Hay quienes ven a Néstor Kirchner como alguien de diálogo imposible, salvo para concederle. Los hay que lo califican de actor único del teatropaís con la secuencia de la antidemocrática tendencia a la hegemonía desde el poder. Alguna vez lo han ubicado como todavía en la adolescencia, otras en la iracundia tan permanente como inexplicable la mayoría de las veces, sobre todo cuando lo enfrentan, algo normal en el acontecer de cualquier mandatario. O cuando se ubica frente a una cámara de TV y micrófonos. Lo han analizado psicológica y periodísticamente a distancia para determinarlo posesivo, amante de la confrontación, inseguro a veces, excesivamente temeroso de reacciones en masa siempre, incapaz de dominar su repulsa al protocolo aunque así hiera a conspicuos extranjeros. En resumen, sin antecedentes presidenciales comparables -algo que le satisface- y distante del argentino medio.
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Muchas de esas calificaciones son ciertas -quizá demasiadas para un presidente- pero no ubican la célula del genoma Kirchner que las motivaría y por tanto sugiriera solución, adecuación a él por lo menos. Es sólo una interpretación más pero la esencia de casi todo su problema estaría en que este peculiar santacruceño no acepta gobernar sin ganar todas las batallas. Con Néstor Kirchner caen las frases tradicionales sobre el poder como «dar un paso atrás para, luego, dos adelante», «tragarse de vez en cuando un sapo», «caérsele la bolsa con hielo de la cabeza» porque, en realidad, parece no creer necesitarla y no se ve quién se atreva a proponérsela.
En términos deportivos si el Presidente hubiera sido tenista querría ganar siempre en sets corridos y 6-0, 6-0. Si fuera entrenador de fútbol cambiaría al arquero aunque su equipo triunfe 5 a 1.
Quienes lo conocen desde Santa Cruz saben que allí, donde se sentía cómodo gobernando, alternaba con brusquedad iracundia y trato amable. En el proselitismo para la elección presidencial fue sólo iracundo porque todos los que la disputaban eran naturalmente sus enemigos y los otros lo paternizaban. Como Presidente volvió a alternar, como en su terruño, pero predominando la iracundia porque los problemas son mayores.
Si ésta fuera la real problemática -sin usar el método Kirchner, afirmando que esto es así y sólo así- se puede decir que el curativo sería que en el gobierno hubiera «un bueno», que hoy no está. No hay película atractiva sin «malos» y «buenos». Si Kirchner pega, Alberto Fernández pega, Aníbal Fernández pega, lo mismo Julio De Vido, también pega Felisa Miceli, se suma a la escalada del castigo Alberto Abad con su especialidad, así usted le deba cien pesos a la AFIP, y rematan «Clarín», «Página/12». Nadie negocia, no hay puentes, no hay « bueno» que trace bisectrices.
Limitado a la era democrática se vio que Raúl Alfonsín pegaba hacia afuera del país pero no hacia adentro. Este papel se lo reservaba a César Jaroslavsky, un impecable diputado colaborador cuya lengua era un estilete. Carlos Menem, con el dinero de las privatizaciones y cuando le llovían inversiones, fue todo «bueno» y si alguno jugaba de «malo» desde su entorno era temporariamente hasta arreglar, a veces en provecho propio. Eduardo Duhalde tenía múltiples «buenos» hasta llegar a gobernar en cooperativa. Néstor Kirchner, en cambio, asumió el papel de «malo» único, hacia adentro y hacia afuera y más desde que sacó a Roberto Lavagna que le ayudaba a castigar bonistas.
En el conflicto de la carne quizá más que nunca le es necesario un intermediario moderado. Néstor Kirchner mantiene aquella añeja imagen de la oligarquía ganadera formada a partir de que el general Julio Roca, a fines del siglo XIX, avanzaba con sus tropas hasta Choele-Choel, haciendo retroceder a los indios y detrás de él y sus tropas venían los prósperos futuros ganaderos alambrando de facto las tierras conquistadas. El mismo Roca asentó su fortuna personal alambrando y anotando como propios campos de Río Cuarto, en Córdoba, cercanos al regimiento de frontera que comandaba de joven. Pero aquella aristocracia es hoy sólo residual. El productor agropecuario predominante en nuestros días suele ser un esforzado que no puede gerenciar, como en otros negocios, desde París. Está sometido a precios locales e internacionales, en libre juego de oferta y demanda. Además, sobrelleva sequías, inundaciones, granizo y vivir con el sobresalto del vencimiento de créditos onerosos.
Si sobrellevó cosechas malas o rachas largas de aftosa va a resistir al gobierno porque considera injusto ser variable de ajuste en épocas de recuperarse. Los hombres del campo conocen algo que se reactualizó en estos días, que un líder como el ex presidente Perón en 1952, frente a una sequía que arruinó gran parte de las cosechas del año, no titubeó en hacerle a los argentinos comer sólo pan de centeno para no interrumpir la exportación de trigo a mercados extranjeros duramente conquistados. También sabe que un desmedido Moyano junior con su aumento de pedido salarial de 28% y las imitaciones que provocará produce más inflación que el precio de la carne, pese a su gravitación alta en el índice de precios. Suena inapropiado el mejor trato a un sindicalista por herencia que a un productor por su esfuerzo.
Finalmente el campo se encoleriza también porque sabe que con las retenciones a su producción este gobierno generaliza subsidios, especialmente a industriales que tanto alaba la ministra de Economía Felisa Miceli por «sustituir importaciones», una política industrial de 1930 basada en excesivas protecciones que siempre fueron costosas para el país y le mantuvo ineficiencias manufactureras crónicas. Es sabido que la industria y los servicios son la principal fuente de trabajo en un país pero sin exagerar en desmedro del que produce el grueso de las divisas, sea carne, agro, minería o petróleo.
A diferencia de supermercados, laboratorios, consignatarios, CGT y otros sectores un enfrentamiento con el productor del campo es de los más difíciles para el Gobierno Kirchner y para cualquiera. Entre otros motivos porque cuenta ese sector con simpatía general en la sociedad que sabe que realmente allí somos fuertes como nación y no fabricando lavarropas y aspiradoras que no pueden ni competir con las brasileñas.
El plan de precios máximos hasta fin de año para los llamados «cortes populares» de carne era bueno y mejorable si se lo complementaba con un proyecto del radicalismo, hoy en el Congreso, de concluir con la venta de media res y pasar a su comercialización en tres partes algo que no impediría comer la tradicional carne ni limitar las exportaciones. A nadie le caería mal ingerir determinados días de la semana cortes marginales. A los pobres porque es lo que más habitualmente consumen. Y a los ricos porque pueden hasta faenarse reses propias entre amigos o abastecerse por izquierda a más precio. Pero al Presidente le salió el tenista de adentro. Quiere ganar los sets sin un game para el adversario circunstancial. Ni Roger Federer lo logra.
Si Néstor Kirchner decidiera crear un «bueno» para que le tienda puentes ante enfrentamientos cruciales, que a veces le crean hondonadas con los adversarios no políticos, llenaría el Salón Blanco de la Casa Rosada de postulantes. Es tentador no despertar la ira presidencial porque, finalmente, se actuaría en su nombre y, a la vez, congeniar con empresarios, ganaderos, periodistas, agricultores.
Cuando menos el agraciado deberá habilitar su cochera a fin de año para recibir obsequios.
No es fácil ser el «buenopuente» de un presidente como Kirchner. Tiene que tener escuela pingüina completa o haberse purificado varias veces en el Jordán santacruceño, ser incapaz de usar el doble juego para proyección política propia, saber que el Presidente puede dejarlo colgado del pincel en cualquier momento aunque esto no le quitará relevancia ante los adversarios que siempre aceptarán un menguado a nada que es lo que hoy lamentan. Un bueno ideal hubiera sido el santacruceño y renunciante gobernador Sergio Acevedo que cumplíalos requisitos, sin obsecuencia, y tenía llegada a sectores políticos enemigos de la Rosada. No Daniel Scioli que alguna vez lo intentó por su cuenta y encontró la reacción drástica previsible de la Casa Rosada.
Hay que asumir -o criticarlo se hará monótono en el tiempo- que para encontrar un Kirchner amable y por momentos hasta risueño la entrevista debe ser para cederle o, por lo menos, que lo perciba neutral y no capaz de transformarse en un serio adversario futuro suyo. Si dialoga con ajenos a su gobierno halaga a poca de su gente y casi exclusivamente a los que, en su óptica, les reconoce logros especiales, por ejemplo lo entusiasma hoy el gobernador de Tucumán, Jorge Alperovich. De los neutrales los valora casi exclusivamente por la inteligencia que les calcula, por ejemplo a Roberto Dromi más allá de los pasados que le adjudican siempre y cuando no hayan sido represores en los '70. A los adversarios políticos la mayor bonanza que les otorga, y sólo al pasar, es si los considera coherentes o no. Mauricio Macri sé qué intereses representa. Elisa Carrió no, dice. A Ricardo López Murphy lo considera un buen hombre y honrado pero se le nota que le gustaría encumbrarlo -no a nivel de intermediario- si estuviera a su alcance frente a los otros centristas a los que les ve más fuerza electoral opositora. En general desprecia a los adversarios políticos algo más acentuadamente a como lo hacen esos mismos políticos entre sí y sostiene que la prensa -que preferentemente refiere a los diarios- ya no es más creíble, pero puede lanzar una carcajada espontánea cuando se le acota «porque ya es casi toda oficialista».
Ubicar a un «bueno», sin que se le transforme en delfín político no le sería fácil al Presidente aun si lo pensara necesario, como lo es. Su esposa no pareciera para ese papel. De sus colaboradores cercanos imposible saber quién no le despertaría recelos. Como el cargo requiere nivel muy alto en el mundo Kirchner podría pensarse en su hermana Alicia. En definitiva, hasta Juan Manuel de Rosas dejó crecer como puente bueno a su hija Manuelita.
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