Fernández Díaz parte de una tesis: la corriente en que se inscriben los Kirchner es más nacionalista que izquierdista. Es decir, para entenderlos hay que tener más presente a Arturo Jauretche que a Carlos Marx o a los mismos montoneros de los '70. Jauretche, Jorge Abelardo Ramos, José María Rosa fueron el soporte de un movimiento antiliberal, que permeó sobre todo al peronismo. El periodista da 5 indicios por los cuales el actual gobierno argentino puede ser caracterizado como «izquierda nacional» o «neonacionalismo»:
• Subvenciona a la industria nacional (lo ilustra con aquella confesión antológica de Héctor Méndez, el presidente de la UIA: «Nunca estuvimos tan protegidos»).
• Recupera la idea de economía mixta recreando empresas públicas (Correo, LAFSA, ENARSA). . Alienta la entrada de capitales nacionales en empresas de servicios públicos.
• Desconfía de las multinacionales, con las que pelea sin cesar.
• Apuesta a la integración latinoamericana y se aparta de Estados Unidos.
Después de trazar este identikit -precario porque nada de eso falta en un izquierdismo, aunque sea populista- Fernández Díaz intenta extenderlo a otros gobiernos de la región, con mayor o menor justicia. Ubica bien al candidato peruano Ollanta Humala como un nacionalista bastante lejano a la izquierda, más parecido al coronel carapintada Mohamed Alí Seineldín. Algo parecido le adjudica a Hugo Chávez (ignorando tal vez la inserción de la familia del bolivariano en la izquierda venezolana, similar a la de Aldo Rico entre los montoneros). Entre Chávez y Morales el periodista ve un puente que es la pretensión de nacionalizar los hidrocarburos.
Después Fernández Díaz fuerza un poco su tesis del neonacionalismo al incluir a Chile en esa corriente por el solo hecho de que no privatiza la explotación del cobre. Otra precaria afirmación. O al Frente Amplio uruguayo, que ya firmó un tratado de protección de inversiones con los Estados Unidos.
Para el columnista la ola «neonacionalista» es el resultado del fracaso del Consenso de Washington que predominó en los '90. La explicación queda incompleta porque menosprecia un dato principal: los gobiernos de signo nacionalista de América latina surgen al amparo de varias devaluaciones y de un momento más que favorable para la exportación de bienes primarios, lo que alimenta un superávit fiscal inédito en la región. Es ese superávit el que, al menos transitoriamente,permite el autismo proteccionista de estas administraciones.
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