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27 de febrero 2002 - 00:00

Dos afanes para un soñado plebiscito

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Y, es obvio, a Duhalde lo altera -desde que asumió- la definición de «Presidente designado» con la que algunos lo martirizan, quizá disfrutando por esa controvertida legitimidad que le significó alcanzar la primera magistratura no por el voto popular, sino por el pacto de los legisladores. Tal vez, para muchos, esa distinción no es significativa, pero el protagonista -como suele ocurrir- lo vive como un pecado. De ahí que, para resolver ese agujero de representatividad, algunos pensaron en la convocatoria a un plebiscito y Pampuro se convirtiera, desde el lunes de la semana pasada, en uno de los divulgadores de la idea. Nadie más que él sueña con hacer feliz a su jefe.

En rigor, lo del plebiscito atiende dos propósitos: l) neutralizar o intimidar a quienes, desde el PJ y otros sectores, claman por el llamado inmediato a elecciones generales como una forma de desplazar a Duhalde. La respuesta, entonces, es advertir que tambien él dispone de lo suyo en materia electoral; 2) revalidar con sufragios esa entente que hizo con el radicalismo de Raúl Alfonsín y su propio capital bonaerense (singularmente, también una forma de desprenderse del socio si en el futuro lo requiriese cualquier eventualidad). Aunque lo más deseable por Duhalde es abandonar la anomalía de su designación, la que a cada rato le hace decir que «no es un presidente débil». No se refiere en esa frase a su contextura física o mental, sino a la forma en que llegó al poder, no transparente del todo, y a la obligación de compartir con otros una categoría que, supone, sólo le corresponde a él (los legisladores que lo nominaron entienden que es un par de ellos).

La idea del plebiscito surgió al mejor estilo duhaldista de las encuestas. No sólo, ahora, lo mide una mujer bonaerense que maneja un aparato gigantesco, sino otros encuestadores que horadaron ese monopolio y sirven al gobierno. En general, los sondeos revelan que Duhalde, también su esposa Chiche, Luis Zamora, Elisa Carrió, luego Carlos Reutemann y José Manuel de la Sota son los únicos que figuran como posibles votados, en el caso hoy de una elección. La muestra no sirve para nada -al margen de otras razones- porque ninguno de los presuntos aspirantes alcanza siquiera 15%. Pero no son estos datos estadísticos los que tentaron a Duhalde y euforizan a Pampuro.



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