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25 de abril 2006 - 00:00

De Vido contiene a su tropa en Agricultura

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Por una vez, se le dio: Julio De Vido debió contener a sus hombres de la Secretaría de Ganadería, Agricultura y Pesca que amenazaron por renunciar por un inverosímil «cansancio moral». El domingo por la tarde, no bien llegó desde Bolivia, Javier de Urquiza (secretario de Agricultura), Carlos Cheppi (presidente del INTA), Carlos Milicevic (jefe de Gabinete de Urquiza) y Jorge Amaya (presidente del SENASA) se quejaron ante su jefe por la decisión del gobierno de mantener en su puesto a Miguel Campos, superior de todos ellos en la Secretaría de Agricultura. Campos, como se sabe, fue procesado por el juez Rodolfo Canicoba Corral en la causa por la asignación de la «Cuota Hilton», que iniciaron los grandes frigoríficos exportadores.

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Por supuesto, ni De Vido aceptó la renuncia ni sus hombres insistieron mucho en presentarla. En la conversación se expuso el criterio político que adoptó el gobierno para mantener a Campos, que reproduce la forma de pensar de gobiernos anteriores. «Si establecemos la norma por la cual cada procesado debe abandonar el gobierno, el poder pasa a Comodoro Py» ( avenida porteña en la que están localizados los tribunales federales). El razonamiento toma en cuenta un dato delicado: ya son 40 los pedidos de procesamiento que pesan sobre funcionarios del gobierno actual y varios de ellos lo tienen al propio De Vido como imputado.

El ministro, así y todo, no lucía demasiado afligido por la crisis desatada en un área en la que interviene desde la segunda línea. Una convención que se fijó no se sabe bien ni cuándo ni dónde, establece que a él le toca hacer las manualidades, siempre escabrosas, del gobierno, mientras a Alberto Fernández le corresponde la exaltación moral pasablemente progresista. Que esta vez haya sido Fernández el encargado de defender a Campos y apostar a que la Cámara Federal revierta la medida dictada por Canicoba regocija a los subordinados del ministro de Infraestructura, casi todos «pingüinos» y, en general, antiporteños.

Las peleas de facción entre los hombres de De Vido y Campos en la Secretaría de Agricultura es antigua. Pero se animó mucho con el procesamiento. Urquiza creyó llegada su hora para dominar por completo un jardín que mira con codicia. Es cierto que nunca pensó en suceder él mismo a Campos. Pero tiene varios candidatos en su núcleo. Desde Cheppi -a quien tiene como el más calificado experto en cuestiones agropecuariashasta Nieto, quien tal vez no tenga aquellos pergaminos pero exhibe una subordinación total.

Sin embargo, Kirchner tuvo ideas distintas de las de Urquiza. Tal vez también de las de De Vido. Campos sigue al frente del área, disminuido. Intenta abonar uno de los atractivos de su gestión para el ala izquierda de la administración: ya que no logró aportar demasiados valores técnicos a la gestión, por lo menos se envuelve en banderas simpáticas para los sesentones setentistas que ocupan las subsecretarías de Kirchner. Así como se enredó en una polémica con la «oligarquía vacuna», también va contra las multinacionales tipo Monsanto, como se demostró la semana pasada, cuando decidió eximir a una empresade la obligación de registrar innovaciones genéticas en la producción de semillas. La beneficiaria, es cierto, es otra multinacional norteamericana. «Curiosa variación de un filántropo» (Borges).

  • Incógnita

    Nadie sabe, sin embargo, si Kirchner no reemplaza a Campos porque lo cree inocente, porque no les quiere dar un trofeo a los jueces federales (finalmente, reformó el Consejo de la Magistratura pensando en casos como éste) o porque no tiene reemplazante para el cargo. Por ahora, la única materia de la que debe ocuparse un secretario de Agricultura es la definición de una política de precios para el sector. Y eso no corre por cuenta de Campos sino de Guillermo Moreno. Este funcionario tendrá la fama que le hacen los diarios pero, en la intimidad, se muestra más sensato de lo que se supone: consciente de su limitación para una materia, la del negocio agropecuario, que le resulta ajena, quiere cerrar un acuerdo con el sector y dedicarse a otros asuntos. Cuando eso suceda -quizá esta semana-, Kirchner deberá resolver un problema más de los que presenta su gobierno: la carencia de un interlocutor con el sector agropecuario, que ha sido puesto en las manos de un procesado y un repentino valuarte de la ética que, para dirimir sus disidencias filosóficas, usan las trompadas como argumento.

    Mientras tanto, en un importante hotel de Punta del Este, ya se realizaron dos rondas para un seminario de atracción de inversiones argentinas: seducen a dueños de frigoríficos para que crucen el río y se establezcan en Uruguay, sumergido como nunca en el sueño de la industrialización.

    Carlos Pagni
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