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25 de septiembre 2006 - 00:00

Comentarios políticos de este fin de semana

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Cristina Kirchner y Juan Carlos Blumberg
GRONDONA, MARIANO.
«La Nación».


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La cúpula del gobierno permaneció una semana en Nueva York y eso dejó poco para comentar el fin de semana porque la gira del Presidente ya fue bastante -diríase demasiado por sus pocos hechos relevantes- informada. Un vocero de prensa presidencial, como Miguel Núñez, que declara que «mi tarea es no dejar acercar a los periodistas» (según incluye el semanario «Perfil») es bien elocuente del momento.

Mariano Grondona por lo menos se aparta de las aventuras neoyorquinas del presidente Kirchner y se arriesga en un tema espinoso. Las palabras del papa Ratzinger, muy críticas del Islam en cuanto impulsa la violencia, que impactaron mundialmente.

El columnista invoca una profecía, que no suena muy convincente por mecánica, del año 1100 de un monje italiano Joaquín del Fiore por la cual la religiosidad tendría tres etapas: la del Dios padre que se extendería hasta hace 2006 años; la del Hijo Jesucristo que surge allí y una tercera que sería del Espíritu Santo con la característica de que ésta simbolizaría el inicio del diálogo y el acuerdo de tres religiones -católica, judía e islámica- para descartar toda la forma de violencia entre esas religiones y cuando la logren recién vendrá la paz en los pueblos. ¿Por qué no incluir al budismo? La naturaleza del hombre, ¿le permite una paz permanente?

En ese sentido, el columnista considera que las palabras de Benedicto XVI en su tierra alemana más que una imprudencia serían un inicio de la tercera etapa, el acuerdo de tres religiones cuando en la católica entraría la preeminencia del Espíritu Santo. La realidad es que si la voz del Papa es la de Jesucristo en la tierra podrían entenderse las de Ratzinger como palabras premeditadas, puesto que Dios no se equivoca. No se ajusta muy bien esto a lo que el mismo Papa ratificó sobre que se entendieron mal sus dichos, para tratar de calmar la reacción islámica donde efectivamente hay grupos violentos que actúan y el grueso de la comunidad no porque no comparte eso aunque ambos se guíen por el Corán. El columnistano lo dice pero habría una deducción que falta: si el Papa no se equivoca en cuanto a los temas trascendentes del catolicismo, porque su voz es la de Dios, se estaría frente a una estrategia divina que consistiría en que este Papa irrite al islamismo para que algún día su sucesor tenga oportunidad de abrir el diálogo con los dirigentes de los creyentes de Alá simplemente por la afinidad con los enemigos -inicial al menos- que se da bastante comúnmente en toda forma humana con el arribo de un nuevo mandatario.


MORALES SOLA, JOAQUIN.
«La Nación».


Hace hincapié en un aspecto de la gira presidencial por Estados Unidos que los periodistas viajeros no tienen condiciones para deducir: Kirchner en vísperas de un año electoral no quería un saludo -menos una foto- con George Bush. Prefirió un encuentro con su subsecretario, Tom Shannon, importante, digno de ser atendido pero en Buenos Aires. Es una afirmación interesante del columnista porque efectivamente aquí en la Argentina -Néstor Kirchner es sólo uno más- hay quienes creen que presentar un progresismo de izquierda o semiizquierda es ineludible para ganar comicios presidenciales, aun en políticos superaburguesados. «Ganar por la izquierda y gobernar por la derecha» es una buena burda estrategia política que conoce hasta el puntero barrial más simple y hedonista. «Por lo menos identificarse con algún peronismo para no aparecer abiertamente proclive a la iniciativa y propiedad privada», se estudia en las clases empresarias. Que la izquierda real, incluyendo la moderada y la ultra, nunca haya superado 10 o 20 por ciento no los inhibe. Aunque en el fondo desprecien a los que llaman « zurdos» y los asocien al extremismo no impide que insinúen esa tendencia.

Los Kirchner, no obstante, son raros en todo y gobiernan con una gran confusión ideológica. Si hasta exageraron con la izquierda ¿necesitan alabarla más y perjudicar al país por no ir a un cóctel de Bush? No tiene el gobierno a la ultraizquierda, pero no van a caer en la ingenuidad de creer que representan en las urnas más de 2 o 3 por ciento promedio de los votos y que nunca los tendrán, precisamente por eso, porque son ultras y si algún gobierno instalara una dictadura de izquierda se le correrían más al extremo y le pedirían la anulación de la propiedad privada. Y si lo hiciera se irían más lejos porque es una manera de subsistir. No puede uno imaginarse en los Kirchner -más allá de la ingenuidad con que lo sostienen, inclusive en cenáculos internacionales cultos donde los miran irónicos- que no crean que la próxima elección la ganarán por la plata que reparten (China mediante) y repartirán sino por supuestos logros con «planes» o «ideas nuevas» que no existen ni permitirían gobernar con esta línea sin un sólido aporte externo. Que tampoco existiría un Hugo Chávez en la austeridad sin sólidos petrodólares.

Morales Solá arriesga luego algo que es peligroso -sobre todo en el futuro inmediato- para todos los moderados y realmente democráticos argentinos: que se suponga que esa corriente es extranjerizante. Así se defendió a la papelera contaminante finlandesa Botnia y a Uruguay contra la salud de los entrerrianos; a Chile porque no le seguimos subsidiando el gas -luego de haberlo hecho 11 años- a costa de la necesidad de los argentinos. Es cierto que con empresas españolas, francesas y norteamericanas el gobierno hace mal -y se lo hace al país- congelando tarifas en función de rentabilidades pasadas. Pero no Botnia, no el gas barato a Chile. Este diario, por ejemplo, critica tarifas y control de precios pero nunca cayó en antiargentinismos y considera que cuestionarles a empresas extranjeras que obtengan permisos de pesca en las Malvinas y también en la plataforma argentina, sin optar, no es un mal intento porque lo contrario alimentaría la pérdida de la soberanía de las islas. El columnista de «La Nación» cree lo contrario, toda política hacia el extranjero, Cristina Kirchner Juan Carlos Blumberg aun una razonable, es mala.

WEINFELD, MARIO.
«Página/12».


De los columnistas del domingo es el único que cumple con el cometido de un análisis político de la coyuntura, volcados sus colegas a glosar el resultado del viaje presidencial a Nueva York (Morales Solá. Van der Kooy) o a la política internacional (Grondona y Verbitsky, exégetas ayer de las palabras del Papa sobre el islam). Weinfeld describe con más agudeza que datos nuevos cómo enfrenta el gobierno las elecciones: se le presume ganador en un país que ha pulverizado los partidos y ha hecho crecer la importancia de los caudillos. Eso ocurre en el gobierno y en la oposición, que decidirán sus candidaturas según la lógica interna del reparto de roles y no en consulta con los ciudadanos, como estaba prometido en la nueva política que nunca llega.

El gobierno tratará de armar como Duhalde en 2003 una «ley de lemas» de facto con postulantes en las provincias auspiciados por Kirchner. Como dice Weinfeld, se enfrentarán «radicales K contra Pichettos, juecistas contra delasotistas y setentistas armando listas locales». ¿La causa? «La carencia de cuadros del kirchnerismo -dice Weinfeld, un periodista ligado al oficialismo y que por eso importa más que lo reconozca él- es toda una referencia acerca de sus límites para convocar, para promover cuadros, para hacer algo fuera de los marcos de la gestión gubernamental.»

Las decisiones de ese espacio, reconoce Weinfeld, se resolverá «en algo más pequeño que un cenáculo, sin convocatoria a cuadros ni a militantes», algo común en país donde «sólo la protesta social vía acción directa es premiada en la praxis local».

Sobre la oposición el columnista se entrega a especulaciones. Cree que Lavagna y Carrió son atractivos para un sector del público pero que no tiene armado nacional. El centroderecha, en cambio, sí podría armar un esquema mejor, de más amplitud territorial y con ambición competitiva siempre que lograse algo hoy difícil, unir los empeños de Macri, López Murphy, Blumberg (a quien Weinfeld destaca como «el mejor proyecto de la derecha para la provincia de Buenos Aires») y Sobisch.

Lo destacable del panorama de Weinfeld es cómo desnuda, desde la óptica del oficialismo, los rastros de una crisis política que no termina y que deja a los caudillos sin mediación con la base, en decisiones que haría bien de calificar de autoritarias, si el discurso oficial se lo permitiera.

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