15 de abril 2003 - 00:00

Duhalde le pide a su espejo tres imágenes esquivas

Al culminar su gestión, Eduardo Duhalde se observa en el espejo y éste, como corresponde a una pieza decorativa del Estado, le devuelve una imagen que tal vez no sea la propia. Sí propia de la complacencia oficialista, aunque esa deformación al personaje no le molesta. Por el contrario, gusta verse alto (una estatura que no le otorgó la naturaleza), delgado (como si alguna dieta le hubiera producido efecto), elegante (en París, Jacques Chirac reclama sus modelos de ojotas y shorts ejecutivos, por no mencionar la entrañable seducción que despiertan sus trajes cruzados) y, a esa correspondencia estética, le añade otros componentes de superior agrado: 1) ser un hombre de izquierda -más si hoy decide su abstención en el caso cubano-al que Fidel Castro se privará de llamar «lamebotas», miembro de un club en extinción que se sirve de expresiones socialistas al estilo Lula; 2) un dirigente impoluto al que, por si alguien no lo dice, hace esfuerzos denodados de propaganda para demostrar su decencia («este gobierno no ha tenido ninguna denuncia de corrupción»); y 3) un político que manifiesta dedicación por exhibir su incapacidad, siquiera, de soñar con el fraude o volcar las urnas para favorecer un interés personal.

Al margen de otras lindezas del espejo mágico, esto es lo que ve el protagonista. Aunque ésta no sea exactamente la imagen que tal vez injustamente muchos se han hecho de él. Ya que, sin duda por razones de pésima comunicación -el periodismo siempre es el culpable-, a Duhalde se lo reputa como un populista no precisamente de izquierda (los marxistas argentinos se deben persignar ante la sola insinuación de que lo incluyan en su grupo), más bien inclinado a posiciones de cerril derecha, sea por respaldar a Carlos Ruckauf en su momento con el «meta bala», por asociarse en forma poco transparente con Aldo Rico o por alabar y compartir lo que fue conocido como «la maldita Policía». Por no olvidar su adscripción a las Seis Dos bonaerenses o citar pensamientos y graciosos chascarrillos de sus amigos íntimos -el único mar en el que nada y lo rodea-sobre los ciudadanos que abrazaron la causa de Carlos Marx. Ni el voto pro al régimen de la isla -impuesto tal vez por Raúl Alfonsín, Néstor Kirchner y algún Ejecutivo externo ajeno a la doctrina Monroe-lo salvará de esa impresión terminal.

Tampoco el privilegiado azogue coincide en sus reflejos con otra expectativa popular, debido quizás a la maldición de origen del protagonista. Es que Duhalde, por provenir de los arrabales bonaerenses de la política, padece suspicacias en su conducta al margen de sus publicitados emblemas anticorrupción: no lo ayudó -cuando estuvo a cargo de la Gobernación de Buenos Aires-la administración de suculentos fondos nacionales travestidos en coparticipación y, mucho menos, para fijar un solo ejemplo, la escandalosa forma en que se gestionaron créditos e incobrables del Banco Provincia durante su mandato. Hay más certezas que interrogantes sobre este caso, por ahora con investigaciones tardías, inconclusas. Es de lamentar que, tanto empeño por proteger la imagen que devuelve el espejo propio, no se haya trasladado para responder las denuncias de Adolfo Rodríguez Saá sobre «el anillo de corrupción que rodea a Duhalde» (más la mención específica de gigantescos sobreprecios en la construcción del estadio único de La Plata, entre otras anomalías).

•Imagen común

La beneficiosa imagen del espejo, común a la mayoría de los mandatarios, también reniega con muchas opiniones cuando se habla de fraude. El aparato bonaerense del peronismo, del cual Duhalde no puede prescindirse y más bien encabeza, jamás se caracterizó por una transparencia ejemplar. Esa mochila carga pesadamente sobre la propia ética del Ejecutivo, basta acercarse a los recientes comicios en Lomas de Zamora, su territorio, donde sus baluartes personales -Osvaldo Mércuri y Jorge Rossi-se han acusado mutuamente, como si ocurriera por primera vez, por la compraventa de votos. Tal vez ese punto de fricción entre un dúo que antes pertenecía a la misma familia -todo es familia en Lomas-, dirá el oficialismo, poco tiene que ver con el aparato electoral que el Presidente revisó el último fin de semana como garantía personal de que no ocurrirán desvíos ni distracciones el 27 de abril. Aunque, como es obvio, su anterior socio de ruta bonaerense -Alberto Pierri-, hoy en una vereda rival, debe ser quien más tecnología dispone para temer por enjuagues a la hora del conteo. Y fogonea, preocupado, en ese sentido. Quizá la gente desconoce estos datos, pero sí repara en los fétidos olores que en algunos distritos han acompañado a las urnas.

Nadie ignora esta realidad y, por más que Duhalde disfrute de esa vana imagen transitoria que le devuelve el espejo, sabe que nunca podrá retratarse como se ve. Es que las cámaras fotográficas no registran las emociones invisibles. Y así como algunos niegan lo que son, por más que el espejo diga lo contrario, los estados de ánimo suben tanto como bajan.

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