El ex ministro de Economía Domingo Cavallo y el entonces secretario de Energía, Carlos Bastos, decidieron no otorgar más partidas presupuestarias para continuar Atucha II en 1995. Pero ya desde antes, incluyendo la época de Raúl Alfonsín, el dinero para la obra llegaba con cuentagotas.
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Para el alfonsinismo, el plan nuclear se veía como una herencia de los militares y por eso no se interesó en impulsarlo. Lo de Cavallo-Bastos fue distinto. A la hora de achicar el presupuesto nacional, se decidió no otorgar más recursos para la obra.
Además, en 1995, se creía que la Argentina tenía gas para varias décadas y para exportar a toda la región. También la desregulación y los precios de la electricidad habían impulsado la instalación y ampliación de varias centrales térmicas, algunas de ellas como el último ciclo combinado de Central Costanera, para exportar electricidad a Brasil, lo que ahora suena irónico.
No rentable
Con esa visión, que fue muy cortoplacista, Bastos propuso en 1995 transformar Atucha II en una central a gas, pero la reconversión resultaba más cara que instalar una planta nueva. Pérez Companc, la única empresa que miró el proyecto, fue la que dijo que no era rentable.
Frente a ese contratiempo, y para que Atucha II no terminara en chatarra, Cavallo-Bastos idearon el proyecto de privatizar Atucha I y Embalse ya en funcionamiento con la condición de terminar la central inconclusa.
Pero los tiempos políticos jugaron en contra. Pudieron formar Nucleoeléctrica, como empresa independiente de la Comisión Nacional de Energía Atómica, para hacerla vendible, pero el poderoso ministro debió renunciar justo cuando el proyecto de ley de privatización entró al Congreso, junto con iniciativas similares para Yacyretá y los aeropuertos.
Carlos Menem pidió al Congreso que los proyectos se votaran igualmente, pero el único que terminó saliendo fue el de aeropuertos, y no sin dificultades. Desde 1995 y hasta 2004, nadie pensó en Atucha II, salvo la alemana Siemens para hacer juicio por incumplimiento del contrato.
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