ver más

Ya superaste el límite de notas leídas.

Registrate gratis para seguir leyendo

6 de septiembre 2007 - 00:00

El Cromañón electoral

ver más
Ricardo Lorenzetti
Se asustó el presidente de la Corte con el incendio electoral de Córdoba -donde hoy comienza una asamblea de jueces de todo el país-y reclamó que no se judicialicen las elecciones. «Los jueces no pueden resolver todos los problemas de la sociedad. Los mecanismos de diálogo y de consenso tienen que funcionar, si no, todo va a la Justicia, y si no nos gusta lo que los jueces fallan, les pedimos el juicio político», dijo a una radio.

El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.

Es una síntesis redonda de la crisis de poder en la Argentina de la cual es ejemplo el «Cromañón electoral» de Córdoba.

Pero se acuerda tarde Ricardo Lorenzetti, el jefe del Poder Judicial, porque el incendio empezó hace rato.

¿Cómo no se van a judicializar las elecciones si en la Argentina las elecciones las hace la Justicia? Contra lo que el público cree, no las hace el Poder Ejecutivo, cuyas reparticiones sólo ejecutan tareas auxiliares o de subsidio a la Justicia, que es la dueña de los padrones -los confecciona y los depura-y la responsable del escrutinio definitivo. Como los gobiernos hacen aspaviento de lo poco que hacen, el público cree que la Justicia es la última instancia electoral. En realidad, es la única porque tiene la exclusiva competencia en el trámite y los resultados de las elecciones.

Se acuerda tarde también la Justicia del problema porque ha consentido este escándalo de que los candidatos se designen ellos mismos, sin consulta con los partidos o con los vecinos a través de elecciones internas.

Más grave: está asumido en el léxico informativo que los caciques del oficialismo y de la oposición «designan candidatos» a su aire y como les gusta a ellos o a sus entornos. El Presidente designa a su esposa como postulante a sucederlo, nombra candidato al vicepresidente para gobernar la provincia de Buenos Aires, y por estas horas está dedicado a armar él, con su señora, las listas de diputados nacionales por el «Frente para la Derrota» en todas las provincias.

Este gobierno y su inspirador Eduardo Duhalde han hecho realidad el sueño del déspota ilustrado: la democracia se arma de arriba hacia abajo, no de abajo hacia arriba, como expresión de la representación. En esto Kirchner hereda lo peor de Duhalde, que armaba listas en su casa dejando que sus dirigentes se matasen en la disputa de los cargos «de abajo» (consejos escolares, concejalías, etc.) pero se reservaba para él la designación a dedo de los candidatos a cargos importantes, los nacionales ante todo. Más aún, se hacía votar en congresos de lista única la atribución como jefe del partido para cambiar nombres una vez cerrada la fecha de internas. Por eso las listas se comunicaban con puestos «ciegos» -les llamaba « tapón»- adonde ponía, sobre la hora del cierre, a quienes debía premiar por su lealtad también ciega.

Cuando le reclamaban por esa práctica, se reía: ¿De dónde les viene la pasión por las internas si el peronismo nunca hizo internas y siempre Perón manejó todo a dedo y nunca se quejaron? Esto vale para el peronismo en el orden nacional -no en muchas provincias que han logrado mantener por lo menos la ficción de las internas-que hizo una sola elección interna, la que enfrentó a Carlos Menem y Antonio Cafiero en 1988. Tan escaldados quedaron que no quisieron repetirla nunca más.

El cierre de listas del sábado se hace con una burla terminal del sistema electoral: una intervención eterna -es decir, sin término ni mandatoen el PJ dice contar con 700 e-mails de congresales que aprueban la candidatura de Cristina de Kirchner y la alianza con el «Frente para la Derrota». Esta insólita forma de resolver la crisis del PJ, que ya en 2003 no participó en las elecciones nacionales, es una caricatura de la participación. Seguro que el recuento voto a voto de ese extravagante congreso virtual que ha armado Ramón Ruiz para Néstor Kirchner arrojaría más defectos que el que pide Luis Juez en Córdoba.

  • Temor

    El fraude a las normas electorales en la designación de candidatos tiene necesariamente que redundar en formas de defraudación en los resultados, y era cuestión de tiempo que estallara en casos como el de Córdoba, que aterroriza hoy a todos los políticos y, especialmente, al oficialismo. Sus candidatos temen que la música del cuartetazo cordobés se prolongue a lo que queda de la campaña y termine perjudicando lo que creían era un simple trámite.

    Este Cromañón electoral lo promovieron los políticos, que se han sentido liberados de cualquier freno o restricción a su voluntad de poder. Pero debió preverlo la Justicia, que ha dejado correr sin tomar ninguna medida esta defraudación a la representación popular.

    Elegidos como se los elige, la mayoría de los candidatos que se anotarán hasta el sábado puede saber qué representan, pero no a quién representan: en realidad, se representan a ellos mismos al amparo de una Justicia que se limita a revisar si un candidato está habilitado para serlo, pero no si fue seleccionado con alguna base de representación.

    Con candidatos así, la política pierde hasta el instinto de banda y es lo que explica que nadie le encuentre un rumbo al escándalo de Córdoba. ¿Quién va a defender el resultado de una elección cuyos candidatos fueron designados por el propio gobierno, y quien compitió por la oposición se nombró a él mismo? ¿Quién lo hará cuando es evidente que no tienen los postulantes ninguna base de legitimidad porque los inspiraban diversos ministros del gabinete de Kirchner? Los candidatos representaron en la elección del domingo a distintas expresiones de un kirchnerismo que en promedio cosechó no más de 25% de los votos en elecciones provinciales, perdiendo en todas ellas, salvo la de Tucumán. ¿Alguien puede sentirse representado por esos candidatos, o por lo que les pasa? El público mira por TV estos episodios como algo ajeno y como otro ejemplo de la desvergüenza de políticos que no saben ya qué quiere decir la palabra legitimidad. Que defiendan ellos su negocio, dirán de estos candidatos que nombraron ellos solos como representantes de nadie.

    Frente a los dichos de Lorenzetti -que expresamente no opinó sobre el tema Córdoba porque la Corte puede tratarlo en algún momento-no hay duda de que la Justicia algo debió hacer para evitar que las irregularidades en el trámite electoral, en esa provincia, en otras, o en el orden nacional, no se convierta en algo normal. Debió hacerlo, además, porque el Poder Judicial, al cual la legislación le ha confiado el sistema electoral, y se ha defendido cuando se ha propuesto que la organización de los comicios pase a entes descentralizados, como en los Estados Unidos o Brasil. En esos países hay comisiones con autonomía jurídica y de presupuesto que se encargan de todo lo que en la Argentina hace la Justicia. Para algunos sería una buena solución, pero los jueces federales con competencia electoral han formado una trinchera para defender la propiedad de las elecciones con una fuerza digna de mejor causa. Han logrado que ni se discuta esa posibilidad de darle el sistema a una Comisión Federal de Elecciones.

    En realidad, la Justicia es hoy el único poder que pudo hacer algo, si los poderes políticos ( Ejecutivo, Legislativo) no saben cómo salir de la crisis,-más aún, la aprovechan para perpetuarse en los cargos. Este Cromañón electoral no termina acá: los gobernantes sin respaldo popular -es decir, llevados con un partido que represente a un sector del público, con un programa y una red de compromisos y hasta intereses-no lo tienen tampoco en sus legislaturas. Por eso no terminan sus mandatos. Les ocurrió a Jorge Colazo, Aníbal Ibarra, Angel Mazza, Carlos Sancho, Sergio Acevedo (todos además punteros del kirchnerismo) que no terminaron sus mandatos no sólo porque se equivocaron al gobernar; también porque nadie los defendió. En Córdoba ya estamos ante algo más grave: quien gana una elección ya no puede ni asumir.
  • Últimas noticias

    Dejá tu comentario

    Te puede interesar

    Otras noticias