Todo el mundo está contento, pero yo no. Muchos creen que nuestra economía es una maravilla, pero yo estoy preocupado y me preocupa más mi soledad. Alguien podría decirme que vaya al psicólogo y no tendría problema en hacerle caso, pero aun así seguiría objetivamente preocupado. A los argentinos y a la Argentina nos está yendo mal económicamente y si no hacemos algo, nos va a ir mucho peor. Las ideas de la economía K son equivocadas y no se corrigen. Permítaseme una rápida recorrida por ese paisaje.
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En su discurso de inauguración de las sesiones ordinarias del Congreso (que el oficialismo llama «Discurso del Estado de la Nación», por copiar el nombre que le dan a ese evento los denostados imperialistas yanquis), la Presidenta habló bastante de economía, ratificando que seguirá todos y cada uno de los caminos ya trazados por su marido, esto es, superávit fiscal; superávit comercial externo; emisión de moneda para comprar dólares a fin de que su precio no baje; fuerte gasto público de la nación sometiendo a las provincias; grandes diferencias entre precios internos y externos compensadas con un festival de subsidios arbitrarios e intromisión del compañero Moreno en la vida de todos los productores argentinos que se le ocurran, desde constructores de autos a petroleros y desde directoras de escuela hasta chacareros. Esto es lo que se llama «el modelo», con el que están de acuerdo hasta muchos de los opositores, lo que no es mi caso.
Los discursos no sólo son lo que dicen, sino lo que no dicen. En ese discurso, la Presidenta no mencionó ni una vez la palabra «inflación». ¿Se sostiene el modelo? Me parece que no, y esa es mi preocupación. Este modelo genera mucha inflación, desalienta la inversión, provoca falta de energía y aísla a la Argentina de un mundo que está viviendo un revolucionario cambio de época hacia la sociedad del conocimiento. Todo esto es muy malo para nuestro futuro no tan lejano, aunque pueda disimularse con el ciclo económico internacional más positivo para nuestro país en los últimos ochenta años.
Yendo por partes, vemos que un superávit comercial muy grande, es decir, que se importe mucho menos de lo que se exporta, provoca que haya pocos importadores que compren dólares y eso genera inflación, porque entonces a los dólares los compra el Banco Central emitiendo moneda más allá de lo que requiere el desarrollo de la economía del país. Un gasto y una inversión estatales muy fuertes podrían generar efectos benéficos si se aplicaran bien, aunque por cierto en un punto empiezan a competir con los gastos e inversiones privados que no se pueden hacer porque se dedica el dinero a pagar impuestos. Pero no es lo mismo gastar en sobreprecios que gastar en cemento. Con lo que se gastó en Vialidad Nacional (o invirtió, si lo prefieren los « políticamente correctos») en los últimos cuatro años, se podrían haber construido más de 2 mil kilómetros de autopistas iluminadas, lo que se habría sumado a las obras en las rutas concesionadas a privados, como la 2, la 3, la 5, la 7, la 8 o la 9. ¿Alguien ve esos 2 mil kilómetros?
La Presidenta sostiene que el problema energético no es argentino, sino mundial. La frase esconde una asignación errónea de causa y efecto, como si lo que la Argentina hizo con su energía en los últimos 5 años no tuviera nada que ver con lo que nos pasa. Y, lamentablemente, tiene todo que ver. Todos recuerdan que desde hace 4 años venimos diciendo que va a haber una crisis energética, y el gobierno, antes de echarle la culpa al mundo, sostenía que no habría ninguna crisis. Los autores intelectuales del modelo y los que se enamoraron de él ( supongo que porque ha sido bueno para ganar elecciones, por el momento) parecen ser los únicos que no se dan cuenta de que no se puede vender a un peso lo que tenemos que comprar del exterior a diez pesos. Eso -lo sabe un chiquito-lleva al colapso, en este caso, al colapso energético, y no porque el mundo esté lleno de señores malos. Decir que el problema es el mundo o que se va a solucionar porque le vendamos garrafas al Paraguay es lo mismo que decir que no haremos lo que hay que hacer para salir de la crisis. Lula dijo lo que hay que hacer: generar seguridad jurídica para atraer miles de millones de dólares de inversión energética en nuestros países. Hacemos lo contrario.
Vamos al último tema: este mismo de la necesidad de inversiones y de seguridad jurídica. Seguridad jurídica no es una idea neoliberal (palabra que en lenguaje progresista significa « perversidad deliberada»). Se trata solamente de que los jugadores sepan cuáles son las reglas del juego. Nada más. Porque si no, no se puede jugar y si no se puede jugar, no hay juego. Si Moreno fuera un referí que sacara amarilla cuando uno hace un pase y expulsara al que patea un penal, no habría fútbol. Sin reglas -cualesquiera que ellas sean- no hay juego, no hay economía, no hay inversión. Si la regla es que hay que ser amigo o socio del funcionario, la economía se estrella porque no vivimos en un pueblito, sino en el mundo del siglo XXI, que es un poquito más complejo que un pueblito. Sucede que nos quedamos sin energía y sucede que se genera inflación.
La Presidenta ha dicho que está bien que Moreno les pida sus costos a todos los empresarios del país, para fijar sus precios, idea que no funcionó ni en la Unión Soviética. Dijo que si los políticos tenían que informar cuánto ganan, los empresarios también. La confusión es enorme. En una democracia, los políticos son representantes del pueblo y como tales deben rendir cuentas a sus representados. En cambio, los empresarios no son empleados de los gobernantes que deban rendirles cuenta de sus actos.
Curiosamente, también son parte del pueblo. Esto es la base del estado de derecho. Y el problema para los que lo ignoran es que los empresarios se pueden ir. El mundo puede vivir sin necesidad de ser maltratado en la Argentina. La única verdad es la realidad. La única verdad es lo que dijo Lula que debemos hacer: liquidar la inflación, generar mucha seguridad jurídica y provocar muchos miles de millones de dólares de inversiones, especialmente en energía. Ese no es «el modelo» vigente.
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