en sus actos proselitistas.
3) Largo análisis sindical de Van der Kooy, con algunos datos interesantes. Por ejemplo, que el gobierno advierte que Hugo Moyano se ha vuelto especialmente agresivo y lo imputa a la discreta influencia de Luis Barrionuevo sobre el camionero. Cita Van der Kooy una charla con el ministro de Trabajo, Carlos Tomada, para quien Kirchner piensa disciplinar a los sindicalistas a partir del triunfo del domingo que viene. 4) Anuncia un acercamiento del gobierno al cardenal Jorge Bergoglio, a través de miembros del gabinete (¿Alberto Fernández y José Pampuro?).
Grondona razona así: para ser dictatorial, no hace falta que un régimen haya nacido de un golpe de Estado y no tenga límite alguno en el tiempo. Basta también con que el titular del poder tenga una propensión a ejercerlo de modo ilimitado. Así, según Grondona, es posible pensar en gobiernos dictatoriales por el origen pero republicanos por su vocación de ir hacia la democracia: cita a Gorbachov y, entre nosotros, a Aramburu, Lanusse y Bignone.
¿En qué cuadrante hay que ubicar a Néstor Kirchner? El analista usa aquí a Hugo Chávez como unidad de medida: también el venezolano tiene un origen legítimo pero una vocación muy discutible desde el punto de vista institucional. Respecto de Kirchner, Grondona enumera los síntomas de una propensión dictatorial en el Presidente. Son indicios de muy distinto nivel y gravedad, tanto que algunos podrían ser detectados en todos los gobiernos argentinos (por ejemplo, hacer campaña por los propios candidatos a la legislatura). Por ejemplo: tratar de convertir las elecciones legislativas en un plebiscito personal; comprar voluntades políticas a través del superávit fiscal; alimentar el clientelismo; haberle contestado al embajador de Francia de manera destemplada; hacer campaña a favor de sus candidatos en todo el país; usar la Basílica de Luján para reclamar el voto; someter a sus colaboradores a comportamientos humillantes y agredir a todo el que se anime a expresar una opinión independiente.
Hasta aquí, Grondona prácticamente afirma que el poder de Kirchner tiende a ser dictatorial. Pero, al final, modera ese diagnóstico confiando que haya otros capaces de ponerle límite a esa propensión: las instituciones republicanas, la oposición política, el pueblo con el voto. Si esto se diera, opina Grondona, el gobierno de Kirchner no sería una dictadura aunque tuviera vocación de serlo. Sólo llegaría a esa condición por la falta de límite en el plazo. Pero esto sólo tendría si mediara una reforma constitucional que el ensayista parece sólo intuir.
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