11 de abril 2007 - 00:00

El mismo amor, la misma lluvia

La respuesta más habitual del dirigente promedio de la política porteña es, cuando le preguntan en qué anda: «Le estoy dando una mano a Jorge (Telerman, claro)... y también a Mauricio (Macri)».

No hay mejor testimonio de la dimensión desconocida en la que ingresa la campaña electoral en el distrito vidriera de la Argentina.

El oficialismo nacional alardea de ser el dueño de las encuestas, pero en el distrito en donde se urden las trampas -nació allí la Alianza contra Menem que lo mandó a la casa en 1999- el arco de rechazo se amplía y a un mismo operador le da lo mismo ir con Telerman que con Macri. Gana con cualquiera de los dos.

La fórmula Telerman-Enrique Olivera -decidida a solas por ellos dos, saltándose cualquier prurito participativo- expresa esa flexibilidad con que se mueven los candidatos porteños, que intentan expresar las corrientes profundas de la Capital Federal: rechazo del peronismo explícito -hoy sindicado en Néstor Kirchner y sus seudópodos- y apelación a la clase media que se deja seducir por esa mezcla de amaneramiento y morral que aporta Telerman, ahora sumada al élan patricio que transmite el ex vicejefe radical de Fernando de la Rúa.

Rabioso, el macrismo debe reconocer que esta alianza en la cúpula es lo más creativo que se le haya ocurrido a un candidato. Las asociaciones que amaña el gobierno para sostenerlo a Daniel Filmus buscan frenar la pérdida de adhesiones que tiene el oficialismo nacional en el distrito. A Macri, como otras figuras de la antipolítica, le cuesta muchísimo agrandar su espacio, generar confianza, transmitir la verdadera lealtad, que en política es de quien está arriba hacia los de abajo. Les ocurrió a figuras de la misma extracción como Ramón Ortega o Carlos Reutemann, que fracasaron también en crear espacios nuevos y agregar adhesiones que sumasen a lo que ellos aportaban individualmente. Si lo hubieran logrado, habrían obtenido por lo menos la reelección en sus gobernaciones, proyectos en los que también fracasaron cada vez que lo intentaron.

  • Sociedad anterior

    Le costará al dúo Telerman-Olivera responder al chascarrillo sobre que repiten el mismo esquema de la Alianza UCR-FrePaSo; Olivera fue el vice de De la Rúa, a quien sucedió en el cargo cuando aquél fue presidente. Los dos fueron socios de Aníbal Ibarra en la elección de 2000, en la cual ya Telerman había cruzado el Jordán desde el peronismo bonaerense al frepasismo.

    ¿Es necesariamente una debilidad esa imagen? No, porque en aquella oportunidad, como ahora, esa mezcla de peronismo bueno, casi gorila, que cede los símbolos partidarios, con radicalismo de base, parece seguir expresando a una franja importante de la opinión de los porteños.

    Ese segmento no ha racionalizado la experiencia de De la Rúa, quizás su producto más auténtico en materia política. Más bien parece haberlo olvidado, lo ha eliminado de la memoria, como si eludiese la automortificación de haber votado a quien les hizo sufrir como clase el fracaso más estrepitoso. Ha preferido recordarlo a De la Rúa más como un simple, que como un demonio que pasó por sus vidas.

    Telerman sorprende por el amplio margen de maniobra que demuestra, tiene los dos requisitos para hacer política en una economía de mercado: recursos y prestigio. ¿Qué podría agregarle Kirchner? A quienes le reprochan su distancia del Presidente los mira con aire de perdonavidas; en el distrito en el que quiere perpetuarse es alto el porcentaje de quienes afirman que nunca votarían al santacruceño. En 2003 (presidenciales), Kirchner salió tercero, detrás de Ricardo López Murphy y Elisa Carrió. En 2005 (diputados nacionales), su candidato Rafael Bielsa repitió ese puesto, detrás de Macri y de Carrió.

  • Billete premiado

    La libertad de movimientos de Telerman para estas alianzas en las que intenta juntar a Hebe de Bonafini con el ex Puma Olivera la da la provisoriedad de su origen: se encontró el billete premiado en el suelo (la destitución de Aníbal Ibarra), lo recogió y echó a andar. Arrancó con tan poco, que tiene un mundo para ganar y nada que perder. Eso fascina a quienes pasan por su puerta, que le piden les deje ver el billete premiado para frotárselo en el cuerpo y tomar algo de su gracia.

    Olivera, más allá de la fascinación que como patricio ejerce sobre Carrió, es la punta del iceberg del sistema radical en la Capital Federal, uno de los pocos que ha subsistido al tsunami de 2001. Olivera explica la cercanía del radicalismo que va de Enrique Nosiglia a Rafael Pascual y al armado barrial que eludió las encerronas locales que intentó el lavagnismo. Esos sectores mantienen bolsones de poder en la administración porteña, que data desde hace décadas y que se aseguraron bajo el gobierno de Ibarra y que Telerman se ocupa de atornillar sabiendo que no tienen destino detrás de Filmus o de Macri.

    ¿Cuánto le suma Olivera a Telerman? Aunque no le sumase nada, que saque del juego 4% que registraba el ex presidente del Banco Nación en algunas encuestas, lo beneficia. Le agrega simpatías en sectores medios y medio altos entre quienes Carrió y su figura ejercen cierto atractivo y que se creían condenadas a Macri. Telerman se ha despojado, como hace diez años Chacho Alvarez, de cualquier ropaje que huela a peronismo. Su sociedad con Carrió le da un seguro de gorilismo necesario como para movilizar a familias que son imprescindibles en cualquier elección.

    Se cuidará Telerman de exhibirla a la musa del ARI para no irritar a otras damas celosas (Bonafini, Gabriela Cerruti), pero en la suma final agregarlo a Olivera le permite decir que le saca votos a Macri. Aunque no sea cierto, le basta con afirmarlo a este candidato con alma de vocero, para quien la realidad se agota en lo fenoménico.
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