3 de junio 2003 - 00:00

Duhalde llevó al país a la economía dirigista de los 70. ¿Kirchner, a la política de los '70?

La sociedad está sorprendida por ver decapitar cúpulas de sectores militares que habían sido ya depurados de represión y estaban en correcta actuación democrática. También por el espacio público que le extendió el gobierno, más el cholulismo local, a un dictador como Fidel Castro justo cuando viene de hacer fusilar.

El centroderecha argentino sigue creyendo que no puede haber una aventura castrista marxista en la Argentina cuando sólo subsiste algo así, del tipo Stalin de la década de 1930 en la ex URSS, precisamente en Cuba hoy y en Corea del Norte con Kin Jong Il. Rusia hace rato y hasta China ya abandonaron la utopía del marxismo anterior a la caída del Muro de Berlín. Proliferan en el mundo no capitalista puro los socialismos moderados que van desde la Inglaterra del laborista Tony Blair a la China actual dentro del progresismo real.

Es cierto que una parte sustancial de nuestra izquierda -la más estentórea por lo menos y encaramada a medios con difusión financiados por capitalistas de derecha que la usan como ariete- es de tipo stalinista. Unen las ideas del viejo marxismo, superado por la tecnología en sus afirmaciones de «explotación permanente de obreros», con la violencia autodestructiva clásica de los argentinos, tanto en política como en el fútbol, para dar un caso.

Entre los moderados se sigue suponiendo que el primer mandatario puede ser de centroizquierda pero tipo Lula Da Silva: con racionalidad en el manejo de la economía y con sensatez política. Además se lo impone que al recibir un gobierno en crisis sólo tiene por delante deudas y acechanzas. La Argentina no dispone del petróleo de Venezuela para sostenerse en aventuras nacionalistas extremas o castristas como sí juega a hacerlo Hugo Chávez y querría nuestra izquierda sin medir las consecuencias.

El sector serio, productivo con responsabilidades de bienes y empleados a su cargo imagina que todo el accionar inicial de Kirchner es sólo para consolidarse un poder que las urnas no le dieron. No sólo se trata de que no hubo segunda vuelta y que asumió con 22% de los votos que, además, en su mayoría no se estima que le sean propios. Lo que más importa es que Eduardo Duhalde, al inventar desde el gobierno un presidente de la Nación, aprovechando el escenario inédito de una población escéptica dentro de una crisis económica nunca vista, optó por alguien sólo para derrotar a Carlos Menem -su gran obsesión-que podría resultar de centroderecha, como Carlos Reutemann, como José de la Sota o Felipe Solá y terminó con el único que aceptó, Kirchner, que resultó de centroizquierda pero sin que ése haya sido el enfoque ideológico delineado por Duhalde. Su idea era cualquiera para derrotar a Menem.

Pero la izquierda local, que no suele medir consecuencias económicas y pecó siempre de sonata estudiantina, cree en varias de sus subdivisiones que aunque haya sido por casualidad y torpeza de Duhalde en su empecinamiento anti-Menem puede haber llegado al gobierno el marxismo en la Argentina. Además sería por elecciones democráticas, algo sin precedentes.

Otros dudan (ver resumen) y lo llaman al aparente accionar procastrista inicial de Kirchner de «maquillaje». Y alientan pero con reticencias para no desilusionarse después. Sobre todo porque ya se desilusionó la izquierda argentina con Lula Da Silva, casi ignorado en su última visita al país (prefirieron hasta al venezolano Hugo Chávez) al que creían que iba a hacer marxismo castrista en Brasil, Lula es realista y declaró sobre su pasado: «Yo no cambié, cambió la vida».

Claro, es rechazado porque nuestra izquierda brama por Cuba pero jamás irían a vivir allí compartiendo las penurias de su población. Se excusan en que «nuestro lugar de lucha por imponer el socialismo está hoy aquí» y quedan lejos de La Habana.

Estas dudas hoy sobre el rumbo que tomará el gobierno por el centroderecha y la posibilidad de un «maquillaje» o «lulalización», por la izquierda se reflejan en estos dos comentarios sobre el hecho convocante de estas expectativas: la remoción en la cúpula militar.

En «Noticias» escribió Rosendo Fraga, analista político que conoce a fondo el tema militar en el país. En «Página/12», de izquierda, Eduardo Aliverti que advierte el riesgo de subirse al «tren kirchneriano».

Duhalde llevó al país a la economía dirigista de los 70. ¿Kirchner, a la política de los 70?




























DICE ROSENDO FRAGA

• El Presidente, en su condición de comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, tiene plenas atribuciones para designar y relevar a los jefes de Estado Mayor de las mismas. Desde esta perspectiva, la decisión adoptada por el presidente Néstor Kirchner, al designar para ocupar dichos cargos a oficiales superiores cuyo nombramiento implica el retiro de dos tercios de los generales y más de la mitad de los almirantes y brigadieres, no puede ser cuestionada en su legalidad.

• Pero es una decisión que afecta el normal funcionamiento de las Fuerzas Armadas como instituciones, las que en los últimos años habían dado muestras de clara subordinación al poder civil y de integración con la sociedad.

• No resulta razonable, sobre todo si no hay argumentos que lo expliquen.

• El nuevo gobierno no ha tenido un buen comienzo en su relación con las Fuerzas Armadas argentinas, que eran mostradas como modelo en el contexto de América latina, tanto en los EE.UU. como en Europa.

• Hacia el futuro, se hace necesario pensar en si las Fuerzas Armadas no van a necesitar una ley orgánica como tiene la Policía Federal o las fuerzas de seguridad, que limita la designación de los jefes a un determinado rango de los oficiales superiores.

• Son diversas alternativas que pueden ser estudiadas.

• Es que el hecho de que los jefes de Estado Mayor que habían sido designados en el gobierno de De la Rúa permanecieran en sus cargos con Rodríguez Saá y Duhalde, había generado una despolitización sin precedentes.

• Si no se atenúa el efecto de las nuevas designaciones, el riesgo es que en el futuro la carrera militar dependa más de las relaciones políticas que de los propios méritos.

• Esta agenda debe ser abor-dada buscando ante todo que el episodio de la remoción de las cúpulas y el contrapunto entre el presidente Néstor Kirchner y el teniente general Ricardo Brinzoni quede sólo como un costo de adaptación al estilo de conducción del nuevo presidente y no como un hecho que marque el retorno de la cuestión militar como un tema de significado político.

DICE EDUARDO ALIVERTI

• Alguno podrá decir que cuando la limosna es grande hasta el santo desconfía (y ni tan sólo eso, porque todavía no hay grandes exhibiciones con excluidos y devaluados), pero es irrefutable que la sensación que brindan los prime-ros días de Kirchner se asemeja, por lo menos, a lo que en los propios círculos progres se menciona como «primavera».

• Se exagera y mucho al comparar este clima con el de los años '70. No tienen nada que ver. Era un «tiempo», devenido de enormes luchas populares; y éstas apenas son jornadas iniciales de un gobierno que arribó con mucha más expectación que confianza. Palabras como utopía, militancia, socialismo, ideología están demasiado lejos como para cometer la irrespetuosidad de mezclar el aroma de hoy con el de hace tres décadas.

• Y la reacción escandalizada, por eso mismo, de una derecha primitiva, rapaz, ignorante, contribuye a que algunos desinformados supongan que estamos viajando en el tiempo de la noche a la ma-ñana.

• Ninguno de estos apuntes supone incurrir en la injusticia de no valorar hechos oficiales, directos e indirectos que efectivamente significan aire fresco. Caer en ello implicaría una actitud histérica, propia de quienes ni siquiera serían capaces de advertir que, más allá de las intenciones del gobierno mismo, hay gestos que nacen o son estimulados gracias a la acción de luchadores incansables contra la impunidad y los privilegios de clase.

• El descabezamiento de la cúpula de las Fuerzas Armadas, y en particular del Ejército, no fue una muestra sobreactuada, sino una medida de autoridad civil, de ésas que se toman apenas asumido o no se toman nunca. También lo fue el discurso presidencial en el día de la fuerza, en virtual respuesta a la bravuconada del retirado Brinzoni cuando habló de las «intrigas políticas» hacia los cuarteles.

• La fulminante decisión de Kirchner tuvo la dirección de acabar con los restos de lo peor de los militares y de advertir lo que les espera ante el menor atisbo de reclamos ajenos a sus funciones específicas.

• Es un paso nada menor, que deberá completarse con cambios estructurales en la educación que reciben. Y tanto en la determinación de la purga como en lo que vaya a hacerse para transformar la mentalidad castrense.

• Gente que, a no dudarlo, con su disposición de estar siempre con los ojos abiertos frente a las andanzas de los muertos vivos tuvo mucho que ver con la fortaleza presidencial en este tema.

• ¿Se podría pensar, acaso, que la conmocionante visita de Fidel no estuvo relacionada con su (la) percepción de que pueden soplar otros vientos en la Argentina?

• Es válido sospechar que consiste en maquillaje, pero hasta que se demuestre parece renovación.

• La prueba de fuego será el rumbo económico. Esa es la cancha del pingo mayor y recién entonces se sabrá si estamos hablando de un gobierno con auténtica vocación progresista o de uno que en sus primeros palotes es muy inteligente para disfrazarse.

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