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Tato Bores y Jorge Valdano.
«La Nación».
«La Nación».
El columnista dedica el servicio a una justa invectiva contra las encuestas, ese producto publicitario que se derrama sobre los votantes buscando capturar su voto. Imagina Grondona que las hay de dos tipos, las que hacen los candidatos o gobernantes para conocer las pulsiones de la sociedad y saber hacia dónde girar el timón. Otras, que anuncian intención de voto, las usan como avisos publicitarios confiados en que el público quiere jugar a ganador, porque más que las ideologías o las posiciones partidarias, lo que quiere es festejar un triunfo propio, junto a quien sea.
Lo ilustraba aquel imperdible monólogo de Tato Bores sobre el escrutinio de las presidenciales de 1989, cuando decía: «Me dormí festejando que ganábamos con Lúder y me desperté festejando que ganábamos con Alfonsín». O el dictamen del futbolista-filósofo Jorge Valdano sobre el fútbol, que bien puede aplicarse a la política: «En un partido -ha dicho- un 10% de los asistentes quiere ver buen fútbol, otro 10% va porque tiene algún negocio, pero el 80% lo que quiere es ganarle al otro».
Grondona les saca tarjeta roja a los dos usos de las encuestas, el que emplea los datos que recoge para halagar al público y complacerlo en el corto plazo, aunque implique postergar el bien público, que se sirve las más de las veces en realizaciones a largo plazo. Y el de quien se exhibe como presunto ganador, aunque no lo sea más que en los sondeos que él encarga, buscando engañar al votante oportunista.
Cabe citar aquí el último discurso de Tony Blair al anunciar su salida del gobierno, una de las piezas de oratoria que se recordarán en el futuro entre las de este tiempo por su profundidad. Dice Blair allí: «Cuando uno es gobierno hay que dar la respuesta, no una respuesta, LA respuesta. Y uno se da cuenta allí que poner primero al país no significa hacer lo correcto según la sabiduría convencional, el consenso dominante o lo que dice la última encuesta de opinión pública. Significa que hay que hacer lo que genuinamente uno cree que se debe hacer por encima de todo eso».
VERBITSKY, HORACIO.
«Página/12».
Más cerca que nunca de la conversión, el columnista dedica dos tercios de la entrega de ayer a glosar el Tedeum del 25 de Mayo en Mendoza. Emula uno de los géneros periodísticos en que es brillante el diario monárquico «ABC» de España, que es la crónica de misa. El redactor de ese género suele ir a un barrio, escucha la misa del párroco, por decir, de Móstoles, y relata para los lectores del diario el sermón, lo compara con los de años anteriores y los de sus colegas de otras parroquias. Aquí Verbitsky glosa la homilía del obispo de San Rafael, Eduardo Taussig, con el solo propósito de enojarse con la Iglesia Católica, a la que le presta una atención sólo concebible en quien protagoniza un episodio de conversión.
Se revuelve ante los símbolos, polemiza con la historia como si quisiera, a lo Unamuno, encontrar algún resquicio para reconciliarse con todo eso que critica.
Eso lo lleva a conmovedoras rabietas con el pasado medieval de la institución, su aspiración a que el universo cante las glorias del creador y se someta a sus designios que, por supuesto, traducen con su misma debilidad terrenal, papas, obispos, curas, curitas, monjas y monjitas. Claro que la Iglesia, con rituales como el Tedeum, busca que el género humano mire al cielo, pero de ahí a decir que menoscaba la soberanía popular, como dice el columnista, es una exageración de la ignorancia. Si hubiera leído un poco más, encontraría que la doctrina moderna de la soberanía popular les debe mucho a los curas. Se enoja cuando Taussig ilustró la pequeñez de los destinos humanos mencionando a « niños» que deben conocer y respetar a Dios con nombre como Eduardo (Taussig, le faltó agregar) o Néstor (Kirchner, ídem), Cristina ( Fernández) o Julio (Cobos). Le parece una falta de respeto en el trato, así como que el gobierno tolere estas ceremonias que no tienen rango constitucional ni legal. Tampoco los tienen los actos masivos, ni los asados en Olivos, ni tantas otras ceremonias en que son pródigos los políticos. Debería, en todo caso, preguntarle a Kirchner, a quien se dedica a ensalzar, por qué admite participar en ellos.
El otro tercio de la columna lo dedica a la alabanzadel presidente-que-retoma-la-iniciativa. No se anima a decir que antes de ahora el gobierno la había perdido. El dictamen publicitario que acuñó en las últimas horas el oficialismo dice que el giro nace del despido de funcionarios «skankizados», la caída de la licencia del Roca y el Belgrano Sur, la solución -pagando- del odioso conflicto docente en Santa Cruz, la creación de la Renfe criolla para administrar trenes, la creación de un programa para acelerar los juicios por delitos aberrantes y, raro, por haberle dado «el primer reportaje a agenda abierta» a una «periodista no complaciente» como Magdalena Ruiz Guiñazú. Ver como mérito lo que debería ser normal en un gobierno es materia para la crítica y no para elogiarlo como si fueran aciertos luminosos. Pero claro, se trata de hablar bien del gobierno.
VAN DER KOOY, EDUARDO.
«Clarín».
Los cuatro años de su gobierno los transitó Kirchner con bajo perfil. No es otra cosa que eso, evitar los reportajes a diarios como en otros aniversarios o el acto de contrafrente que ofreció el 25 de Mayo en Mendoza, casi un acto de cámara, pese a que se dijo hubo 50 mil asistentes que se notaron bien poco en la agenda del viernes en un país que está mirando otra película. Lo mortifica el columnista al gobierno cuando dice que hay fatiga social, que los efectos de la bonanza económica se aletargan, que el Presidente no está en su mejor momento, que la imagen de Néstor Kirchner ha caído 10 puntos, y que fue un desacierto elegir Mendoza, provincia asolada por la inseguridad, para exhibirse justo en el aniversario de un gobierno que ha hecho bien poco para superar esa maldición que es la ola criminal.
Para ahondar esa mortificación,Van der Kooy ensaya una comparación entre Néstor y Cristina Kirchner en la que ella gana por varios cuerpos. Sin proporcionar muchos testimonios, el columnista la pondera por su apego a lo institucional (pese a que promovió todas las enormidades institucionales del gobierno de su marido), su crítica al duhaldismo en la alianza de gobierno (aunque la haya llevado al Senado por la provincia que domina el ex presidente).
Cree que se parecen en el culto al sigilo y a manejar el país con una mesa chica que elude los plenarios de ministros. De paso, ¿de dónde le viene la fobia a los Kirchner por las reuniones de gabinete? Al decir del Presidente en el reportaje grabado el miércoles para «Continental», se debe a la molestia que le produciría el relato en la prensa de lo que hablan los ministros. Otra muestra de debilidad del gobierno ante una sociedad a la que cree su adversaria.
También identidad en los afectos a ciertos funcionarios (Alberto Fernández, Carlos Zannini, Jorge Taiana, Graciela Ocaña). En el final de la columna, como otros colegas del domingo, Van der Kooy se lamenta de la citación de la Justicia a Jorge Telerman a explicar su licenciatura o no licenciatura. Pone en línea ese trámite ordenado por el juez Jorge Ballesteros, con las ominosas pintadas antisemitas sobre afiches del candidato a la reelección en Capital. ¿Favoritismo hacia Telerman en el columnista? Imposible probarlo, pero esta identificación entre los dos hechos no gustará en los cuarteles del kirchnerismo que postula a Daniel Filmus.




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