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5 de septiembre 2008 - 00:00

El mismo tren, la misma furia

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Otra vez el fuego iracundo tiñó de rojo y humo negro el paisaje del Oeste. Y otra vez se vuelve a hablar del Sarmiento, esa línea de trenes cuyo servicio se asemejaba, hace algo más de treinta años, a lo que hoy ofrecen varias compañías europeas.

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Recorrer a diario los casi 50 kilómetros de vías entre Moreno y Plaza Miserere es un calvario, especialmente en hora pico, cuando más de 10 millones de personas se frenetizan por abordar los vagones y hasta sueñan con alcanzar un asiento para no tener que resistir, de pie, la presión de la multitud.

Nunca mejor usado ese lugar común de que se viaja como ganado, porque no alcanzan las unidades nuevas o las mejoras en algunas de las once estaciones para revertir un problema de fondo, que excede el argumento utilizado por el gobierno de que los disturbios de ayer fueron armados por activistas del Polo Obrero o Quebracho.

Aunque en esa masa de 10 millones de usuarios seguramente viajaran simpatizantes de estas agrupaciones, y acaso hayan sacado partido de la situación, el incendio de los siete vagones en Merlo y los incidentes de Castelar (lugar estratégico por ser base de operaciones y talleres) no puede sorprender si se tiene en cuenta lo que soporta el público todos los días. Porque además no hay otra alternativa. Ese cordón que vincula la zona oeste con la Ciudad de Buenos Aires se quedó hace unos años sin servicio de colectivos capaz de satisfacer la demanda de transporte alternativo.

Hace tres años, el mismo tren fue protagonista de un hecho de idénticas características, cuando la cancelación de un servicio en Haedo desató una batalla campal que terminó no sólo con el incendio y la destrucción de varios vagones, sino que arrasó con la histórica estación, la única que conservaba el estilo inglés original. También entonces el gobierno habló de «sabotaje».

Aquellos incidentes de Haedo no se diferencian en nada de los que ocurrieron ayer en Merlo y Castelar. Los usuarios tienen la sensación de que los concesionarios han hecho poco y nada para mejorar los trenes y sumar más servicios.

  • Seguridad ausente

    Si ni siquiera los vagones cuentan con matafuegos (reglamentarios) y la seguridad, privada o pública, brilla por su ausencia. Eso sí: la hay en los molinetes, con el fin de cuidar que nadie se atreva a saltarlos para no pagar el boleto.

    Para entender lo que pasó ayer hay que subirse al menos una vez en horario pico al tren de la ex línea Sarmiento. Soportar las cancelaciones de los servicios y hacerse fuerte para abordar los vagones cuidando, en esa batalla cuerpo a cuerpo, la cartera u otras cosas, en el caso de ser mujer.

    Ni que hablar de las detenciones sin explicación a mitad de camino, que retrasan la llegada a los lugares de trabajo donde, encima, en muchos casos les cuesta creer que el motivo de la demora haya sido el bendito tren.

    Pero existe también un perjuicio para los que no viajan en el Sarmiento, que son los pasos a nivel en todas las estaciones. Sin buena señalización ni guardabarreras, entorpecen la conexión entre el lado sur y el norte de todas las ciudades que atraviesa en su recorrido el ferrocarril. Ante esto, sumado a la infinidad de veces en las que una formación se detiene en un paso a nivel por minutos que se hacen eternos, lo mejor es tener un auto con alas.

    Podrán haber sido los del PO o los de Quebracho los atizadores de la gresca, como dijo anoche el ministro Aníbal Fernández, pero cuesta creer que esas agrupaciones tengan tantos militantes y seguidores como los que participaron en los incidentes de ayer.
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