Defeccionó el Estado para defender a dos presidentes

Política

Ni siquiera se justifica en una Argentina subdesarrollada la incompetencia estatal que rodeó el traslado de los restos del general Perón. Sobre todo, cuando domina una administración que suele presumir de concederle más protagonismo al Estado. Porque la debacle de hace 48 horas, en San Vicente, al margen de responsables menores y posiblemente inimputables, revela una ausencia inquietante -casi tradicional- en temas de organización, seguridad y protección por parte del gobierno.

¿Se puede aceptar en forma liviana que la Casa Rosada le conceda la custodia del féretro de un ex presidente de la Argentina a un núcleo sindical? Para colmo, a un dirigente (Omar Viviani, taxistas) que en el último mes fue cuestionado desde el propio sector público por no cumplir con los mínimos deberes tributarios de un ciudadano común. No sólo desidia entonces de los funcionarios, apartamiento de la responsabilidad del cargo (lo más fácil en estas situaciones) y el endoso de la función a cualquier transeúnte de la vida; también falta de respeto por la investidura y hasta la trayectoriade quien fue tres veces presidente de los argentinos (el más votado en toda la historia, además). Quien, por antecedentes, reconocía ataques a su cadáver -amputación de manos- por tétricas o exóticas razones. Sorprendente mucho más la desatención porque, se suponía, Néstor Kirchner reconoce una filiación partidaria con Perón, con ese emblema llegó al poder, al cual sin embargo siempre olvidaba mencionar, salvo anoche en un discurso y casi como una curiosidad.

Si hubo irresponsable falta por un ex presidente muerto, más grave parece la nula previsión sobre la seguridad del que está vivo y en acción. Nadie puede entender que Kirchner -por más que quisiera fundirse como «uno más en la muchedumbre»- pudiera integrarse paladinamente al gentío de San Vicente, donde se podían haber juntado más de 40 mil personas, sin una mínima cobertura policial o de cuerpos especiales, sea de la provincia o del orden nacional. Disparate mayor que se comprobó en la ausencia de autoridad durante las refriegas: minutos antes de que el mandatario se trepara al helicóptero con su esposa, en la quinta no había ni un solo uniformado (ingresaron tardíamente, luego que se repitieran varios incidentes) de la Policía, Gendarmería o cualquier otra fuerza. ¿Acaso alguien pensaba -un maniático de la tercerización, sin duda- que las bandas de camioneros o de la UOCRA son más efectivas para proteger al jefe de Estado que las organizaciones de seguridad incluidas en el Presupuesto nacional? Inexplicable, casi una estupidez, a menos que uno se deje abonar por raras teorías de política menor.

Versiones, seguramente infundadas, que se empezaron a repetir en la primera parada de Perón en la CGT y que, ayer, aumentaron su intensidad a través de distintos voceros del sindicalismo. Aludían a la poca voluntad del Presidente para asistir al acto. Eso se sabía, claro, pero su determinación -y la de su esposa- había sido otra por la innegable repercusión popular del traslado: no se iban a perder ese contacto con el pueblo, al que tanto le cuesta reunir cuando lo convoca a Plaza de Mayo. Aunque, claro, el clima de hostilidad con la pareja se percibía en la central obrera cuando, acompañando al ataúd, la gente cantaba « Perón, Evita, la patria peronista», consigna ya olvidada pero dramáticamente en boga en los 70, cuando el sindicalismo se enfrentaba contra los montoneros. De ahí la prudencia de muchos de éstos retirados de la violencia -aunque hoy activos en la función pública- por evitar la calle Azopardo o no acercarse, siquiera, a San Vicente, donde «el Tula» y su bombo (por citar una de las expresiones) recordaba otra cita claramente definida contra ese nucleamiento activista: «Ni yanquis ni marxistas, peronistas» (el único presente en la CGT con algún coraje y obvia permisividad de sus rivales fue Dante Gullo).

Parece demasiado atrevido entonces enlazar ese sentimiento peronista, del pasado, con alguna consideración actual que afecte al mismo Kirchner y sus eventuales correligionarios de facción. Pero bien puede pensarse que, de palabra, tal vez no saliera intacto de San Vicente. No resultó casual que, ayer, desde la Casa Rosada, varios voceros del santacruceño salieran a denunciar, como causantes de los disturbios a elementos duhaldistas o del justicialismo atávico, a quienes definen como enemigos. Era lo que anidaba en su espíritu, con razón o sin ella. Lo asombroso es que quien preveía eventuales chiflidos o silbatinas no hubiera pensado -por lo menos- en una protección física más efectiva del jefe de Estado. Es inadmisible esa indolencia de los poderes públicos, a menos que ciertamente no se pensara concurrir. ¿O es que a Kirchner también lo debe defender Juan Carlos Blumberg?

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