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Resume el columnista lo que se conoció durante el fin de semana del encuentro para la foto entre el embajador de los EE.UU. Anthony Wayne y Cristina de Kirchner, el principal esfuerzo de marketing del gobierno desde que asumió el 10 de diciembre. Nunca los presidentes Kirchner quisieron recibir embajadores (Néstor delegaba la recepción de credenciales en Daniel Scioli y Jorge Taiana) pero las necesidades de escenario torcieron las convicciones con la intención de mostrarla a ella recibiendo el perdón del delegado de George Bush. Nunca pensó la Presidente en pelearse con Washington, pero la pesada herencia de valijas y proyectos selváticochavistas la sacaron de quicio hasta este nuevo giro. En Casa de Gobierno se celebró el acercamiento a Wayne como un procesado festeja una libertad condicional; es para descorchar, pero no se sabe cuánto durará ese beneficio.
El relato de Morales Solá enumera tres encuentros entre Wayne y Alberto Fernández en casas particulares en los cuales el delegado de Bush le aclarará con paciencia de «pastor de almas» (dice la encantadora prosa del columnista) que ellos sabían de los dichos sobre dinero electoral desde un comienzo del affaire de las valijas (4 de agosto de 2007). La buena fe de Washington se probaría en que no se hizo público hasta después de las elecciones de Hugo Chávez (referéndum) ni de Cristina de Kirchner.
Otro aporte útil de la columna, que seguramente el gobierno desmentirá, es poner en boca de la Presidente la frase «Yo nunca fui antinorteamericana», expresión disonante con las que tuvieron su esposo Néstor y los coreutas del oficialismo cuando describieron, junto a ella, todo este caso como una operación «basura» de la administración Bush. Difícil imaginar un renuncio tan descomunal del gobierno frente a sus propios antecedentes, pero después del pacto entre Néstor Kirchner y Roberto Lavagna del viernes, todo es posible.
VERBITSKY, HORACIO. «Página/ 12».
La preocupación del columnista-asesor por la fe ajena es conmovedora, pero es la característica de todos los conversos, usualmente encendidos cuando tienen que referirse a las creencias de los otros. Ese fuego que viene de arriba -no de otro lugar- nubla la razón y fuerza explicaciones extravagantes sobre la historia de las relaciones de los gobiernos argentinos y la Iglesia católica. Se solaza con el entredicho surgido con El Vaticano por el rechazo del plácet para designarlo al ex ministro Alberto Iribarne como embajador ante el Papado por su condición de divorciado. Consta por confesiones de funcionarios que el gobierno no pensó en infligirle agravio alguno a Benedicto XVI con esa propuesta de un divorciado. Simplemente no se dieron cuenta, como tampoco se dieron cuenta de otras decisiones que después se le volvieron en contra por improvisación. Sin ir más lejos, el famoso cuento de los u$s 20 mil millones de inversiones que iban a venir de China se originó en la picardía de un empresario de ese país que alquiló un salón cercano a oficinas públicas para darles un almuerzo a diplomáticos argentinos a quienes les puso la pulga en la oreja y volvieron repitiendo las promesas escuchadas.
Pero estallado el caso, ahorael gobierno intenta revestir al entredicho de envergadura política. Dice bien Verbitsky que las relaciones con El Vaticanoson puramente protocolares porque lo importante se habla en Buenos Aires con el nuncio y no hay negocios comerciales que atender. Pero hiere a una mayoría católica del país que el gobierno haga escarnio del estilo que requiere otro estado en ese mismo nivel protocolar. Discrimina Verbitsky a un locutor al decirlo «infra dotado» porque comparó el envío de un divorciado al Vaticano con el de un embajador «nazi» (?) a Israel. Pero seguramente que la Argentina tampoco enviaría nunca de embajador a la India a un consignatario de Hacienda. Además, ¿qué interés especial tendría poner a un divorciado como embajador, cuando se sabe que esa delegación es un cargo honorífico con el cual la Argentina más bien quiere complacer a los católicos, no ofenderlos?
Verbitsky se desbarranca cuando dice que admitir el veto Vaticano sería ofender a 4 millones de divorciados y concubinos que habitan suelo argentino, gentes probas y de buen vivir que seguramente no están reclamando tener un embajador ante el Papa que condena el divorcio, el concubinato y otras formas de la buena vida.
En el deseo de darle a este blooper kirchnerista de no preguntar por el estado civil de Iribarne antes de proponérselo al Vaticano, Verbitsky incurre también en incorrecciones históricas. Por ejemplo, acusar al gobierno de facto de Aramburu de haber arrojado al país en brazos de la Iglesia al firmar el concordato que creó el vicariato castrense, como si el país hubiera sido un dechado de laicismo hasta esa fecha. En realidad quien incorporó formalmente a la Iglesia institucionalmente al Estado fue el gobierno de Juan Perón desde 1946 inaugurando formas desconocidas antes en el país, como la enseñanza religiosa en colegios y permitiendo la actuación en el mundo público y cultural de religiosos como Hernán Benítez en su primera presidencia, o el rol que cumplió en el otro peronismo de los '70 Carlos Mugica. A Perón tiene que adjudicársele el hecho de que la Argentina, que no tuvo problemas religiosos en el siglo XIX como otros países de América latina que habían heredado fuertes instituciones religiosas del mundo virreinal, sí los tuviera desde los años '40. No sólo desde 1946 sino ya antes, en 1943, cuando el gobierno del golpe en el que actuó también Juan Perón instauró sistemas de censura y de propagación de consignas ultramontanas que crecieron cuando fue presidente. Difícil imaginar antes de esos años que pudiera tener un rol importante en la Argentina un personaje como Oscar Ivanissevich, que cuando era funcionario llegó a componer piezas literarias condenando al surrealismo como forma de la corrupción de los tiempos modernos. Sin aquellos polvos hubieran sido imposibles los lodos de los '70 con atrocidades militares justificadas por un sector de la Iglesia. De todo esto se olvida Verbitsky cuando recorta la historia para complacer al gobierno en su rol de «giornalista di regime» (diría Oriana Falacci).
VAN DER KOOY, EDUARDO. «Clarín».
Sin mucha información nueva, el columnista del monopolio hurga en heridas del oficialismo, al que no cree liberado de los desaciertos del debut cristinista. Cree que cada ladrillo que intenta fijar la Presidente en política exterior afloja a otro. Le reprocha apresuramiento en el trato con Estados Unidos en el caso del valijero bolivariano. También ligereza al consentir el peaje que montaron los asambleístas de Gualeguaychú en puente que une con Uruguay. Como en la entrega de Morales Solá en La Nación, hay derramamiento de elogios hacia el embajador de los Estados Unidos, a quien califica de «colaborador discreto, eficiente y empeñoso». Al gobierno lo describe en estado de extrema debilidad al consentir la Presidente «una cumbre sin equivalentes».
En el tratamiento del caso del divorciado Iribarne, Van der Kooy parece avalar la información sobre un desliz del oficialismo por no mirar bien los papeles antes de proponerlo como embajador en el Vaticano que, después de estallado el conflicto, se lo quiere recubrir de política seria. Pone en la mesa de debate la disolución del vicariato castrense, institución que es poco simpática al resto de los obispos argentinos y cuyo acuerdo con Roma para que siga existiendo, el gobierno ya ha dicho derogará. Traerlo a este debate es una forma de avalar la intención del gobierno de darle al blooper un sentido político para justificar errores de funcionarios apresurados (entre ellos los Kirchner). Basta ahora esperar con qué operación de marketing los Kirchner van a superar el incidente, en qué rincón dejarán las convicciones, porque lo que seguro no van a querer perderse es el show con el Papa para celebrar los 30 años del tratado del Beagle, algo que sumará más adhesiones de la mayoría católica y con la que se buscará una reparación. Seguramente designando un embajador en El Vaticano que se parezca más a los Kirchner, que nunca se han divorciado, se reconocen como católicos y que no pierden oportunidad de declararse antiabortistas.
GRONDONA, MARIANO. «La Nación».
Renueva sus títulos el profesor con un pedido al cielo de que la dirigencia política argentina advierta que el país, en sus palabras, ya tiene gobierno, pero no sistema. Con esto les reclama, especialmente a los Kirchner, que abandonen sus sueños hegemónicos de perpetuarse en el poder para convertirse en «fundadores de una república inmortal». ¿No ha advertido el profesor que los Kirchner no quieren?
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