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El Pulqui fue un proyecto argentino que tomó forma en 1946. Era un avión a reacción (en
la época llamado «a chorro») capaz de operar en pistas reducidas y hasta en algunas semipreparadas.
Tenía la particularidad de poseer un motor inglés (Rolls-Royce Derwent 5)
como planta propulsora que fue ubicado en el fuselaje con su toma de aire en la nariz.
Pero como en la Argentina de hoy todo lo que parezca militar es peligroso, el gobierno prefiere desmantelar el instituto y mandar a todos los alumnos y profesores a la universidad nacional, donde tal vez nunca puedan ni siquiera entrar, habida cuenta de los espantosos resultados de la asamblea de la Universidad de Buenos Aires.
Lo peor es que se trata de una universidad arancelada. Hoy, el financista de la educación es el sector privado, con regulaciones estatales. En los países del G-7, cualquier estudiante puede acudir a una universidad y solicitar un préstamo para estudiar. Como la universidad necesita fondos para pagar el costo de esa enseñanza, los bancos compran a las universidades los préstamos otorgados a los estudiantes, asegurados por las compañías de seguros que emiten una garantía por la cual si el estudiante no pagara en el largo plazo el capital prestado y sus intereses, pagará la compañía de seguros. Luego «securitizan» su cartera de préstamos y la colocan en el mercado de capitales. La «amenaza a la libertad» es que el estudiante está obligado a aprobar los exámenes, ya que si no lo hace, el sistema no seguirá apostando por él.
Cuando culmina sus estudios, el estudiante obtendrá mejores ingresos, y el pago de la deuda por su educación es íntegramente deducible de sus pagos por impuestos estatales. Como existe este flujo seguro de ingresos, también existen compañías que venden « campus» llave en mano: si el management de una universidad es tan bueno, ¿por qué no replicarlo en otra parte? Las compañías -por lo general asociadas a las universidades- financian los edificios e instalaciones universitarias a largo plazo, contra una participación en el flujo de ingresos a ser originadospor las matrículas de los estudiantes. Por ello las universidades deben competir a diario por los mejores profesores, e incrementan el ingreso de los docentes.
La Argentina mantiene desde hace años la función opuesta. La inversión en educación se paga desde el Estado con impuestos percibidos hoy, a costa de baja productividad en los estudios y salarios misérrimos para los docentes. Como ni los estudiantes ni las universidades cuentan con la necesidad de competir, el sistema se degrada a diario y parece orientado a producir cuadros políticos y no capital tecnológico. Hace años, el principal ingreso de Australia eran las exportaciones de lana. Hoy proviene de la exportación de servicios educativos privados. La New South Wales University en Sydney -privada y arancelada- cuenta con un nivel tal que estudiantes graduados en todo el sudeste asiático pagan por sus posgrados una matrícula similar a la del Massachusetts Institute of Technology (MIT) en Boston. El capital tecnológico no se forma con ideologías, sino con libertades. Si existe un sistema de mérito para acceder a la función pública se afectan los criterios sobre el valor de la educación y del conocimiento. Si el Estado asigna un peso mayor a la inteligencia y a la educación que a la afinidad política para efectuar los nombramientos, el resto del país sigue ese criterio: la función pública se torna una actividad de prestigio y la inversión personal en educación es rentable. El otro señor de las valijas, no Tank, el venezolano de la semana pasada, ¿habrá venido a estudiar a una universidad, ya que declaró traer muchos libros? Ortega y Gasset, mientras estudiaba en Alemania en los comienzos del siglo XX, afirmaba que el subdesarrollo de España se debía casi exclusivamente a la «ausencia de los mejores» en el Estado español.




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