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24 de abril 2006 - 00:00

Comentarios políticos de este fin de semana

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Tabaré Vázquez y Ernesto Sábato
MORALES SOLA, JOAQUIN.
«La Nación».


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El periodista reitera un enfoque habitual en su columna: en cualquier conflicto con otro país, por «hache» o por «be», la Argentina siempre es victimaria. En el caso de las papeleras, más. Morales Solá comienza su nota consignando el malestar argentino y brasileño porque se hubieran reunido Venezuela, Bolivia, Paraguay y Uruguay a planificar un gasoducto que excluiría a Brasil y a la Argentina. No se pregunta, claro, cuál sería el mercado al que se destinaría ese gas si los dos países con mayor poder de consumo no son tenidos en cuenta.

Sobre la disputa por las papeleras, la nota castiga los cortes de rutas internacionales que se promueven en Gualeguaychú pero pasa de largo sobre el motivo central del conflicto: Uruguay autorizó las inversiones sin consultar a su vecino, como obliga el Estatuto de Administración del Río Uruguay.

Más allá de las opiniones, Morales Solá aporta un dato nuevo: adelantó que el gobierno de Finlandia, ofendido por las imputaciones de Kirchner sobre la prescindencia de ese gobierno en el caso de la papelera Botnia, estaría por retirar a la embajadora en la Argentina. La otra novedad de Morales Solá fue, hacia el final de la nota, la consagración de Tomás Eloy Martínez como el mayor escritor argentino vivo. Lo hizo para mortificar a Kirchner por su ausencia en la inauguración de la Feria del Libro, inaugurada con un buen discurso de ese escritor radicado en los Estados Unidos. ¿ Obsequio de un tucumano a otro? Tal vez. Lo cierto que es, ahora en su calidad de crítico literario, el columnista informó a muchos de sus lectores que llegó la hora de que bajen de ese pedestal a Ernesto Sabato.

GRONDONA, MARIANO.
«La Nación».


Llama la atención la perplejidad que sigue provocando Néstor Kirchner, al cabo de tres años de ejercicio del poder, en buena parte de quienes observan la política argentina. La columna de Grondona, ayer, es una demostración de ese asombro persistente. Está dedicada, una vez más, al «método Kirchner», es decir, al estilo presidencial.

El ensayista cree encontrar una regla general en la conducta del Presidente. Aun cuando, ni bien la formula, exponga tantas excepciones que hace temer que casi no sea una regla. Ese criterio universal es que Kirchner sólo entiende las relaciones en términos de avasallamiento. En cada caso debe haber alguien que manda y alguien que se somete. Recién entonces se estabilizan los vínculos para él.

Sin embargo hay muchos que no se someten, admite Grondona. Ubica allí a la Corte, a algunos gobernadores y al vicepresidente Daniel Scioli (quien, en su romance actual con la pareja presidencial, tal vez no agradezca el elogio). Otros se someten tácticamente, a cambio de beneficios concretos: el ejemplo más claro es, una vez más, el de los sindicalistas. Son aliados «reversibles» y por lo tanto peligrosos, dice la nota. Otros sectores no ceden: aquí Grondona menciona a la dirigencia agropecuaria o la eclesiástica. «Cuando la resistencia es digna y mesurada, (Kirchner) termina por respetarlo», dice el ensayista y, si se observa bien, acierta: hay quienes pueden tratar al santacruceño sin coincidir y sin «borocotearse».

El columnista dedica otro párrafo a advertir cómo el liderazgo de Kirchner es ejemplar en el seno del gobierno: aquí y allá se reproduce el método que pretende avasallar (cita a funcionarios como el controlador de precios Guillermo Moreno, Miguel Campos o Javier de Urquiza, de agricultura).

Grondona termina la nota diciendo que, a pesar del éxito obtenido en el empeño de dominar la pirámide política, el estilo presidencial tiene dos limitaciones crecientes. Por un lado, ya hay quienes lo advirtieron y se sustraen a sus mecanismos (el caso de la ministra finlandesa que suspendió su viaje a la Argentina para evitar malos tratos); otros se pliegan pero con la expectativa en una pronta emancipación, ya que -descubre Grondona- Kirchner carece de carisma y, por lo tanto, de adhesiones emocionales y sentidas.

VAN DER KOOY, EDUARDO.
«Clarín».


El columnista se alinea en la fila de hombres y medios de prensa que -no digamos por qué- se han vuelto «cipayos», como los soldados traidores de India que integraban las fuerzas inglesas, según usaba el término el general Juan Perón. Apoya a la papelera Botnia, de Uruguay, y lo hace con tal conocimiento que la llama «finesa» no finlandesa.

Pero exagera el cariño y cae en la antidemocracia. En un párrafo pide que «habría que indagar qué dirigentes políticos o sociales y con qué fundamentos fogonearon esa creencia colectiva» de los entrerrianos preocupados por su salud futura. O sea, pide espionaje y delación para intereses extranjeros. El gobierno que acaba de oficializar dos SIDE podría hacerle ese favor, aunque a Néstor Kirchner no le gusta Botnia, algo que desespera a Van der Kooy. En lo demás su columna dominical hace disquisiciones sobre si al Presidente le conviene la «transversalidad» o directamente encaminarse a través del peronismo, un partido hoy desfigurado y en estertores usado sólo por conveniencias. La primera posición se la adjudica, al parecer críticamente, al ministro Alberto Fernández. Como amanuense fiel de «Clarín» Van der Kooy suele atacar en el gobierno según intereses empresarios. En columnas de la semana anterior su blanco fue el secretario general de la presidencia Oscar Parrilli, a quien degradó con referencias duras, pero estaba el negocio de por medio: de Parrilli depende el CONFER y «Clarín» por cable (compró el de Río Negro que llega a Neuquén) y por televisación abierta quiere dominar monopólicamente también esa ciudad. Sobre todo presiona a Parrilli porque surgió un grupo privado que quiere poner un cable en Neuquén y, es más que sabido, a «Clarín» la competencia nunca le gusta.

Sobre que Kirchner optara por subirse al justicialismo olvida el análisis que eso le podría alejar al radicalismo borocotizado.

Aparte de eso, a Kirchner le traba la lengua la mención de Juan Perón y le dan náuseas los viejos símbolos partidarios si los tiene que sobrellevar en un acto. Ni hablar si tuviera que cantar la famosa «marcha peronista».

MORENO, SERGIO.
«Página/12».


Vale su contribución de ayer porque reproduce dos frases del Presidente, vaticinios de campaña que parecen prefigurar lo que pasará. 1) «A mi mujer no la mando a la provincia (de Buenos Aires) ni loco»; 2) «Para ganar acá, en Capital Federal, lo necesitamos a Roberto». Lo dijo, según Moreno, Néstor Kirchner, aunque la referencia al ex ministro es algo vieja, data de cuando destituyeron a Aníbal Ibarra como gobernante porteño. Nada indica que esto ocurra en el futuro, más cuando el mismo diario en 2004 puso en la boca del Presidente el anuncio de que Cristina de Kirchner sería candidata a diputada nacional por la Capital Federal.

Igual valen las menciones, aunque sería útil ahondar un poco en las razones de estos adelantos. El método de « bajar» desde los despachos oficiales las versiones de anuncios de medidas de gobierno y designaciones para « probarlas» en el público lo inauguró hace muchos años, en la era Menem, el entonces ministro y jefe de Gabinete Eduardo Bauzá. Puestas esas versiones a circular, se probaba la adhesión o rechazo del público y con esos elementos se tomaba o no la decisión.

A eso sirve la columna, no tanto al análisis que hace Moreno, muy teñido por las interpretaciones oficiales, como cuando dice la candidatura de Cristina de Kirchner a senadora «rediseñó el equilibrio de poder en la Argentina», cuando en realidad lo que rediseñó es el equilibrio de poder del duhaldismo, hoy alineado detrás de Kirchner -con alguna pequeña excepción- sin cambios de nombres ni metodologías en esta fracción del peronismo.

La mención de Lavagna como candidato a jefe porteño en 2007 circula desde que era ministro de Economía y se ocupó él mismo de desmentirla; no se conocen muchos casos de que Lavagna falte a la verdad cuando dice algo. Del Presidente sí, como cuando dijo que ninguno de los funcionarios candidatos del oficialismo a legislador iba a permanecer en su cargo.

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