ver más

Ya superaste el límite de notas leídas.

Registrate gratis para seguir leyendo

11 de agosto 2008 - 00:00

Comentarios políticos de este fin de semana

ver más
Luiz Inácio Lula da Silva.
MORALES SOLA, JOAQUIN. «La Nación».

El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.

Algo les darán de beber en el diario «La Nación» a sus columnistas de los domingos para que sostengan con tanta pertinacia la esperanza de que los Kirchner alguna vez van a cambiar de ideas, modos y proyectos. No hay dato alguno que alimente esa fe, revelada vaya a saber por qué escrituras, porque el matrimonio que forman Néstor y Cristina de Kirchner nunca ha expresado que en el plexo de sus sueños, convicciones y utopías figure algún cambio. Muy por el contrario, los Kirchner emplean esfuerzos y dineros públicos para hacer alarde urbi et orbi de lo satisfechos que están de ser como son. La Presidente ha llegado a decir en un discurso que algún día sus adversarios entenderán (y aceptarán) lo que ellos dicen y hacen. ¿O no han dicho también que el de ellos es el ciclo más exitoso de la Argentina en 200 años?

Morales Solá dedica otra columna, la de ayer, a decir que los Kirchner no entienden la realidad y que por eso no aceptan que han vivido la semana anterior la peor en materia de economía desde que asumieron en 2003.

Les reprocha falta de vocación de cambio, pero lo hace con tanta vehemencia argumental que termina enumerando las razones por las cuales los Kirchner no deberían cambiar: si admitiesen la cifra de inflación que dan los estudios privados (24% anual, digamos), deberían admitir aumentos en los servicios públicos, enfrentar reclamos salariales de dos centrales obreras que competirán en dureza para exigirlos. También deberían aceptar que la deuda pública es más alta de lo que se dice.

Por todo eso, los Kirchner, reconoce el columnista, pagarían costos políticos altísimos, razón por la cual es que mejor no cambien. No lo habría dicho mejor Kirchner en sus sesiones de terapia con intelectuales del Barrio Norte porteño. Hasta se justificaría el reproche que, cuenta el columnista, les lanza Cristina de Kirchner a los funcionarios que le piden que abra las ventanas a la vida y mire la realidad: «Estás leyendo mucho los diarios» o «Ya te lavaron la cabeza». En suma: los argumentos que Morales Solá expone explican las razones por las cuales el gobierno ha preferido enfrentar los problemas «morenizando» la economía y «chavizando» la política exterior.

GRONDONA, MA RIANO. «La Nación».

Víctima de la misma pócima que sus colegas, el profesor es menos sutil. Cree que si los Kirchner no cambian, directamente el gobierno de Cristina de Kirchner terminará mal. Le concede dos posibilidades: un aterrizaje «suave» en el caso de que la oposición armase un frente que les gane limpiamente las elecciones de 2009 y de 2011, o un aterrizaje «de emergencia», como el que sufrió la presidencia de Fernando de la Rúa.
Estas reflexiones servirán como para que Néstor Kirchner alimente sus fantasías sobre conspiraciones destituyentes; recordar el final de De la Rúa, por más que se usen metáforas aeronáuticas, es mentar un golpe político.

Para que haya un «aterrizaje suave», el profesor reclama «dotar al país de dos fuerzas alternativas, republicanas, competitivas y tolerantes». Quizás en una entrega próxima de sus columnas se digne explicar quién haría esa magnífica e ideal construcción política. Cómo se haría con estos barros tercermundistas el edificio sólido de un sistema con dos fuerzas (¿por qué no tres o cuatro?), alternativas (¿con plazo preestablecido, aunque ganase el otro?) y encima tolerantes, en un país en donde la intransigencia sigue siendo un mérito político y no, como en realidad lo es, la negación de la política.

Como remedio, se concede el profesor la ilusión de que todo el antikirchnerismo se junte contra los Kirchner, algo que en realidad es lo que éstos buscan como palanca para su continuidad en el gobierno, como lo exhibieron en la última pelea con el campo.

VAN DER KOOY, EDUARDO. «Clarín».

Dedica el columnista del monopolio la entrega de ayer a reseñar las inquietudes que dice percibir en mensajeros de Brasil y de los Estados Unidos sobre la estabilidad institucional de la Argentina. Esas señales las dio el asesor de Lula da Silva, Marco Aurelio García, en una previa a la visita de su presidente al país la semana anterior, y también el subsecretario de Asuntos Hemisféricos de los EE.UU., Tom Shannon. Este hasta llegó a proyectar un viaje al país a hacerse cargo de los acontecimientos. Prefirió enviar a un asesor de la cámara de senadores a que lo viese a José Pampuro y le hiciera notar la preocupación de Washington por la suerte de los Kirchner.

Este tipo de especulaciones tiene un armado simple y que el lector debe conocer: los informes sobre la Argentina se hacen en Buenos Aires en las embajadas, con información que dan recortes periodísticos y los charlistas y otros agoreros que tienen el abono de esas embajadas. Los informes viajan a las capitales y después regresan prestigiados por periodistas de afuera que les dan entidad política a especulaciones que se pueden escuchar en versiones más solventes en algunas confiterías de la Recoleta.

Pensar en que tenga importancia el viaje de un asesor presidencial o diplomático a la Argentina es darle importancia en Estados Unidos al viaje, digamos como ejemplo, de una Magdalena Faillace (asesora de Jorge Taiana, antes en el Senado de Antonio Cafiero) a Washington a expresar la preocupación de la Argentina sobre las futuras elecciones presidenciales en ese país.

Estas señales conviven con otras, que parecen más pacíficas, pero que importan mucho más, como la cena que ofreció antes de viajar al país la semana pasada el embajador Timerman al vicecanciller de Bush, John Negroponte, a la que asistieron los directores de «The Washington Post» («Bo» Jones) y de la revista «Foreign Policy», el embajador de Israel y el biógrafo de Perón, Joseph Page. U otra cena de hace unos días, también en la residencia de la embajada argentina en Washington, a la que concurrió nada menos que el director de la CIA, Michael Hayden, un oficial de la Fuerza Aérea. En ninguna de esas reuniones se habla de procesos destituyentes ni, mucho menos, en la Argentina. No le gusta al gobierno -cautivo del «bonafinismo»que este tipo de relaciones se conozcan mucho, pero no deja de fomentarlas.

Señala Van der Kooy otros hechos que sí gravitan mucho más: el freno de las obras públicas en el interior, la demora en el envío de fondos a provincias ya comprometidos. Como especulación más que jugosa es la que dice que los Kirchner esperan un final ruidoso a su relación con Julio Cobos. ¿Un portazo a lo Chacho Alvarez?

Últimas noticias

Dejá tu comentario

Te puede interesar

Otras noticias